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Valle-Inclán en el café

Valle se pasó la vida trotando por numerosos cafés para charlar con sus amigos, a los que enriqueció intelectualmente y alegró la vida con su trato humano, cercano y original

Pocos escritores han sido tan memorables en su calidad de frecuentadores de cafés a lo largo de toda su vida como Valle-Inclán. Fue lo que se dice un tertuliano intenso. En una época en que se cultivaba con aplicación el placer social de la conversación él obro como sumo sacerdote de este culto profano en el que presentó con pasión sus ofrendas verbales ante el altar constituido por un mostrador con una cafetera exprés a sus espaldas. En otras palabras, Valle se pasó la vida trotando por numerosos cafés para charlar con sus amigos, a los que enriqueció intelectualmente y alegró la vida con su trato humano, cercano y original. Quienes tuvieron la fortuna de escucharle recordaban las interesantes anécdotas que contaba; vale la pena mencionar, por caso, esta: El astrólogo de Luis XI, temiendo ser ajusticiado por el rey, tuvo la astucia de vaticinarle que moriría veinticuatro horas después que él. El monarca, por si acaso, no le hizo pasar a manos del verdugo.

Para conocer esta vertiente del ocio en su existencia hay que acudir al libro de bitácora en que quedó plasmado el recorrido de este tertuliano intenso. Pedro de Répide dibuja una estampa de Valle en sus primeros años en Madrid, cuando se hallaba precariamente alojado -sin que pareciese descontento por ello- en un inmueble en muy mal estado, cerca de las Ventas, por el que pagaba un alquiler irrisorio. En aquel período se pasaba el día en casa, leyendo, sobre todo en la cama, hasta que, aproximadamente a las siete de la tarde, se encaminaba al centro de Madrid. Iba siempre andando hasta llegar a las calles en que se encontraban sus cafés preferidos, que se convirtieron en su segunda vivienda, sin duda bastante más confortable que la suya. Acudía primero al saloncito del Teatro Español, cuando no estaba reñido con María Guerrero, y seguidamente recalaba hasta el amanecer en el cenáculo de algún café.

VALLE INCLÁNValle, en su etapa juvenil fue -como tantos bohemios- un trasnochador. Tuvo la fortuna de que en su tiempo había algunos cafetines de barrio que permanecían abiertos hasta muy tarde por la noche, o bien no cerraban. Emilio Carrère, en su novela de inspiración autobiográfica, La bohemia galante y trágica, describe un café popular, no lejos del Rastro, en la calle de la Esgrima, en el que hacía su entrada un cliente bohemio pasadas las tres de la madrugada. También González-Ruano alude las tabernitas y cafés de la alta noche, que proliferaban de modo particular "en nuestro pequeño barrio latino de la calle de San Bernardo". El tema es una constante en los escritores ochocentistas: Pío Baroja señala en sus memorias: "¡Qué noches las del Madrid de mi tiempo, con los escaparates de las tiendas encendidos hasta las doce, los teatros hasta la madrugada, y los cafés que no se cerraban!". Al filo del año 1920, Valle era consciente que a nadie le extrañaría que, en Luces de bohemia, Max Estrella y Latino de Hispalis pudiesen recorrer diversos establecimientos madrileños en su periplo nocturno hasta las luces del alba.

A Valle no le gustaba bajar a la Puerta del Sol, de ordinario repleta de sablistas, cesantes y bohemios, puesto que en esa plaza: "se confunde uno con los demás". Prefería torcer por la Red de San Luís, hacia la calle Peligros, y desembocar por allí en la calle de Alcalá: "¡Esto es señorial!", decía. En ella se encontraban el Fornos, el Lyon d’Or y la Granja El Henar.

La travesía de Valle-Inclán por los cafés de la capital fue una de las más completas y exhaustivas de su generación. Se le vio, en efecto, ante los veladores de mármol o madera de una amplia serie de cafés: Fornos, Suizo, Café del Príncipe, Colonial, Gato Negro, Café Nuevo Levante, Granja El Henar, terraza del Gijón, Madrid y Nuevo de la Montaña, donde, en 1889, tuvo el incidente que le ocasionó la pérdida del brazo, cuando el escritor contaba treinta y tres años. De estos dos últimos establecimientos salían los literatos bohemios -a los que se sumaba Valle algunas veces- dispuestos provocar escándalos en los teatros de dramaturgia filistea. Al cabo, en sus agitados años madrileños no dejó de acudir tampoco a los cafés Regina -en el que recalaban Azaña y Chaves Nogales-, Lyon d’Or y, no debemos olvidar tampoco, al Pombo, sede de la peña de Gómez de la Serna.

Ahora bien, sus tertulias primordiales, a las que fue más asiduo y en las que ejerció casi siempre el liderazgo, bien compartido o bien exclusivo e indiscutible, por lo que es posible considerarlas como más propia y genuinamente suyas, son las que se reunían en los cafés que se mencionan a continuación: el de Madrid, como reconoce en una entrevista que se le hizo en 1915, aunque en esa época -en torno a los años de la Primera Guerra Mundial-, se dejaba ver por varios cafés de la calle de Alcalá, Mayor y Gran Vía, "entrando en ellos a cualquier hora". Fue en el café de Madrid donde Valle inició su amistad con Rubén Darío. Valle y Benavente dirigían la tertulia en este local, pero no tardaron mucho en bifurcarse sus caminos. Valle se fue con sus partidarios, para consagrarse a los géneros difíciles, según el testimonio de Gómez de la Serna, en tanto que Benavente y su corte de admiradores transitaron por un camino más trillado que deparaba éxitos teatrales seguros, que celebraban en la Cervecería Inglesa. Valle se decantó entonces por el Café y Horchatería de Candela, de la calle Alcalá, en la que permaneció hasta que se dejó tentar por el Nuevo Café de Levante, en el que estableció su vivac hasta que se clausuró este local y tuvo que replegarse nuevamente al Candela. En fin, ¡que no paró! Si Borges se figuraba el paraíso bajo la especie de una biblioteca, no tendría nada de extraño que Valle-Inclán lo imaginase bajo la forma de un café, en medio de su grupo de amigos, en animada charla, con mucha coña y un poquito de coñac. 

Valle-Inclán en el café
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