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Trasnochadores (que no eran pocos ni tristes)

Vista nocturna de un café. DP
photo_camera Vista nocturna de un café. DP

A todos nos gusta encontrar abierto nuestro café preferido. Aun cuando se haya hecho un poco tarde. Con el trascurso del tiempo, las normas municipales que regulaban el cierre de los cafés se han ido relajando, permitiendo una cierta apertura nocturna, más o menos amplia, pero en cualquier caso limitada. Esta restricción horaria no parece haber importado demasiado a algunos propietarios que obtenían una enjundiosa rentabilidad con la prolongación del tiempo de apertura, sin tope alguno en determinados casos.

Las autoridades consentían tal irregularidad toda vez que no les acarreaba problemas, ni veían en ello mayores inconvenientes. Al menos en los períodos de paz social en los que imperaba en el ánimo público un clima sosegado. Coadyuvaba también el extendido hábito social de trasnochar que debió inducir a las autoridades –proclives algunas de ellas a dicha práctica– a hacer la vista gorda.

Esto vino siendo así hasta que, en los últimos lustros del siglo pasado, y en lo que llevamos del XXI, los cafés tuvieron por conveniente implantar un cierre nocturno más temprano. Tal vez la población masculina adulta se haya vuelto menos nocherniega –la joven sigue igual– pero me parece que el hecho determinante ha sido la aparición de una clase de establecimientos antaño inexistentes, como son las discotecas y algunos pubs que cumplidamente acogen a los partidarios impenitentes de la diversión nocturna. Y, a la postre, cabe constatar el surgimiento de locales especializados en las almas errantes, y tal vez en pena, los after hours.

Si nos decidimos a hacer una incursión en los tiempos pretéritos, nos encontramos con que, en A Coruña, el cierre de los cafés debía de producirse a las doce de la noche, pero algunos locales incumplían la norma. Un establecimiento céntrico, el Hércules, levantaba la persiana a las 8 de la mañana y permanecía abierto hasta las 2 de la madrugada. Y, muy probablemente, habrá habido en esta ciudad algún café abierto hasta el alba.

En los últimos lustros del siglo pasado, y en lo que llevamos del XXI, los cafés tuvieron por conveniente implantar un cierre nocturno más temprano

Como no podía ser menos, en Madrid encontramos un panorama semejante (en realidad, lógicamente, bastante más ampliado), ya antes del 1900, donde –según Pedro de Répide–, había algunos cafés que daban servicio durante toda la noche. También en el siglo XIX, el madrileño café de San Luis tenía un horario prácticamente ininterrumpido día y noche , y Cansinos-Asséns refiere que el café Universal permanecía abierto mientras no se apagaban en la calle las farolas de gas.

El cronista Ramón de Mesonero menciona, en sus Memorias de un setentón, un pasaje cercano a la Puerta del Sol, que era entonces lugar de encuentro muy frecuentado. En 1894, se transformó en chocolatería (o buñolería), con horario nocturno durante todo el año, que fue incluida en el recorrido cultural de la noche de Max Estrella, con lo que se atiene a lo señalado por Valle-Inclán en Luces de Bohemia.

Arturo Barea da cuenta –en La forja de un rebelde–, del perfil habitual de la clientela de un café en el Madrid de la segunda década del siglo XX, sin omitir el horario y los modos de beber: "Los domingos, cuando salgo de casa a las seis de la mañana, tomo un café puro en la Puerta del Sol, donde hay un café que no cierra ni de día ni de noche en el que se combinaban trasnochadores y madrugadores".

Un incondicional del café Gijón, Mariano Tudela, apunta que, en 1906, el local de la calle de Recoletos permanecía abierto hasta el amanecer. En otro momento añade que, en la década de los setenta, el horario de cierre era francamente tardío, permitiendo a la clientela vivir: "Noches largas, inacabables, con delirios alcohólicos".

Por supuesto, en Barcelona, Bilbao o Vigo había cafés que cerraban muy de madrugada, o bien mantenían abiertas sus puertas durante toda la noche. En realidad, sucedía esto en casi todas partes –y no solo en las capitales de provincia–, como Málaga, por ejemplo, donde cobró importancia el Café Madrid, que estaba situado en la céntrica calle Calderería. Tras un proceso de ampliación, quienes hacían tertulia en el café, constataron al fi lo del año 1907, –la mayoría con gran regocijo– que el local no cerraba nunca. Tenía una parroquia heterogénea y diversa, que variaba según las horas. Muy de mañana, a las siete u ocho, acudía la gente madrugadora y seria, primordialmente comerciantes y sacerdotes; "hacia el mediodía predominaban los corredores y gente de negocio; por la tarde predominaba la pollería animada, presumida y más o menos donjuanesca, y desde primeras horas de la noche hasta el amanecer (…) concurrían políticos, escritores, periodistas, señoritos desocupados y juerguistas, gente jaranera de distinta clase, algún que otro guapo, mujeres a las que por eufemismo se las llamaba por aquellos tiempos niñas que fumaban (esto hacia 1943) y, en general, todos los que en Málaga trasnochaban habitualmente, que no eran pocos, ni tristes".

En los barrios apartados de las ciudades, y en los pueblos marineros, siempre ha habido cafetines o tabernas abiertas toda la noche, para regocijo de los bohemios noctámbulos y asilo del pobreterío. Arturo Barea da cuenta de que, en un cafetín de barrio, a comienzos del siglo XX, se refugiaban trabajadores pobres y mendigos; el horario era muy particular: se abría a la caída de la tarde y se cerraba hacia las diez de la mañana. Permanecía toda la noche abierto, realizando funciones de albergue popular.

En casi todos los pueblos del litoral han existido locales dispuestos también para la acogida de los marineros a su regreso de la mar. De este tenor era el Quiosco das almas perdidas, como se denominaba uno muy célebre en el puerto de Vigo, creado en 1962, donde los marineros vendían sus quiñones, y donde la juvenalia de la Movida acabó encontrando su asiento, por lo que nada tiene de extraño que haya surgido allí el grupo musical Siniestro Total.

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