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Ancianos y mártires

José Antonio Constenla |

José Antonio Constenla | 07 de abril de 2020

A mí me gustaría hablar de la primavera, de las calles y terrazas repletas en animadas conversaciones y de tapas en compañía, pero la realidad me lleva a centrar la atención en los más vulnerables del Covid-19, aquellas personas que superan los 70 años y suponen el 80% de los fallecidos.

En tiempos de pánico parece que todo vale con tal de exorcizar el miedo y se revela la pobreza espiritual de una sociedad que minimiza la muerte de sus ancianos. Para calmar a la población se ha venido repitiendo bajo diferentes fórmulas: ¡no os preocupéis, este coronavirus solo mata a los ancianos!, hablando de ellos como de algo prescindible.

En muchos hospitales, y ante la insuficiencia de respiradores, se los retiran para ponérselos a otros colectivos de menos riesgo o más jóvenes. El vicegobernador de Texas, Dan Patrick, dice en una entrevista que "los abuelos deberían sacrificarse y dejarse morir para salvar la economía". Neele van den Noortgate, jefa del departamento de geriatría en Gante, afirma: "Las personas mayores y más débiles que contraigan el coronavirus deben morir en las residencias de ancianos en vez de ser hospitalizadas".

Envejecer es algo bastante novedoso, porque en el pasado la mayor parte de las personas no superaban los 40, pero en nuestra sociedad, la ancianidad ya no es algo extraño, y datos de la Onu, estiman que en 2030 las personas de avanzada edad serán 1.400 millones. 

En una sociedad en la que no era excepcional tener familia amplia, se honraba y protegía a los ancianos y se les consideraba reservorios de sabiduría y conocimiento. Por el contrario ahora ser viejo es poco menos que una culpa, algo vergonzoso, como si respetar las tradiciones y honrar el pasado fuese conservador y retrógrado. La experiencia como valor vital se desprecia porque los progresos son siempre más rápidos, y todo y todos se hacen efímeros, obsoletos y pasados de moda en poco tiempo, de ahí que en este contexto todos quieren vivir mucho, pero nadie quiere hacerse viejo.  

No hemos de olvidar que a la vejez llegamos todos, incluidos los que hoy presumen de juventud y sacan músculo de inmunidad

Es humano temer el declive de las propias facultades físicas y psíquicas, pero es inhumano tener que sufrir aislamiento y ser maltratados por una sociedad que debería medir su grandeza en cómo trata a sus mayores y no por convertirlos en piezas prescindibles. Si el progreso se mide solo en términos de PIB en lugar de hablar de bienestar y salud para todos, si importan más las consignas y la economía que las vidas, es que vivimos en una sociedad enferma de egoísmo. 

Nuestros ancianos fueron los que nos dieron la vida y pusieron los pilares que nos trajeron hasta aquí, quienes sobrevivieron a penurias, levantaron el país y lucharon por las libertades que disfrutamos, recogieron los pedazos desechos de muchas familias durante la crisis económica y hasta cuidan a sus nietos. 

Es ley de vida que ellos nos abandonen primero, pero no hemos de olvidar que a la vejez llegamos todos, incluidos los que hoy presumen de juventud y sacan músculo de inmunidad. Y si bien es cierto que la muerte de niños y jóvenes conmueve, eso no nos da derecho a minimizar la pérdida de quienes han vivido más, porque cada vida debe contar. Por tanto toca gritar a los cuatro vientos, aunque no se encuentre eco en esta sociedad endurecida e individualista, sorda a todo lo que no sea su egolatría narcisista, que lo que damos hoy a los ancianos es lo que recibiremos mañana.

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