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El peligro de las tabernas

Taberna de Val, en Baralla (Lugo). VICTORIA RODRÍGUEZ (EL PROGRESO)
photo_camera Taberna de Val, en Baralla (Lugo). VICTORIA RODRÍGUEZ (EL PROGRESO)

LA PREOCUPACIÓN –a menudo, desconfianza– de las autoridades en relación con los cafés y tabernas, tanto por motivaciones referidas al orden público, como por la observancia de la moral y las buenas costumbres, hizo que se dictaran leyes y reglamentos, con frecuencia contradictorios y ambiguos, que oscilaban entre la severidad draconiana y la lenidad liberal. Ciertamente, no existe una correlación estricta entre la índole del régimen político y el horario de tales establecimientos públicos, puesto que las ordenanzas no se solían revisar con los cambios de personal rector, y perduraban no pocas veces durante más tiempo que los gobiernos municipales –a veces, también los estatales, sobre todo en las épocas más remotas, en que no se privaban de legislar sobre este particular–. Pero, en términos generales, se puede afirmar que en los períodos de signo liberal o progresista –bastante más breves que los de carácter conservador– la mentalidad más abierta o izquierdista de los mandatarios los llevaba a obrar con mayor permisividad en la fijación de los horarios.

Empero, en lo concerniente a esta cuestión de los tiempos de apertura, resulta constatable que, en muchas ciudades, dependiendo de la rigidez de los gobiernos de turno, si no se vislumbraban en el horizonte señales de grave inquietud social, inquina política o malestar general, se solía hacer en alguna medida la vista gorda en la gestión práctica del control. Les debía de parecer prudente permitir que las gentes tuviesen algún cauce de desahogo.

Las autoridades casi siempre eran algo más permisivas con los cafés, cuya clientela era relativamente acomodada, que con las tabernas, en las que se apriscaban los trabajadores

A esto se añadía que, en la práctica, algunos cafés y tabernas se saltaban a la torera dichas restricciones y no aplicaban la legislación en lo referente a la obligación del cierre a una hora prefijada. Sus dueños no parecían tener mucho temor a las multas que pudiera acarrearles su desacato a la ley. En verdad, no se arredraban ante dicha amenaza de la normativa legal cuando no hacían de ella mangas y capirotes. Antes de proseguir con la determinación del final de la jornada, conviene indicar que la apertura por la mañana no solía plantear mayores complicaciones. Los dueños de los establecimientos abrían generalmente las puertas de sus establecimientos a las 8 o 9 de la mañana. Necesitaban, desde luego, tener bien organizadas las plantillas de empleados para cubrir un arco horario tan amplio, generalmente ininterrumpido, pues por lo común no cerraban al mediodía.

Es constatable que a través del tiempo difirió grandemente el momento en que, como declaraba Ruano, los cafés "entornan sus párpados de metálicos". En el siglo XIX, las ordenanzas establecían al respecto límites precisos. El hortus conclusus tenía lugar muy pronto, viéndose obligada la clientela a abandonar prestamente el local, muchos de ellos a regañadientes o maldiciendo.

En A Coruña, las ordenanzas de policía urbana y rural, dictadas en 1984, establecían que los cafés y billares debían cerrarse a las 11 de la noche en invierno y a las 12 en verano. Las tabernas y aguardenterías a las 10 en invierno y 11 en verano.

Como se puede apreciar, las autoridades casi siempre eran algo más permisivas con los cafés, cuya clientela era relativamente acomodada, que con las tabernas, en las que se apriscaban los trabajadores, por ser estas más confl ictivas e inquietantes y por representar un riesgo para el orden público, cuya custodia les estaba encomendada. Los partes de los alguaciles daban cuenta de que en estos últimos locales no eran raras las embriagueces que disparaban las lenguas a la blasfemia y las manos a la reyerta, ni tampoco era cosa de ignorar las conjuras y planes subversivos que se fraguaban en ellas. Además, se prohibía, por cierto, que las tabernas tuviesen dos puertas que facilitasen la huida ante la súbita la incursión de alguaciles o policías, y se sancionaba el hecho de que cubriesen las ventanas con telas de trama espesa a modo de cortinas que obstaculizaran la vigilancia desde el exterior. Por el contrario, en todas estas cuestiones, los cafés tenían barra libre.

El Bando de policía, dictado, en enero de 1859, por el alcalde constitucional de Santiago, Sr. Marqués de Bóveda establecía que los cafés, billares, botillerías, tertulias públicas y demás reuniones análogas se cerrarán a las 12 de la noche en verano y primavera. Del 1 de octubre al 30 de abril se cerrarían a las 11. Como no podía por menos, el bando municipal imponía a las tabernas la clásica discriminación horaria.

En 1836, en Pontevedra se discriminaba en el capítulo de horarios a tabernas y cafés. Un bando municipal prescribió que los cafés se deberían cerrar a las 11 de la noche en toda estación. Las "tabernas y aguardenterías" a las 9 en invierno y 10 en verano. Se multaba con cuatro ducados a los contraventores.

En la primera mitad del siglo XX, la situación general no cambia apenas. En A Coruña, en 1903, se vuelve a la discriminación de 1984, pero sin hacer distingos a tenor de la estación en lo que concierne a los cafés, aunque si se mantiene en lo relativo a las tabernas.

La diferenciación que se establece en este momento es la siguiente: Los cafés, cafés-restaurants y billares, deberían cerrarse durante todo el año a las 12 de la noche. Por otro lado, las tabernas, casas de comidas y demás establecimientos, deberían cerrar a las 10 en invierno y a las 11 en verano.

La diferenciación entre tabernas y cafés se difuminaba en las localidades más pequeñas. En la villa de O Grove, en 1927, no se establecía discriminación horaria en el cierre de los cafés y las tabernas. En Vilagarcía, en la década de los veinte, todos, tanto los cafés, como los billares, botillerías, tabernas y bodegones, tenían el mismo horario: en días laborables se prolongaba hasta las once de la noche, en invierno. En verano, o en días de fiesta, se ampliaba hasta las 12.

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