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Julio Camba, la literatura y el vino tostado

Como los buenos vinos tostados, su obra ha afrontado muy bien el paso del tiempo y la sucesión de las modas literarias

Galicia dispone de sendos tesoros escasamente conocidos y apreciados por los propios gallegos. Uno, muy recomendable para el cuerpo, aunque es también remedio infalible para el alma: el vino tostado; sin duda, el mejor producto de calidad del país (permítanme que haga aquí una desembarazada publicidad de un libro reciente en que proclamo a los cuatro vientos esta verdad que más que enológica deviene casi teológica, por referirse a una creación realmente ungida por la divinidad: Tostado. El vino noble de Galicia). El otro es un poderoso tónico con capacidad para insuflar vaharadas de exultante alegría en el espíritu de cualquier lector inquieto: la literatura de Julio Camba, creador de una de las mejores prosas literarias del siglo veinte. En Galicia se le ha hecho luz de gas, quizás porque se sirve del castellano como lengua literaria. Algo semejante ha venido sucediendo, aunque de forma menos acusada, con la obra de otra cultivadora gallega de la lengua cervantina, Emilia Pardo Bazán. Sin duda, su condición de precursora del feminismo, con el formidable auge que ha experimentado este movimiento en los años recientes -de lo que hay que congratularse-, ha favorecido la recuperación de la estima de su fi gura literaria. Aunque se ha progresado bastante en los últimos lustros, parece que todavía se acepta con recelo el hecho incontournable de que el sistema cultural gallego es resueltamente binario. Caracterizado por una creación literaria expresada en dos idiomas, rosaliano y cervantino, que no conforman en absoluto dos bosques diferenciados, asentados en distantes horizontes, sino una única fraga en la que predominan dos especies arbóreas genéticamente emparentadas, ambas latinizantes pero distintas, cuyas raíces se entrecruzan y absorben idénticos nutrientes que extraen de un humus común. Para desterrar posturas monistas, nada mejor, tal vez, que un brindis pronunciado con la elocuencia que aportan unas copas de afiligranado y fino cristal, plenas de vino tostado, del que participen quienes secunden con su pluma a Rosalía, Castelao y Celso Emilio, y aquellos otros que prefieran emular a Valle-Inclán, Camba y Pardo Bazán, invocando conjuntamente al dios Jano: se le pide que derrame su gracia en favor de una concepción asentada en la pluralidad de lenguas y sensibilidades, gustosas de convivir en enriquecedora y cálida armonía, y virtualmente capaces de suscitar un panorama cultural teñido de policromía y variedad que redunden en favor de la renovación constante del mosaico espiritual colectivo de Galicia.

Sostenía yo que Camba fue un gran escritor, fundándome en que su trabajo no tiene precedentes en la literatura española, como ha señalado Josep Pla. Añade el gran escritor catalán -sin pasión de amigo, que lo fue-, que Camba elaboró una literatura de ideas, expresada de manera llana, sin asomo de retórica. Lo importante en su prosa es el empleo de los adjetivos apropiados (esencial también para el propio Pla) "que son siempre corrientes y vulgares". Y es que ciertamente Camba crea adicción, por su agudeza, sentido del humor, concisión y finura (¡Ya ven ustedes que yo no soy nada partidario!). Como los buenos vinos tostados, su obra ha afrontado muy bien el paso del tiempo y la sucesión de las modas literarias: era ya el más moderno entonces -sin ser obsecuente con el canon modernista de Rubén Darío- y ha envejecido muy bien, puesto que sigue siendo extraordinariamente actual su estilo e interesante su temática. Camba era un escritor muy leído y apreciado, y aunque sea cierto que no es prudente cosa confundir neciamente valor y precio -como nos enseñó Machado algún significado debe de tener que haya sido el periodista mejor retribuido en su tiempo.

La ideología de Julio Camba fue cambiando, haciéndose un hombre más escéptico y conservador. Después de todo, él era de pueblo. En 1912, cuando ya hubo obtenido un reconocimiento notable, declara que: "Yo no soy nada internacional. Yo soy de Villanueva de Arosa, partido judicial de Cambados". Añadía que, grandes palabras como "Internacionalismo", "Humanidad" tenían un valor muy relativo para un hombre como él que, después de pronunciarlas, "haría el mayor sacrificio para tomarse una taza de caldo de grelos". 

Camba volvía siempre que podía a su tierra, a Vilanova, para reunirse con los suyos, practicar nudismo en O Terrón y tomar unas sardinas asadas, que consideraba compatibles con su bizarro sibaritismo, y eso que detestaba la gastronomía que obligaba a recurrir al bicarbonato; como sabe todo el mundo -y él mismo proclama en La casa de Lúculo- las sardinas saben ciertamente bien, pero saben bien durante demasiado tiempo. El apego a sus raíces y su propia lucidez ilustrada le permitieron comprender, hace un siglo, que la ría de Arousa era un lujo, un pequeño paraíso, en una época en que la mayoría construía sus casas de espaldas al mar y opinaba que si el paisaje no se come a ver para que demonios sirve. El interés por la campiña y eso que denominamos "las vistas" es una invención urbana, y como quiera que la inteligencia se activa por contraste, el amor de Camba por su entorno tuvo que surgir de sus viajes y prolongadas estancias en diversos países, ya que probablemente fue el periodista más universal y cosmopolita de Galicia y quizá de España. Tenía una vinculación sentimental muy intensa con la ría, que era su refugio, el lugar de encuentro con sus raíces. Allí se hallaba a sus anchas, sabedor de que se le consideraba un hombre afable, que hablaba con todo el mundo. Por contra, su paisano Valle-Inclán se comportaba de un modo muy distinto cuando residía en su villa natal. Eran amigos y los dos realmente geniales, pero muy diferentes. Y eso sí, muy gallegos ambos. Como el vino tostado y su excelente literatura.

Julio Camba, la literatura y el vino tostado
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