martes. 21.09.2021 |
El tiempo
martes. 21.09.2021
El tiempo

Lorca, el sexo y la muerte

En varias de sus composiciones dejó constancia de su angustia ante la imposibilidad de conseguir la plenitud sexual y la inevitabilidad de la muerte
Componentes de La Barraca. FOTOGRAFÍA ANÓNIMA. COLECCIÓN DEL MUSEO NACIONAL CENTRO DE ARTE REINA SOFÍA
Componentes de La Barraca. FOTOGRAFÍA ANÓNIMA. COLECCIÓN DEL MUSEO NACIONAL CENTRO DE ARTE REINA SOFÍA

Lorca fue muy aficionado a las tertulias que se celebraban en la Residencia de Estudiantes, en los cafés, o bien en casas particulares, como las que ocupaban en régimen de alquiler Pablo Neruda y el cónsul chileno Morla Lynch. De todos los amigos de Morla que visitaron su domicilio, Lorca fue el más asiduo: "Federico –después de su regreso de los Estados Unidos— se ha acercado aún más a nosotros, extraordinario siempre y a menudo genial". En los últimos meses del año 1934, La Barraca ya no podía ofrecer representaciones teatrales a causa de que el gobierno conservador (en el que figuraban tres partidarios de Gil Robles en ministerios claves) redujo a la mitad la subvención acordada al Teatro Universitario. El poeta estaba consagrado entonces, casi con frenesí, a componer la elegía en memoria de Ignacio Sánchez Mejías. El 4 de noviembre, ofreció su primera lectura a un grupo de amigos reunidos en el piso de Morla Lynch, quien lo felicitó vivamente y opinó que se trataba de una obra maestra. La confianza de Federico con Carlos Morla llegó a ser muy grande. Una noche, estaba el anfitrión en la cama aquejado de gripe, pero ello no impidió que fueran recibidos en visita Lorca y el poeta chileno Vicente Huidobro; fueron aceptadas también otra serie de personas que telefonearon avisando que acudirían. Así, la casa se llenó de gente. ¿Cómo hizo Morla para atenderlos estando enfermo? Cerró la puerta de su dormitorio y dejó que su mujer e hijo atendieran a los invitados en el salón. Entonces, Federico se adentró en su habitación, se sentó a los pies de la cama y colocó cojines en torno suyo para sentirse más cómodo. – "¡Que te voy a contagiar!", le advirtió Morla. – "No me importa", respondió el poeta, y le dio un abrazo. Seguidamente le comunicó la triste noticia de la muerte de la célebre bailarina rusa Anna Pavlova, de la que Morla había sido muy amigo y a la que consideraba dotada de un aura muy especial. Con la intención de consolarlo, Federico le dijo que hay seres "cuyas vidas han irradiado destellos demasiado intensos para que las sombras de la muerte puedan extinguirlos". Si no son inmortales en el "más allá", lo son aquí, agregó. Frase lapidaria que resultó, en cierto modo, premonitoria, puesto que con toda justicia se le podría aplicar a Lorca también.
Manuel Vicent ha evocado la condición de juglar de Lorca, a quien le gustaba ser el centro de atención y soportaba mal quedar en segundo plano en una tertulia; "por ejemplo, estaba en la peña de la Granja de El Henar o en el café Lyon y siempre se oía su voz entre risotadas. Todo el mundo pendiente de lo que él decía. Pero si de repente, otro cualquiera, López Rubio, Carlos Arniches, empezaba a contar algo que atraía la atención del auditorio, entonces Lorca decía: bueno, tengo que ir a no sé dónde. Y se marchaba. A la media hora volvía con tema nuevo y recuperaba la primera posición en la tertulia". En una ocasión en que cenaba en la casa de Carlos Morla, le dijo Federico: "Viene mañana Ramón Gómez de la Serna. No le vamos a dejar hablar. Cuando yo flojee, entras tú con lo que sea". Morla colaboró y ambos consiguieron el objetivo de que el gerifalte del Pombo no pudiese abrir la boca durante toda la velada. Una vez en la calle, Lorca se compadeció y le dijo: "Pobrecito, vamos a dejar que se suelte". Y de qué manera se soltó: en cuanto pudo, cogió carrerilla, desplegó a todo trapo las velas de su oratoria irrestañable y los tuvo tres horas de pie hablando a borbotones.

Lorca brillaba como pocos en las tertulias y eventos. Era divertido, encantador y talentoso, pero de vez en cuando le daba una suerte de ataque de melancolía, se ausentaba y no quería que nadie le viera. A ello se sumaba que en ocasiones era tremendamente informal, en sus citas y compromisos. Dejaba plantado a quien fuera, durante varias horas, o incluso días —al propio Morla, si se terciaba—, y un buen día reaparecía, pedía disculpas y se hacía perdonar sirviéndose de su gracia y encanto personal. Quién sabe que oscura sombra enturbiaba su existencia. Tal vez algo tendrían que ver estas rarezas con el malestar —sino complejo—, que le debía de producir la leve cojera que padecía a causa de una ligera dismetría de los miembros inferiores, o dicho en román paladino, por tener una pierna más larga que la otra / sus dos piernas tenían un tamaño distinto. Y muy, probablemente, influiría también su condición de gay, que ocultaba como buenamente podía, en un entorno homófobo bastante acentuado. Buñuel no le dejaba en paz en lo relativo a esta cuestión y a menudo se sentía acosado por las suspicacias incluso en su propio entorno. Juntamente con algunos amigos literatos de su círculo homosexual, se refugiaban algunas tardes en las fi estas que celebraba Vicente Aleixandre, en su casa de Velintonia, —como refiere Luis Antonio de Villena—. Allí Lorca tocaba el piano, hacían tertulia, bebían cocktails y en alguna ocasión llegaban a bailar. Estaba además poseído por el instinto o pulsión de Thánatos, puesto que —como apunta Ian Gibson—, le obsesionaba la idea de la muerte: no parece casual que en varias de sus composiciones dejara constancia de su angustia ante la imposibilidad de conseguir la plenitud sexual y la inevitabilidad de la muerte. En alguna ocasión trató de exorcizarla por medio de una representación, a modo de ritual: se echaba sobre la cama vestido con traje y zapatos, y se hacia el muerto. Pedía a sus amigos que entraran en la habitación, le rezaran responsos e hicieran el pranto, es decir, el llanto y las lamentaciones que se acostumbraba a hacer a los muertos. Pasado un cierto tiempo, se levantaba entre risas. 

¡Los genios tienen sus rarezas! Dalí —de quien fue muy amigo—, de joven era incapaz de entrar en una tienda a comprar un producto cualquiera.

Lorca, el sexo y la muerte
Comentarios
ç