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Las tertulias como universidad o como "remedia-vagos"

En las conversaciones de café no todo era rigor, claro está. Sin duda había mucha banalidad y desvarío.

L as antiguas tertulias de café no solo eran un pasatiempo de primer orden –para quienes disponían de tiempo libre, es decir, para los miembros de las clases acomodadas–  sino también una actividad útil para la adquisición de un estimable capital de relaciones; no pocos las consideraban, además, valiosas para intercambiar opiniones y adquirir un cierto grado de cultura. Participaban de este criterio muchos y muy relevantes creadores, entre los que se encontraban Julio Camba y Arturo Barea. Alguno de sus defensores, como Cansinos-Asséns, no tuvieron empacho en señalar que había días en los que la tertulia a la que asistían celebraba sesiones que tenían un cierto carácter de seminarios, en los que se abordaban temas de poesía, cultura, etc.

Santiago Ramón y Cajal no solo fue un reconocido investigador sino también un hombre de muchas lecturas y muy versado en humanidades. Las "charlas de café" en las que participó –algunas de las cuales tuvo la paciencia de anotar para reproducir en sus escritos–, no le aportaban exactamente conocimientos, pero sí puntos de vista y reflexiones, que de algún modo lo enriquecían e instruían acerca de la condición humana, además de contribuir a entretener con amenidad sus horas de ocio. Por eso lamentó tanto la sordera senil que le impidió continuar participando en ellas.

Josep Pla refería que lo que escuchó en los cafés no lo oyó decir en la Universidad, cuando estudió Derecho en Barcelona. Por eso le parecían tan importantes los cafés. En una ocasión en particular, cuando se hallaba en uno de tales establecimientos le escuchó a un señor una reflexión relevante: tras quince siglos de Monarquía se había instaurado la Segunda República con perfecta naturalidad. Esto le hizo pensar lo siguiente, que revela en uno de sus Dietarios: "A mi paso por la Universidad, jamás oí hablar de estas cosas, que seguramente tienen su importancia. Será por esto que los cafés son tan importantes". Haciendo referencia a los años veinte y treinta, Pla apuntalaba su punto de vista extremadamente favorable a tales encuentros aseverando que: "todo sucedía entonces en los cafés y lo que no sucedía en los cafés no existía".

El filósofo Byung-Chul Hang. DP
El filósofo Byung-Chul Hang. DP

Un criterio no muy distinto fue el expresado por Fernando Fernán Gómez en El tiempo amarillo. Aquellas peñas del Café Gijón en las que se dejó ver le fueron de gran provecho para su formación intelectual. Él no solo se lo pasaba bien en dichas tertulias, sino que ponía mucha atención en aprender de quienes juzgaba que sabían más que él. Más contundente todavía a este respecto fue Rafael Azcona, quien en Memorias de sobremesa reconoce, ni más ni menos, que lo aprendió todo en el café.

No mucho más tarde, Eduardo Galeano indicaba que, en lo que concierne a formación literaria, su deuda con las tertulias cafeteras, fue realmente notable. Y el historiador del arte, Antonio Bonet Correa declaraba que el café Derby, de Santiago, fue una segunda universidad, tan primordial o más que la propia Facultad de Filosofía y Letras. Además, el hispanista Walter Starkie, director del British Council, solía decir que se contaban mejores historias en las tertulias de Madrid que en las academias de Londres.

Ahora bien, en las conversaciones de café no todo era rigor, claro está. Sin duda había mucha banalidad y desvarío. La didáctica era insegura. Pero, según G. Simmel –citado por Byung-Chul Hang en La sociedad de la transparencia–, "estamos hechos de tal manera que no solo (...) necesitamos una determinada proporción de verdad y error como base de nuestra vida, sino también una cierta proporción de claridad y oscuridad en la imagen de nuestros elementos de vida".

Unamuno constataba "allá por los años veinte" que había personas que solo leían para poder hablar de un autor o de una obra y así lucirse en las tertulias de café. En ocasiones, ni siquiera leían el libro, contentándose con la crítica que hubiese aparecido en algún periódico o revista. Señalaba, en relación con todo esto, que Marcelino Menéndez Pelayo –a quien elogia, en contraste con Pío Baroja, que no duda en poner en solfa el valor de las obras del sabio santanderino–, fue un crítico con sentido artístico, "lleno de calor y de luz", pero apunta que involuntariamente había causado un gran daño por haber forjado unas obras "remedia-vagos". Añadía, Unamuno, que incluso había profesores de historia de la literatura española que se atenían a los juicios de Menéndez Pelayo, y de ese modo se creían eximidos de tener que leer las obras originales. Venía a parar esto en que, en ciertas tertulias literarias, había uno que leía, "de ordinario mal" (a veces únicamente la crítica de una obra), y su aportación servía para muchos, de modo que, sobre la base de las impresiones de uno, formaban los restantes su juicio y composición de lugar. Esta situación determinaba que hubiese escritores muy discutidos y, sin embargo, muy poco leídos. Más que para adquirir conocimientos, las tertulias servían a algunos para disfrazar sus carencias revistiéndolas con un barniz cultural. ¡Y después, a presumir!

En parte por esta superficialidad y falta de rigor de no pocos tertulianos, y en buena parte también por prejuicio, o incluso manía personal, algunos escritores notables no solo desconfiaban de las tertulias, sino que incluso aborrecían la vida de café, tan significativa en la articulación de la sociedad literaria española tradicional. Ferozmente contrario a las peñas de café fue Juan Ramón Jiménez, a quien le desagradaba enormemente que los escritores fuesen a los cafés. Vio una vez desde la calle a Antonio Espina tras la ventana de un café y le comentó a Benjamín Palencia: "¡Ay, mi Espina, mi Espina, está perdido!". Gregorio Marañón fue otro férreo opositor a las tertulias de café. A él mismo "le falta café", según comentó famosamente Gómez de la Serna.

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