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Mujeres sin tertulias

En aquella época, ninguna mujer pudo liderar una tertulia mixta, con varones presentes, en un café. Solamente pudieron ejercer dicho papel en las reuniones celebradas en sus domicilios, cosa que venían haciendo desde el siglo XVIII
Tertulia en el desaparecido Café Bar Roca de Vilalba, en los años 40 del siglo pasado. EP
Tertulia en el desaparecido Café Bar Roca de Vilalba, en los años 40 del siglo pasado. EP

Las cafeterías actuales son funcionales y tienen su gracia, pero creo que algo de magia se ha perdido con la práctica desaparición de los cafés históricos. Manuel Vicent subraya la heterogénea ralea que anidaba en aquellas tertulias de los viejos cafés: "bohemios, plumíferos tronados, diputados golfos, cómicos hambrientos, sablistas y cesantes galdosianos". Y también gente corriente, añadamos.

Como apunta Antonio Espina, las tertulias de antaño solían tener una composición poliédrica, puesto que estaban compuestas por gentes de variopintos intereses y criterios. Pero tal vez la diversidad no era tanta en lo que respecta a la clase social y al género. En realidad, solían estar nutridas por varones: un paisaje humano masculino de tonalidad oscura o grisácea, matizado con algunas escasas notas de color plasmadas en la vestimenta de alguna que otra dama, y eso a horas muy concretas y determinadas. La clientela pertenecía abrumadoramente a la clase media urbana, o bien a estamentos superiores. Resultaba insólito el caso de la tertulia que fuera verdaderamente transversal en el aspecto social, con presencia significativa -no meramente fortuita o episódica- de obreros o campesinos. La gente modesta no podía permitirse sufragar el café; lo suyo era la taberna.

Con las indicadas salvedades, quizá sea en gran medida cierta la aseveración de Antonio Espina, en Las tertulias de Madrid, consistente en que aquellas reuniones solían tener un grado considerable de heterogeneidad, sobre todo en el aspecto profesional e intelectual. Un ejemplo lo tenemos en La Colmena. Cierto es que, en la época clásica de los cafés, era más habitual la figura del especialista que se interesaba también por otros campos del saber. Aunque ya se insinuaba el problema que Ortega y Gasset denominaba, en La rebelión de las masas, el especialista como bárbaro de la cultura. Pero, en fin, Espina sostiene que todavía eran muchas las gentes polivalentes a quienes todo lo humano interesaba. Humanistas amantes del saber general, en suma. Quizás el más conspicuo de los adictos al café, en el tiempo más genuino de las tertulias, fuese Ramón y Cajal, eminente científico y muy interesado -amén de extraordinariamente versado- en temas literarios y culturales. Espina afirma que, en la etapa de decadencia, en los años setenta, las tertulias se tornaron más especializadas y monocordes, celebradas en un marco urbano caracterizado por la disgregación.

Manuel Vicent alude a las tertulias de literatos célebres que impartían su ego como un sacramento, rodeados de personas normales. También señala que cada una de aquellas tertulias tenía un dueño. Cajal tuvo ocasión de constatar en su larga experiencia como participante en varias peñas, la existencia de lo que él denominaba gallos de peña, auténticos dictadores de la palabra, que imponían su talante en las tertulias. Gómez de la Serna se refería a la democracia igualitaria, sin presidencia, que reinaba en las tertulias de los cafés, lo que no es del todo exacto. En realidad, los participantes se situaban en pie de igualdad, pero por lo común todos eran conscientes de que había un primus inter pares, un gerifalte, aunque no fuese el suyo un poder formalizado. Es preciso convenir, pues, en que en el seno de las tertulias había también jerarquías. Una persona, o a veces dos, ostentaban mayor influencia, un poder que todos acataban. Si bien se piensa, no tiene nada de extraño que se registrasen liderazgos en las tertulias. Como en cualquier esfera de la vida social las diferencias entre las personas (también la más natural -y no por ello menos injusta- que se establece entre los desigualmente dotados en grado de inteligencia) hacen prácticamente inevitable la aparición de jerarquías, aunque sean de naturaleza informal, como sucede en este terreno de la sociabilidad en el café.

En todos los ámbitos de poder, el líder que ostenta la hegemonía recela que aparezca otra persona que compita con él. Teme que algún otro brille más y le haga sombra o incluso lo desplace. Cajal tuvo ocasión de observar que los mandamases que reinaban placenteramente en su círculo repudiaban todo talento recién llegado, a no ser que el tertuliano bisoño confesara humildemente su admiración por el maestro.

Todo intelectual o escritor que se preciara debía tener su propia tertulia (que se instituye también como una especie de corte de admiradores formada en torno a un maestro) en la que poder enseñorearse ante sus fieles incondicionales y en presencia del público del café en general, como escenario cívico en el que se desarrolla su performance. El ejemplo de Cansinos-Asséns epitomiza esto a la perfección: cuando empieza a verse reconocido y a tener incluso discípulos es cuando se le otorga capacidad para liderar su propia tertulia. El prototipo de gerifalte -o mandarín, como lo califica con inquina Gregorio Morán- tal vez fuese Ortega y Gasset. Formaba parte del cenáculo que se reunía en el café La Granja del Henar, pero sentía poca predilección por las tertulias de café, cuyo bullicio multitudinario era poco compatible con sus gustos, según refiere el irlandés -entusiasta, por cierto, del Camino de Santiago-, Walter Starkie. Para huir de los agitados corrillos típicos de los cafés de España, a partir del año 1924, trasladó su círculo al saloncito de la sede de la Revista de Occidente, situado en la Gran Vía.

En aquella época, ninguna mujer pudo liderar una tertulia mixta, con varones presentes, en un café. Solamente pudieron ejercer dicho papel en las reuniones celebradas en sus domicilios, cosa que venían haciendo desde el siglo XVIII. En el espacio de la privacidad tuvieron que liderar sus tertulias Cecilia Böhl de Faber (Fernán Caballero), Emilia Pardo Bazán, Carmen de Burgos (Colombine) y María Zambrano. Gajes de ser mujer, ¡tanto hoy como ayer!

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