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Los viejos cafés y el cuplé

Concierto de Josep Colom en el Café Moderno en homenaje a Alejandro de la Sota. RAFA FARIÑA
Concierto de Josep Colom en el Café Moderno en homenaje a Alejandro de la Sota. RAFA FARIÑA

HASTA QUE no hubo llegado el momento en que la televisión hizo su irrupción ruidosa, los cafés fueron el centro principal de la sociabilidad masculina. En ellos se estaba más caliente que en el hogar, había mayor confort general, se podían degustar bebidas y, en algunos, incluso comida de restaurante, y se podía, por supuesto, hacer tertulia con los amigos. Ciertas gentes aprovechaban también para escribir, solicitando el "recado de escritura", para que el camarero les facilitase papel, plumilla, tintero y secante. Además de todo ello, en los buenos cafés había música en vivo. 

Sostiene García Álvarez, en Beber y saber. Una historia cultural de las bebidas, que los cafés conciertos y los cafés cantantes orientados hacia música folclórica -a menudo, de estilo flamenco-, alcanzaron notable éxito en España, ya a mediados del siglo XIX. Pero al final de dicho siglo se produjo cierto declive en la afición a los intérpretes del flamenco y las coplas de zarzuela. De hecho, comenzaron a quedar desplazados por otra suerte de espectáculos más excitantes. Fue, en efecto, en el primero tercio del siglo XX, cuando alcanzaron su momento álgido las expresiones artísticomusicales de origen extranjero, como el cabaret, el café cantante, que daba acogida a los varietés, y el music-hall. Serge Salaün apunta, en Él cuplé (1900-1936), que desde 1920 hasta la Guerra Civil, se pusieron de moda los cafés o bares con orquesta, en los que se interpretaban piezas conocidas de música clásica o de jazz. 

Las ciudades gallegas estaban bien servidas. Tanto en el café Moderno, de Pontevedra, como en el Derby, de Vigo (había otro en Santiago), había números musicales y de varietés. Estas actuaciones se celebraban igualmente en el concurrido y elegante Café Español de Santiago. Su personal no solo atendía su propio local, sino también la cafetería al aire libre, con orquesta incluida, que se instalaba durante el verano en uno de los pabellones de la Exposición Regional de 1909, que aún quedaba en pie, situado en el paseo central de la Alameda compostelana. Alfonso Iglesias, que estaba a su frente y era hombre con capacidad de ingenio y recursos, refirió que, cuando la clientela desbordaba las previsiones y comenzaba a escasear algún producto, como no tenía teléfono instalado, recurría a un perro que había amaestrado para que llevara el pedido escrito en un papel atado al cuello. El animal tenía que caminar hasta el Café Español que quedaba cerca. Cada vez que se desplazaba, el dueño rogaba a Dios que no se encontrara por el camino con alguna perrilla que lo distrajera de su cometido, como aconteció en una ocasión en que la escuadra inglesa, que estaba de visita, tuvo que quedarse sin merienda, según ha documentado Mercedes Gualteria Pintos. Debiendo pagar foros a esta autora, tenemos constancia de que en la parte superior de dicho pabellón, habilitado como café, como decimos, se celebró, en tiempos de la República, un espectáculo de varietés llamado a perdurar en la memoria popular de los compostelanos, ya que nunca se había podido ver hasta aquel entonces unas atrevidas vedetes que salían al escenario casi completamente desnudas, excepción hecha de una escueta florecilla roja campando en el pubis angelical.

Ahora bien, esto distaba de ser lo habitual. Los cafés cantantes, solían tener actuaciones más comedidas, que de vez en cuando alternaban con las francamente descocadas, o incluso sicalípticas. Refleja esto cumplidamente Torrente Ballester en un pasaje de su novela Los gozos y lanas sombras: "Las cupletistas que van de La Coruña a Vigo y las que van de Vigo a La Coruña se desvían en Santiago y pasan una semana en Pueblanueva. Las hay de todas clases, desde las que salen en cueros a las recatadas y sentimentales. Una de éstas fue la que vino a la inauguración; el Pirigallo invitó a todo el mundo; la artista fue muy aplaudida, y al día siguiente, después de comer, el café estaba de bote en bote". El dueño del local, para no escandalizar en exceso, sorteando el riesgo de que le prohibieran el espectáculo por escándalo público, aplicaba una prudente política de horarios: "Da tres sesiones; la de la tarde, para familias, y en ésta las artistas se portan comedidamente. Pero de noche sobre todo y cuando hay rumbas se descuelga en el café el mocerío de la localidad". Y ahí la cosa se disparaba bastante.

Muchas de estas "flores de té" lucieron palmito en Compostela. El Café Suizo y gozos y también el café La Argentina, situado en la Senra, propiedad, como el hotel homónimo, de Francisco Rey Villanueva, fueron los más activos en la promoción de alegres espectáculos de este jaez. No resulta sorprendente que las cupletistas, cultivadoras de un género de abolengo cosmopolita, que pisaban con garbo, y actuaban con gracia, desparpajo y atrevida picardía, fuesen capaces de disputar el favor del público y frecuentemente de desplazar de los escenarios de varietés a las clásicas tonadilleras, que se ganaban el parné con sus coplas tradicionales y cancioncillas folclóricas más bien ñoñas. Entre los cuplés -género de inspiración francesa y, por consiguiente, veteado de ironía y humorística picardía- que causaron sensación, sobresalió uno, de la autoría de Retana y Yust. Llevaba por título Un paseo en auto, y era interpretado con especial salero por la Chelito. Una de las estrofas del cuplé solía ser coreada con apasionamiento por el público masculino, que lo sabía de memoria. La cosa trataba de una muchacha que acompañaba a un joven conductor en apuros, que, con fi ngida compunción, confesaba: "Tanto sufría yo / al mirar que el ahogo / no lograba que aquello marchara, / que por fi n me arriesgué / y al muchacho ayudé / para que su motor funcionara"

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