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Pablo Neruda y la Generación de la República

Pablo Neruda
Pablo Neruda

Muñoz Molina remarca, en Un andar solitario entre la gente, la importancia de conocer la "residencia en la tierra", o lo que es lo mismo, la deambulación de los artistas y escritores (con veleidades de flâneur, algunos de ellos), por ciudades y calles, y también la ubicación, es decir, su paso por diversas casas, amén de averiguar los domicilios de sus amigos más cercanos hacia los que han dirigido sus pasos. También es útil indagar su red de contactos humanos y establecer cuáles fueron las tertulias y cafés a los que solían acudir, por resultar todo ello relevante, desde, luego, en orden a la determinación de sus biografías, pero sin olvidar tampoco el importante papel que tuvieron en lo que respecta a la creación de sus obras. Bien estará avizorar las huellas de los grandes caminantes urbanos de la literatura y el arte que han marcado la época que les ha tocado vivir -Baudelaire, Joyce, Walter Benjamin, Borges, Cortázar, Gómez de la Serna-. Vale la pena obstinarse en el esfuerzo por bosquejar, cuando menos con trazo de acuarela, la atmósfera de la época -de la que todo lo señalado forma parte- en que se han visto envueltas sus existencias.

Tengo por cierto que todos tenemos nuestros lugares especiales, escogidos bien porque nos encanta su decoración, bien porque nos seduce su ambiente y, todavía mejor, si nos queda a mano por su situación. Los hemos recordado también por haber vivido en ellos un encuentro de índole personal de alto voltaje (quizá en el terreno del amor, o bien de la amistad) o tal vez por haberse celebrado en alguno de ellos un evento social o cultural que ha quedado marcado en nuestra memoria sentimental. Se incluyen también espacios que nos interesan por la política, por las reuniones que ha mantenido en ellos un grupo de creado res comprometidos en forjar una nueva estética, o por haber sido frecuentados por un personaje objeto de nuestra admiración. No incluyo aquí el reverso, los no lugares marcados negativamente -aquellos en los que tal vez haya acontecido algún suceso infausto que nos concierne-, que conforman la geología negra de cada uno de nosotros.

Infortunadamente, nuestra topografía sentimental se ve zaherida por el dinamismo urbano, inescrupuloso y muy poco atento a la preservación de los lugares con aura. Al tiempo que la ciudad marca con placas y estatuas los hitos de la memoria oficial, desbarata los espacios y locales que conforman el tejido de la memoria de las personas que la habitan, que conforman el mosaico cívico de la genealogía urbana. Cafés especiales, corners, comercios bizarros, cines y teatros con encanto, desaparecen metamorfoseados en sucursales de bancos, filiales de marcas comerciales o franquicias multinacionales. De este modo, las ciudades se parecen cada vez más unas a otras, por sus edificios, escaparates, marcas y rótulos; y también, por su común empeño en la amnesia y desdibujamiento de aquellas muescas o hitos que han quedado exclusivamente relegados al imaginario social, convertido en un intangible con visos de fantasmagoría, desprovisto del conveniente reflejo especular en el orden material de las cosas.

No cabe duda de que uno de los creadores gigantes, a los que me he referido anteriormente, fue Pablo Neruda, quien amerita sobradamente para que nos apliquemos en examinar, de manera particular, su etapa consular en el Madrid republicano. Es el caso que en esta ciudad llevó una vida pletórica e intensa -quizá la más fecunda y entrañable de su existencia-, en la que tuvo la fortuna de relacionarse estrechamente con la estimulante sociedad literaria de la época y pudo ejercer así una infl uencia -tan decisiva como reconocida-, sobre los poetas de la Generación del 27, estrechos amigos suyos, pero en general no tan innovadores, políglotas ni cosmopolitas como él. Neruda se erigió en valedor en España de la poesía "impura" y elaborada "con materiales tomados de la propia vida y experiencia". Además, en franco contraste con la estética defendida, desde algunos lustros atrás, por Juan Ramón Jiménez, sostuvo que cualquier temática, por vulgar y prosaica que pudiera parecer, podía ser objeto de tratamiento poético.

Por cierto, que la denominada Generación del 27 debería haberse llamado, con más propiedad, Generación de la República, puesto que fue en esta etapa cuando sus integrantes adquirieron mayor plenitud artística y también por el hecho incontestable de haber resultado decisiva la experiencia republicana para sus trabajos y sus días. Dámaso Alonso, que fue quien la bautizó con dicho marbete, en la época franquista, optó por tal etiqueta por ser perfectamente consciente de que no estaba a la sazón el horno para bollos. Así, pues, por elemental cautela (el franquismo acabó con tres de estos poetas y obligó a poner pies en polvorosa hacia el exilio a la mayoría de los restantes) acuñó un rótulo adscrito a un guarismo mucho menos problemático, como sostiene Gregorio Morán en El cura y los mandarines.

El poeta chileno, flâneur y enamorado, se divirtió y gozó de los aires de república, en paseos por las calles con escritores, en tertulias con ellos en tascas, cafés y terrazas de cervecerías, y acudiendo en su compañía al teatro y al cine; y también en reuniones a deshora en casas acogedoras, todas ellas en el centro de Madrid, como la suya propia, de las Flores, o bien en la de Morla Lynch o Rafael Alberti. El escritor Alfonso Reyes, muy entregado a la vida social y al activismo cultural, en calidad de fi no observador proveniente de México y París, puso de relieve la efervescencia del Madrid que conoció en los años veinte, y que todavía tendría más ambiente en los treinta: "¡Y qué Madrid de aquel entonces, qué Atenas a los pies de la sierra carpetovetónica!".

Si es que ya lo dice hasta la Ayuso: ¡No hay nada como Madrid para tomar unas cañas

Pablo Neruda y la Generación de la República
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