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La humanidad va al final

María Valcárcel | Arquetipos

María Valcárcel | 27 de noviembre de 2019

Frank Olson, en 'Wormwood'
Frank Olson, en 'Wormwood'

Título: Wormwood.
Creador: Erol Morris.
Reparto: Peter Sarsgaard, Adina Verson, Bob Balaban, Molly Parker.
Plataforma: Netflix.

HAY QUE construir muchas mentiras para ocultar una verdad. Construir un relato, palabra a palabra, frase a frase, hasta convertir lo que fue en una sombra. De perseguir esa sombra. De eso trata el documental ficcionado Wormwood. Les recomendaría no perdérselo. Es algo inquietante, algo desesperanzador, triste, muy triste. Da miedo y, al mismo tiempo, fascina. Toda la historia se desarrolla en las altas esferas, digámoslo así, del poder. Aquí interviene la CIA, el gobierno norteamericano, científicos de renombre implicados en operaciones de alto secreto, alta seguridad. El contexto es la Guerra Fría. Esa paranoia.

Frank Olson, un bioquímico prestigioso, profesional, serio, trabaja en un proyecto del que no puede hablar. A medida que se adentra en el asunto, va siendo consciente de lo que significa todo eso en lo que está metido. En sus repercusiones. Armas biológicas y todo un programa de control mental utilizando drogas. Experimentando. Deviene el científico entonces en un disidente del sistema, en una molestia y en un peligro. Qué hace en estos casos la CIA –y ha tenido y tiene, casos así, constantemente–, pues hace lo normal, es su modus operandi. Trazar una estrategia para que desaparezcan los elementos problemáticos. Que se pierdan, que se olviden; hay que asegurarse de que no vuelvan, nunca, a suponer un riesgo para el éxito de la operación. Porque los planes de la organización –esa que es salvaguarda de la seguridad nacional, de los intereses de la ciudadanía– no pueden dejar de brillar. Es obvio que es imprescindible acabar con la pieza que, por una cosa o por otra, de pronto, deja de encajar.

La trama que envuelve el caso de Olson es tan compleja como alucinante y, evidentemente, es sólo un nota discordante en esta sinfonía espléndida que pretendía acabar con la amenaza del comunismo de un plumazo. Claro, a veces, la cosa se les va de las manos. Recordemos que la mayoría del tiempo no, que el hecho de que no nos enteremos lo que quiere decir, precisamente, es que lo están haciendo perfecto, no que no lo hagan. Este documental aborda la terrible historia de una familia –sobre todo de un hijo– que no se conforma con la explicación oficial. Él era niño cuando su padre, sin indicio alguno, deja de existir. Causa de la muerte: suicidio. Piso 13. Hotel Pensilvania, Nueva York. Sale despedido por la ventana. ¿Acaso salta voluntariamente? ¿Se cae sin querer con resultado fatal?

En torno a ese suceso, Errol Morris, el creador del documental, estructura una trama tremenda que es como un pozo sin fondo. Paralelamente a lo que está contando, él experimenta con los recursos audiovisuales para transmitir, por un lado los hechos, por otro lado la ficción derivada de los hechos. El resultado es, a la vez, una película de terror, una serie noir, un melodrama clásico. Una cosa muy muy perturbadora.

Pienso en el hijo, que ahora ya es una persona mayor, que ha dedicado su vida entera a confirmar lo que empezó por una sospecha sin base. Que poco después empezó a sustentarse en una serie de pruebas irrefutables que desmentían la versión de la CIA, que poco más tarde se corroboraban esas y surgían más, lo que obligaba a los responsables a remodelar el relato conforme los iban descubriendo.

Pienso en ese hijo que renunció a todo lo demás por obtener la verdad. Es una opción valiente y terriblemente solitaria. Es una elección, con casi absoluta probabilidad, irremediable. La vida de este niño, después joven, después adulto, ha girado en torno al suicidio inexplicable de su padre. Sus pesquisas lo han llevado directamente a los responsables de dirigir los destinos del resto. Y es complicado demostrar eso. Por no decir, imposible.

Este es un documental que pone los pelos de punta en mucho más de un sentido. Formalmente, es una indagación del lenguaje audiovisual, arriegada y efectiva, y narrativamente es mucho más que una simple historia de un caso criminal. Hay algo que tiembla, que se tambalea, de principio a fin, y que es la constantación de un modo de ser, de pensar y de actuar muy alejado de las premisas que deberían de considerarse inviolables. En demasiadas ocasiones, la humanidad es lo último que cuenta.

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