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Valle-Inclán y Urbano Lugrís en las tertulias de café

Valle-Inclán (tercero por la izquierda), en la tertulia del café Granja El Henar. BIBLIOTECA NACIONAL
Valle-Inclán (tercero por la izquierda), en la tertulia del café Granja El Henar. BIBLIOTECA NACIONAL

La Granja El Henar fue el más literario de los cafés del Madrid republicano. Quizás por ello Valle-Inclán lo frecuentó más que a ningún otro, según refiere González-Ruano. La tertulia más relevante en este ilustre café fue indudablemente la que encabezaba el escritor vilanovés. Un encuentro que se celebraba todas las noches en la parte trasera del patio interior del local , prolongándose hasta la madrugada. Era la que tenía más carácter, "sabor de tradición, de costumbre madrileña castiza, de anticontemporaneísmo". Hay fotografías de la época que nos muestran a Valle-Inclán, ya veterano y convertido en personaje célebre, con barba cana, reinando indiscutiblemente en este moderno palacio de la conversación. En una entrevista publicada en la revista ilustrada Vida Gallega, en 1926, el periodista queda seducido por su figura original y sugestiva (hidalga apostura), el encanto personal desplegado por Valle, su atractiva personalidad, la gracia de su conversación, sus conocimientos y capacidad de fabulación. Muchos otros entrevistadores y escritores compartieron estas alabanzas y algunos llegaron a señalar que la persona era superior a la obra, con ser esta excelente. Era muy admirado, pero también temido. A algunos se les atravesaba un nudo en la garganta al oír sus dicterios, aunque los más sensibles o agudos no dejaron de percatarse del fondo de amabilidad y ternura que tenía el personaje. El entrevistador describe de este modo la atmósfera que reinaba en este café, en el que Valle sentaba cátedra: "En Madrid, en el interior del café La Granja del Henar; al fondo de un patio, de trazas de viejo mesón castellano (…) Lejos, al margen del teatral ambiente, suena una música que interpreta aires modernos cosmopolitas". Y allí se encontraba Valle en su mesa, a las 10 de la noche, aguardando por sus amigos que estaban a punto de llegar. Después, el periodista se aplica a caracterizar al célebre escritor y aporta un dato de interés: "Valle-Inclán se acaricia las barbas, levanta la cabeza y a una muda indicación, se le acerca un camarero y le sirve una taza de café puro. Con la única mano que tiene retira el paquete del azúcar y sorbe lentamente de la taza…". Como vemos, no era partidario Valle de azucaramientos, tampoco en materia de infusiones.

Valle-Inclán era el indudable polo de atracción. El escultor Cristino Mallo reconoce que se dejaba caer de tarde en tarde por este café, atraído especialmente por su interés en escuchar al creador del esperpento

Valle-Inclán era el indudable polo de atracción. El escultor Cristino Mallo reconoce que se dejaba caer de tarde en tarde por este café, atraído especialmente por su interés en escuchar al creador del esperpento. No era el único en dejarse seducir por el escritor vilanovés, cuyo espíritu -a juicio de muchos- parecía moldeado por los dedos del sol. Otro caso parecido fue el del filósofo Carlos Gurméndez, quien declaraba que: "Por las noches, me acercaba hasta La Granja del Henar a oír a Valle-Inclán, interesado en aquel entonces por el arte italiano renacentista, lo que daba lugar a intensas discusiones con la diputada socialista Margarita Nelken, mujer extraordinaria y muy erudita". No hay, por consiguiente, duda de que quien despuntaba en este círculo era Valle, a quien acompañaban regularmente: Ricardo Baroja, Melchor Fernández Almagro, Claudio de la Torre y Antonio Sánchez Barbudo. Pero había más asistentes, puesto que se trataba de una tertulia muy nutrida, como se puede apreciar en los testimonios gráficos. No hay duda de que la amplitud de la concurrencia contribuía a que en ocasiones el cónclave cobrara un cariz tumultuoso. Desde luego, aburrida no parecía en absoluto: los asistentes mostraban un gran interés por escuchar lo que allí se decía y a veces los debates se animaban extraordinariamente, como la singular velada en que se sometió a debate el número exacto de palabras contenidas en El Quijote. Pepín Bello, que asistió a la tertulia alguna que otra vez, declara que en ella se hablaba estrictamente de literatura. Ya hemos visto que de arte también se hablaba, y probablemente de más asuntos también, aunque en menor medida.

César González-Ruano no perdonó tampoco la asistencia a esta ágora de la vida cultural madrileña. Había criticado a Valle por declarar -como la mayoría de los escritores prestigiosos- que la obra literaria de Blasco Ibáñez carecía de calidad, cuando antaño lo había elogiado. Coincidieron una vez los dos en la entrada del café, y como quiera que ambos se cediesen educadamente el paso, terció, al cabo, Don Ramón, y le espetó a Ruano: "Ande, angelito... Pase usted primero, no me vaya a sacudir encima un leñazo...".

Algunos artistas e intelectuales gallegos tenían su propia tertulia en la Granja, que conoció su apogeo en el primer bienio republicano, cuando los diputados galleguistas -a la par que intelectuales-, ostentaban actas de diputados, por lo que pasaban mucho tiempo en la capital del Estado. Son bien conocidos: Castelao, Otero Pedrayo, Antón Vilar Ponte y Ramón Suárez Picallo. Además, algunos artistas obtuvieron becas de los ayuntamientos y, en especial, de las Diputaciones provinciales para ampliar estudios en Madrid, como fue el caso de Laxeiro, que, en 1931 y 1932, disfrutó de sendas bolsas que le permitieron matricularse como alumno libre en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando. En muchas sesiones de la peña de gallegos, el lalinense entabló conversación con los pintores Maside, Colmeiro y también con Lugrís, un grandísimo coñón, quien les contó que en una ocasión en que vio a un sacerdote calvete que viajaba en la lancha a Santa Cruz, le interpeló desde la orilla:

-¿Señor cura, conoce usted a Don Gregorio, el capellán de Santa Cruz?

-Sí, lo conozco. ¡Un santo varón!

-Pues haga usted el favor de darle recuerdos de su hijo Urbanito.

Una broma surgida del humus de la cultura popular gallega, en la que un sacerdote es aquel al que todos llaman padre, excepto sus hijos, que le llaman tío.

Valle-Inclán y Urbano Lugrís en las tertulias de café
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