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El discreto encanto de Perico Chicote y el bar americano

En los años veinte y treinta se dejó sentir en España la vanguardista moda de los bares americanos, con sus barras y taburetes elevados
Bar Chicote. ARCHIVO REGIONAL DE LA COMUNIDAD DE MADRID
photo_camera Bar Chicote. ARCHIVO REGIONAL DE LA COMUNIDAD DE MADRID
Los viejos cafés históricos se erigieron en España conforme a un patrón de inspiración francesa, mientras que el bar americano y la cafetería moderna, llamados a sustituirlos tras un periodo de coexistencia, obedecen a un influjo anglosajón. Se trata de dos paradigmas contrapuestos. Luís Benito García Álvarez, autor de Beber y saber. Una historia cultural de las bebidas, apunta que el sistema de la "barra americana" se impuso tardíamente en España. Advierte que tal cosa no existe, por de pronto, en el café que describe Valle-Inclán en Luces de bohemia, que se publicó en 1920. Es esto cierto, pero también lo es que de manera incipiente comenzó a verse en esa misma década y de modo más rotundo en la siguiente. De hecho, en esta clase de barras fueron servidas consumiciones en los bares de impronta americana del corazón de Madrid, ya a principios de la década de los veinte. También es claro, que tales establecimientos pasaron por horas bajas con la llegada del franquismo (viéndose obligados a cambiar sus nombres cosmopolitas por otros patrióticos), para volver a renacer cuando el régimen se abrió al "amigo americano", encarnado, en 1959, por el presidente Eisenhower.

Nos encontramos, por lo tanto, con que en los años veinte y treinta se dejó sentir en España la vanguardista moda de los bares americanos, con sus barras y taburetes elevados. Sucedió esto, concretamente en la amplia y moderna Gran Vía madrileña. Mariano Tudela señala que, al tiempo que el viejo café seguía manteniendo su estatus de plaza mayor de la sociabilidad a la manera española, se fue abriendo paso la novedad de los bares americanos. Estos nuevos negocios, a los que no tardarían en sumarse las modernas cafeterías, con las que guardan considerable parentesco, coexistieron durante algunas décadas con los viejos cafés, cada vez más languidecientes, sobre los que acabaron influyendo y provocando sensibles modificaciones en su configuración interna. Las reformas adaptativas realizadas por los clásicos cafés en conjunto evitaron que se vieran obligados a cerrar sus puertas, cosa que algunos de ellos tuvieron que hacer. Bastantes de aquellos antiguos cafés cayeron, por cierto, por "cornada de banco".

Con la aparición del bar americano en España se produjo un cambio en el concepto mismo de los antiguos cafés en su calidad de centros de reunión. Aquellos mostradores y divanes rojos, los veladores de madera o mármol, los brillantes espejos en las paredes y las decoraciones recargadas de los viejos locales dedicados a tertulias interminables, se vieron substituidos en los nuevos establecimientos por relucientes y niqueladas barras, baterías de elevados, arrogantes taburetes y un nuevo estilo de mobiliario.

Resultaba más funcional y confortable, y se caracterizaba por un sofisticado afán de distinción, en consonancia con las formas innovadoras de consumo conspicuo. Se creó así un nuevo paradigma de moderna elegancia y buen gusto elitista.

Estos nuevos locales, cuando disponían de suficiente espacio, ofrecían varios ambientes ubicados en distintos salones. Contribuía a este efecto una decoración muy cuidada, en franco contraste con la tradicional. Este era el diseño que presentaba el bar Chicote y también el Broadway.

Un nuevo tipo de iluminación coadyuvaba al logro de un efecto ornamental más cálido, confortable y acogedor. También servía para precisar de manera óptima la modernidad del novedoso perfil estético. Tengamos en cuenta que, en los cafés históricos, las lámparas, ya fueran de gas o bien eléctricas, proyectaban una iluminación que intensificaba su efecto con la reverberación de las ondas provocadas por una notable variedad de espejos de buen tamaño; además, solían ser generales, intensas y diáfanas. No digamos ya en las modernas cafeterías, en las que el resplandor era completamente nítido, indistinto y abrumador.

Por contraposición, el bar americano trataba de crear un ambiente acogedor y sereno, que propiciara la conversación empleando luces suaves y cálidas, cuando menos en alguno de sus salones. Los clientes privilegiados se repantingaban muy a gusto en sillas acolchadas, mullidos sillones y sofás, en los bares de cócteles del Palace y el Ritz, donde, en 1916, Perico Chicote -que había empezado de chico pobre vendiendo aguardiente en el mercado a los feriantes-, ya les preparaba con su sempiterna sonrisa y teniendo muy en cuenta su estado de ánimo, el Negroni, Dry Martini, Papá doble y el Gin-tonic, que por primera vez en su vida probó Hemingway en España.

Los nuevos locales de copas, como por ejemplo el Bar Bakanik, en el que tenía mucha afición a tomar whiskis el joven abogado José Antonio Primo de Rivera, estaban pues provistos de luces muy gratas, fomentando cierta dulzura y confort emocional. Esta severa discordancia con la tonalidad ambiente que reinaba habitualmente en los clásicos cafés, y tiempo después en las cafeterías que triunfaron en la década de 1960, era muy apreciada por Luis Buñuel, que solía preferir las luces más discretas y acogedoras. También por Josep Pla, quien despotricaba contra el ambiente de los establecimientos "con espejos, con hojalatas indecorosas y luces explosivas, altos de techo, grandes, mareantes y que hacen dar vueltas a la cabeza", señales todas ellas "de un intolerable salvajismo y de una insoportable vanidad". Sostenía que: "Para beber y para tener con el mundo aquel contacto afinado y vaporoso que da el alcohol, tiene que haber poca luz". Gran viajero que fue la mayor parte de su vida, abogaba por las tabernas inglesas, que conseguían muy bien el ambiente cordial y el punto recogido mediante "una luz dulce, mate, deshecha, vaga, mansa, flotante", que las hacía tan íntimas; lo que demostraba, según él, que a los ingleses les gustaba estar bien hasta para emborracharse.

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