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A vella cunca amante

Un hombre llenando una taza de vino directamente del barril. DAVID FREIRE
Un hombre llenando una taza de vino directamente del barril. DAVID FREIRE

 La cunca de barro ha ido quedando relegada, y es una pena. En nuestros días, no hay duda de que el consumidor exige cada vez más un vino depurado y desprovisto de impurezas. Y esta cualidad del vino se aprecia mejor -sobre todo en el vino blanco, pero también en el tinto- en la blancura impoluta de la porcelana blanca (y mejor, todavía, en un vaso o copa de cristal) que en la sombría penumbra del barro. Una persona entrevistada, aficionada a los caldos del país, daba a entender esto cuando rechazaba radicalmente el vino servido en cunca de barro: "te podían meter ahí cualquier cosa", objetaba. Por lo demás, un bodeguero del Salnés señalaba que la taza no permitía examinar bien el color, y además disimulaba los defectos del vino. De hecho, ya decían: "Tú bebe y no le mires el color".

Hay que establecer una matización relacionada con el color del vino. El vaso de cristal se empleaba preferentemente para tomar vino blanco. En cambio, el tinto se bebía mejor en taza. Quizá porque, obviamente, en el blanco se observa mejor la transparencia, de modo que tiene pleno sentido emplear el cristal para apreciarla satisfactoriamente.

En relación con esto, las opiniones en el seno de la cohorte de los bebedores amantes de los vinos gallegos, del país, parecen estar divididas. Cada vez son más los que se decantan por el vaso de cristal, lo que podría ser una consecuencia directa de la moderna prevalencia de los vinos clarificados. Decía uno de estos, que beber el vino en cristal finiño, es una forma de vestirlo. También el carolino está considerado popularmente como más fino que la taza. Ahora bien, todavía persisten quienes, muy apegados a la tradición, sostienen que la taza tiene su gusto particular, y que realza el vino y el propio ritual de la bebida. Estas gentes de paladar enxebre eran antes más numerosas, cuando se apreciaba más un vino con cuerpo y más bien denso. 

En el fondo, subyace una antinomia entre quienes estiman el vino, ante todo como un producto intrínseco y se preocupan por sus cualidades organolépticas. Se muestran adheridos al gusto actual, que ensalza la limpieza, la pureza y, en el caso del blanco, su transparencia. Y en el otro bando, militan los fieles de la taza, que entienden el vino sobre todo como un producto cultural, un símbolo identitariamente connotado, y que encuentran placer en saborear los mostos con sus tradicionales esencias, tal y como gustaban hace no muchas décadas: espesos y bien cargados de sustancia (o sustancias) amén de más opacos de color.

Todavía persisten quienes, muy apegados a la tradición, sostienen que la taza tiene su gusto particular, y que realza el vino y el propio ritual de la bebida

Pero interviene también, en este orden de cosas, la cuestión de la relación entre el sabor del vino y la pura materialidad y morfología del recipiente: algunos relatores consideran que cuanto más fino sea el recipiente, e incluso el cristal del vaso, mejor sabe el vino. E influye, asimismo, la variable estacional, que convierte la temperatura en un relevante tema que conviene tomar en consideración. De hecho, en verano se prefería el carolino, porque "era más fresco"; "en taza se calentaba más el vino", puntualizaban dos personas entrevistadas.

Tradicionalmente, nuestra gente empleó jarras y cuncas para beber el vino (además de porrones y botas). La copa de cristal era un artículo de lujo que tardó en imponerse entre nosotros. Aún en los años setenta, los carteles de las fiestas del vino empleaban como símbolo el recipiente tradicional. Con todo, no hay duda que la copa de cristal tiene varias ventajas incuestionables que la sitúan por encima de la taza enxebre: entre otras, la transparencia, que permite apreciar mejor el matiz cromático del vino; y, por ende, la mayor reducción de la apertura superior de la copa posibilita catar ajustadamente su aroma, al concentrarlo más. Tengo por cierto que la difusión de la copa de cristal supuso un avance en el desarrollo del paladar colectivo, expresión inequívoca del progreso de la cultura enológica gallega.

Con todo, resultaría simplista concebir esta modernización como un proceso antitético con la tradición enológica del país. Tenemos dos culturas del vino: de una parte, la moderna, de la vinoteca, la bodega industrial provista de depósitos de metal inoxidable, la botella, la copa cristalina y la decantadora de vidrio; y de otra parte, la tradicional, de la taberna, la adega artesana, provista de cubas y pipotes de madera y también la jarra y la taza de barro o porcelana. Esta última enocultura se halla en vías de extinción, pero aún resultaría posible preservar sus elementos más estimables, así como sus formas de sociabilidad asociadas, para disfrutar de todo este rico patrimonio entre nosotros. Y también para ponerlos en valor como recurso turístico, considerándola cómo una de las facetas más interesantes y gozosas de la cultura popular de Galicia. En este sentido, sería deseable que se crearan, en las distintas comarcas vitícolas, rutas del vino artesano, articuladas con las ya existentes, que se hallan jalonadas por las bodegas modernas. Bajo este prisma, la cunca no se debería perder. Beber el vino en ella tiene una gracia distinta a la de trasegarlo valiéndose de la copa. Su presencia evoca un mundo tradicional de ferias, romerías y un estilo de convivencia caracterizado por la cercanía, la calidez y la cordialidad. Mal andaremos se olvidamos nuestro xeito tradicional de vida, aunque sólo sea como motivo inspirador. ¡Y qué se le va a hacer, nosotros venimos de la cunca y no de la copa! Por algo escribía Cunqueiro: "Yo podía darle una vuelta al país con la taza cunca de mi apellido en la mano". ¡Malamente podría hacer esto con una copa!

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