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Emilia Pardo Bazán y el vino

Con el paso del tiempo se ha ido agigantando la figura literaria de Emilia Pardo Bazán, por la calidad de su prosa, desde luego, puesto que resulta muy viva y actual, a pesar de que la perspectiva del narrador omnisciente no es la que se tiene por más sugestiva en nuestros días. Se valora también en ella su defensa de los derechos de las mujeres, siendo una de las más cualificadas pioneras del feminismo en España. Pero, además, su importancia resulta verdaderamente extraordinaria para los historiadores que batimos el cobre en la brega, a veces un tanto melancólica, de trasladar información del polvo de los archivos al silencio de las bibliotecas. El testimonio que nos ha legado Emilia Pardo Bazán, desde un prisma naturalista en algunas novelas, en otras solo realista, pero siempre revelador e interesante, nos permite conocer muchos rasgos característicos de la sociedad gallega de su tiempo. Y es muy cierto, en este sentido, que la cuestión de las costumbres alimentarias, la gastronomía y el vino, han ocupado muchas páginas, tanto en su extensa obra tanto literaria como en los artículos publicados en periódicos y revistas. 

VINOComo historiador tengo que agradecerle que me haya llamado la atención sobre la importancia del vino tostado del Ribeiro, que después constaté que también se elaboraba en otras comarcas; en suma, que nos encontramos ante un vino, elaborado por lo general con los mejores racimos de treixadura, en el amplio conjunto de Galicia. Es el gran vino del Ribeiro, por antonomasia, pero también se hacía en Valdeorras, Pontevedra, la Ribera Sacra y el Rosal.

Fue doña Emilia quien describió mejor que nadie el carácter e importancia de este caldo dulce, genuino, natural, elaborado desde hace siglos mediante el procedimiento de la pasificación, por lo que no ha sido preciso añadirle alcohol, como sucede con el jerez, málaga y oporto. Fue un vino de celebración, para tomar una copita, por ejemplo, en las Navidades, del que gozaron en las grandes ocasiones los cosecheros acomodos, y desde luego los curas y los hidalgos. El tostado simbolizaba el consumo conspicuo de los pazos gallegos. También disfrutó de su dulzor gourmet, sabiamente contrastado con un casi nada de acidez, que evitaba que pudiera parecer empalagoso, la aristocracia inglesa y los paladares más exquisitos de Inglaterra. Sus mercaderes se instalaron en Pontevedra y también en el corazón del Ribeiro, para transportarlo hasta su país. Es un vino difícil de elaborar, arduo y trabajoso, que lleva una crianza de años por lo que no puede ser barato. Ahora bien, el compañero de pluma de Pardo Bazán en la república de las letras hispanas, Antonio Machado, dejó dicho que todo necio confunde valor y precio. Es un elixir de oro líquido que hay que tomar con parsimonia, para celebrar la vida, como se hacía antaño cuando un niño venía al mundo, o la buena fortuna, cuando la hubiera; y también el adiós, puesto que lo nuestro es pasar: se le daba a beber un sorbito a los moribundos para endulzar el duro trance y llevar consigo un recuerdo grato de su paso por este mundo. Se empleaba, por ende, como medicamento, para remediar cualquier mal del cuerpo o del alma. Se consideraba, asimismo, excelente como vino de misa. No es, desde luego, un vino de pasto con el que emborracharse. De este modo, cunde mucho más y su coste económico se hace más apañado. Cuatro grandes bodegas lo ofrecen hoy en día del Ribeiro todas ellas, tras su recuperación, después de un inconcebible olvido en que hubo caído el culto y adoración de este magnánimo dios de ese Olimpo tan grato en que reinan los vinos gallegos.

El compañero de pluma de Pardo Bazán en la república de las letras hispanas, Antonio Machado, dejó dicho que todo necio confunde valor y precio

A lo largo de nuestra historia es indudable que la posibilidad de disponer de un vino tostado propio, artesano, de la casa, otorgaba prestigio. Hay que tener en cuenta que el tema del estatus no era únicamente un asunto mercantil. Cierto es que su elevado precio resultaba en general disuasorio para las clases modestas. Pero no se trataba solo de una cuestión económica, puesto que en muchas casas hidalgas o meramente acomodadas gustaban de manufacturar este vino, encontrando un motivo de prestigio en cultivar las variedades de uvas apropiadas y en tener la fortuna de elaborar después en la bodega de la casa un producto exquisito y de calidad requintada. Tener capacidad adquisitiva para poder consumir un buen jerez, o un vino quinado, era algo que podían hacer todos, con tal de disponer de dinero. Diferenciaba a los hidalgos y ricos de los que no lo eran. Pero ser capaz de elaborar en el propio lagar un buen vino de esta categoría distinguía a los pocos notables que obtenían en las viñas de sus propios predios un producto prestigioso, original y diferente, de aquellos otros, que pudiendo ser tan ricos o todavía más que ellos, carecían, sin embargo, de un recurso tan estimable y apreciado por prácticamente todas las gentes, y se tenían que conformar con una botella de alguna de las marcas que cualquier podía adquirir en una tienda de ultramarinos, que se encontraban monótonamente repetidas en un mismo ambiente social. Emilia Pardo Bazán pone de manifiesto el prestigio que se le atribuía al pazo que lo elaboraba en sus propias prensas; en especial cuando lo hacía bien, obteniendo un vino dulce, que no lo fuera en exceso, que no empalagara como ya hemos señalado, y que envejeciera convenientemente, mejorando con el paso del tiempo. La importancia del añejado y el ajustado grado de glucosa eran los requisitos que Doña Emilia ponderaba en Los pazos de Ulloa.

Un vino estupendo, en suma, para obsequiar ahora en Nadal y paliar así un poco el infortunio de la pandemia. No me digan que uno no queda mejor regalando una botella de tostado, que con una cachucha de porco o un feixe de grelos. Que todo está bien, no digo yo que no.

Emilia Pardo Bazán y el vino
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