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Los pelmas

Ramón y Cajal. DP
Ramón y Cajal. DP

Constituye un gozoso aliciente entrar en un establecimiento, haciendo una pausa en el ajetreo de la jornada, para tomar un café y charlar acaso con alguien. Lo malo -en especial para los escritores y los amantes de la soledad-, es la neta franquicia constitutiva del local, que deja expedito el camino para que los pelmas de toda laya puedan acercarse a incordiar.

Como manifestaba Ramón Gómez de la Serna, los cafés no solo desempeñaban multitud de funciones y aportaban una variada gama de beneficios, sino que, por ende, en ellos ¡servían café! En efecto, esta admirable institución tenía la ventaja obvia de poder disponer con toda comodidad de una bebida estimulante para la práctica de la escritura -ampliamente utilizada por los literatos -el ejemplo más conspicuo en este sentido fue Balzac- como era la taza de café expreso. La opción de sentarse en un café es omnipresente, ubicua, pues los hay por todas partes. La casa, en cambio, puede quedar a desmano cuando nos desplazamos por la ciudad. Disponer de café en el domicilio propio resultaba más engorroso, al tener que utilizar para ello los viejos fogones o cocinas de hierro. En este proceso, las posibilidades de distracción para un escritor, con la consiguiente pérdida de concentración, eran considerables.

Tampoco eran lo mismo las cafeteras domésticas, como las habituales italianas -o el imponderable procedimiento del café de pota y colador- que las cafeteras exprés, que existían desde comienzos del siglo XX, capaces de elaborar una infusión con mayor calidad. Otra cosa era la cuestión de la materia prima, la calidad de los granos de café empleados en muchos establecimientos, en los que además se mezclaba a veces con achicoria; y el problema del café de recuelo, del que tantas quejas han quedado registradas.

Los escritores gozaban de la posibilidad de aprovechar el acicate de las bebidas alcohólicas que también se servían en los locales, obviamente, aunque el recurso más eficaz y utilizado era el café, que se consideraba como la más estimulante de las drogas para el desarrollo del trabajo intelectual. Si la mente estaba turbia o afectada por la resaca o el resfriado, la combinación de la cafeína con la aspirina (el ácido acetilsalicílico, "remedio milagroso" para el dolor de cabeza que fue creado, en 1897, por el químico alemán Félix Hoffmann) o la cafiaspirina -y más tarde el alucinante optalidón- parecía a algunos un auténtico bálsamo de Fierabrás.

El problema venía dado con frecuencia por las prisas para entregar la pieza -el artículo, capítulo de la novela o folletón que se publicaba en el periódico, o bien el libro comprometido con la editorial- como revela el acaso de Cesar González-Ruano, quien confiesa en sus memorias que le faltó poco en cierta ocasión para fallecer por haber abusado de esta combinación, imprudentemente y en exceso, puesto que produce a la vez calma y nerviosismo; y esto le aconteció llevado por la urgencia en ponerse a tono y producir en tiempo y plazo el artículo que debía enviar al periódico. Un médico consiguió salvarle por los pelos.

Ramón y Cajal tenía por ineficaz y hasta inconveniente el recurso a sustancias estimulantes o drogas pour se surpasser en el orden creativo (se publicita en la red un catálogo de unos 300 medicamentos para superarse física e intelectualmente). Fundamentaba su punto de vista apelando a una comparación tomada del orden zoológico: "Se cuenta del león que, para entrar en furor heroico, se azota los flancos con la cola, provista de cierta uña hiriente y excitante. Conducta algo parecida siguen ciertos literatos y oradores para procurarse el sacro fuego de la inspiración. Unos recurren al alcohol, otros a la morfina y algunos al éter -como hacía un literato menor de finales del diecinueve al que alude Ricardo Baroja en Gente del 98- o a la cocaína. Los conocidos ejemplos de Verlaine y Maupassant con conocidos". Scott Fitzgerald, Jean-Paul Sartre y Sánchez Ferlosio, como tantos otros escritores y creadores, empleaba también la farmacopea para rendir en el arduo trabajo literario o filosófico. Eran las drogas para estimular el intelecto y alcanzar la excelencia. Empero, el sabio español consideraba en su tiempo que el empleo de tales estímulos artificiales resultaba, en la mayoría de los casos, nocivo y hasta contraproducente.

Convengamos en que el café ayudaba y los alcoholes podían cuando menos alegrar el espíritu, pero concentrarse en el café no siempre resultaba una tarea sencilla para el común de los mortales. El problema residía en que el café era -y continúa siendo- un espacio abierto, en el que entraba toda clase de clientes, que conversaban, circulaban y se movían con total libertad. Los incordiantes y pelmas también pululaban gustosamente por estos establecimientos. Y es que en esta institución no se concibe que se interrogue a alguien sobre la pertinencia de su presencia en el local, lo que si sucedía en los viejos salones y también en los más selectivos ateneos, casinos, liceos y asociaciones culturales o de otro tipo, en que se requería un aval, inscripción, pago de cuota, etc. Los intrusos latosos gozaban de patente de corso para acercarse al creador o escritor conocido para saludarle o entablar conversación, con el riesgo de soliviantar su espíritu con una petición de autógrafo o algún dicho impertinente. De nuevo, Santiago Ramón y Cajal mencionaba el caso de un comediógrafo que solía escribir sus sainetes en la zona más recóndita de un café solitario. El día del estreno de una de sus obras recibió la efusiva felicitación de un amigo, quien, por cierto, tenía justificada fama de parlanchín irrestañable.

–Te felicito –le dijo– con especial satisfacción por cuanto que me considero algo colaborador de tu comedia.

-¡Tú!... ¿Cómo?

–Con mi silencio –le respondió–.

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