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Luces y sombras de la vida de café

El Café Gijón en la actualidad. RESTAURANTESCENTENARIOS.ES
photo_camera El Café Gijón en la actualidad. RESTAURANTESCENTENARIOS.ES

Bajo la inspiración del modelo francés, acentuado por su presencia invasora en 1808, los modernos cafés se especializaron en la nueva y pujante bebida caliente llamada a disputarle la hegemonía al clásico chocolate español: la infusión de café. Competían con las botillerías, a las que acaban reemplazando, en la expedición de bebidas. Algunos de ellos servían, asimismo, comidas, algo que tradicionalmente ofertaban las fondas, y que después pasaron a ofrecer los nuevos restaurantes y hoteles. Pero estos establecimientos no adquirieron una presencia ostensible y cabal hasta finales del siglo XIX. Los viajeros que visitaban Madrid no pudieron sustraerse a las pensiones y posadas, en las que solían verse acuciados por una famélica mesnada de pulgas y piojos (consecuencia del poco aseo general, lo que ya no pasaba allende los Pirineos, como se quejaba un dandi anglófilo en Fortunata y Jacinta) hasta que, a la vuelta del año 1886, se inauguró el Gran Hotel Inglés, que fue el que madrugó antes que los muchos que fueron viniendo después. Una Guía de Madrid, publicada en 1876, subrayaba esta función restauradora "(…) casi todos los cafés han invadido el terreno de las fondas, sirviendo almuerzos y cenas, y caso necesario también comidas".

En contraste con las antiguas botillerías, los nuevos cafés, en su etapa primigenia, fungían como ateneos en los que se ejercitaba el placer social de la conversación. En estos ámbitos, la iluminación no era al parecer indiferente para el logro de la sensación de bienestar (a veces incluso, de la bienaventuranza) en el cultivo del palique, de la plática demorada.

En algunos cafés era posible gozar de luz natural en mayor o menor medida, dependiendo de la amplitud de sus ventanas. Algunos locales, como el Comercial, el Español o el Gijón, disponían de arquitecturas bien dispuestas, con amplios ventanales (no sin fundamento, denominados por algunos: peceras) que proyectaban la claridad natural sobre las mesas cercanas en horas diurnas. Aquellos que carecían de una apreciable cantidad de luz despertaban el recelo de los médicos que atribuían a este factor las manifestaciones escrofulosas que podían obrar como un "predisponente de la tuberculosis".

Al promediar el siglo XIX, algunos de los mejores cafés de Madrid adoptaron la iluminación por gas, más intensa e higiénica que la tradicional de aceite, petróleo, etc. Aunque esto no agradó a un higienista como Monlau, por parecerle "sofocante" e insano el gas. Y es que no cabe duda de que la iluminación por gas tenía sus desventajas. Los higienistas achacaban al gas el grave inconveniente de consumir el oxígeno del aire, con lo que debía de producir un cierto efecto de adormecimiento insano. De hecho, la mayoría de las familias pudientes, empleaban en sus domicilios, por regla general, el gas para la iluminación de los salones, pero rara vez lo utilizaban en los dormitorios.

Además, la iluminación por gas producía el efecto indeseado y nada pulcro de tiznar de negro craso las paredes y sobre todo los techos, a lo que se sumaba de manera concomitante la acción del notablemente espeso y denso humo de tabaco con que cigarros y pipas "inciensaban" el café. Juntos dejaban una pátina de rodales negros que cubrían el techo, confiriéndole una negrura todavía mayor. De tal suerte que Rabindranath Tagore, de paso por el Café de Pombo (cómo tantos otros artistas e intelectuales extranjeros que llegaban a España y recalaban en el célebre espacio de reunión), no pudo menos de comentar que "le miraba el hollín con ojos ciegos desde la pared".

Cuando Ramón Gómez de la Serna publica su libro sobre el Pombo, en 1918, este –y otros muchos cafés– contaba de hecho con doble iluminación: por un lado, los aparatos de luz eléctrica y por el otro, las lámparas de gas.

Parece que la antañona luz de gas aportaba una atmósfera más propicia para el conveniente desarrollo de la tertulia que la moderna y más limpia iluminación eléctrica que se fue propagando paulatinamente desde comienzos del siglo veinte. Cuando menos, así se lo parecía a uno de los más renombrados y entusiastas partidarios de los cafés: el ya citado escritor Gómez de la Serna. No se recataba este hombre tan expansivo en manifestar su entusiasmo por los plácidos ambientes de luz, tan tenues, generados por las lámparas de gas. El autor de las greguerías proclamaba, así, su devoción por la magia de esta forma de iluminación, que le parecía particularmente apropiada y grata para la celebración de las tertulias sabatinas en el Pombo. En su autobiografía, entreveraba este pronunciamiento en medio de unas consideraciones, que, al propio tiempo, nos ilustran acerca de la démarche del gas: "A veces, algunos sábados, cuando llego y está la luz eléctrica encendida, le digo al camarero:

-¿Hace el favor de encender el gas?

El camarero, servicial y atento, sale a por la corta antorcha con que se encienden estas lámparas y, como un farolero, se la acerca al mechero y el gas da su respiro luminoso, su resuello vital; la decoración cambia, retrocedemos en el tiempo y alguien dice:

-¡Lo que nos hemos sumergido!"

Se le antojaban francamente notables los efectos positivos de esta clásica y decimonónica iluminación; un ámbito luminiscente favorable para el cultivo de la escritura, pero sobre todo para conversar en la noche: "La elocuencia es mayor y los silencios se saben llevar mejor. Ya nos podemos estar quietos y fijos mirando la luz. A la banalidad de la luz eléctrica sigue una más profunda conciencia. La luna está más imitada por el gas y da más autenticidad a la noche el estar bajo la luz de la luna". Como se puede apreciar, Gómez de la Serna, tenía algo más que destellos de brillantez e ingenio.

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