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Subimos, bajamos y viceversa

José Antonio Constenla |

Diario de Pontevedra | 07 de noviembre de 2018

UNA ENCUESTA sobre bienestar social publicada por el Instituto Nacional de Estadística (INE), refleja que uno de cada cuatro gallegos, casi el 25%, no se fía de los demás. Esta desconfianza se extiende también a Internet, donde somos la comunidad con el porcentaje más elevado de internautas suspicaces respecto a los peligros de las redes, según datos de la Agencia para la Modernización Tecnológica de Galicia (Amtega).

Tenemos fama de desconfiados y de contestar a una pregunta con otra o más, y eso, ¿es bueno o malo? Pues depende, porque el quid de la cuestión es saber discernir cuando debemos confiar y cuando no. Tennessee Williams decía que "debemos desconfiar unos de otros, es nuestra única defensa contra la traición", mientras Juvenal afirmaba lo contrario: "Confiar en todos es insensato, pero no confiar en nadie es neurótica torpeza".

Cuando contestamos a una pregunta con otra, no es que desconfiemos en realidad de la otra persona, sino que queremos valorar lo que se espera realmente de nosotros, por lo que parece más precaución que desconfianza. El problema es que no siempre nos entienden cuando hablamos y como decía Maquiavelo “pocos ven lo que somos, pero todos ven lo que aparentamos”.

Los gallegos que ponemos cara de astucia cuando negociamos, claro que sí sabemos si subimos o bajamos, quien no lo sabe son los demás a los que desconcertamos conscientemente. Una anécdota real sucedida en Santiago ilustra muy bien esto. Un paisano acude a la consulta de un otorrino para que le examine y preguntar si debe operarse. El médico le dice que sí, y el paisano pregunta cuánto le costaría. El doctor a su vez se interesa por si ha consultado a otros otorrinos, a lo que el paisano asiente. Intentando sonsacarle más, el doctor pregunta de nuevo que cuánto le cobraban los otros, a lo que el paisano responde con un “échele”.  

Somos un pueblo que se siente más cerca de La Habana, Buenos Aires, Montevideo o Río de Janeiro que de Madrid, que está lejísimos. Hemos sabido conjugar el apego a la tierra y a la naturaleza, o a la saudade y la morriña, con ser un pueblo curioso y explorador, como decía Castelao en Sempre en Galiza, “somos almas viajeras”. Y hay que recordar a aquellos que afirman que emigramos obligados sólo por la necesidad que hay pueblos más pobres que nosotros que no emigraron nunca.

Lejos del país surge la morriña, que no se puede traducir directamente por nostalgia, y que hace que aquellos que han hecho fortuna fuera vuelvan a Galicia a morir a su particular cementerio de elefantes, haciendo bueno lo que decía Rilke de que “el paraíso del hombre es la infancia”. 

Todos estos retales de carácter hacen que siguiendo a Castelao, Otero Pedrayo, o Risco, nos atrevamos a afirmar que existe una verdadera, rica y específica mentalidad gallega, que el antropólogo Manuel Mandianes defiende afirmando que “No hay otra cultura con un sentido de la vida como la gallega”. 

Juan Benet dice que “los gallegos están locos”, y lo afirmaba con la admiración de los que ven en nuestra tierra retazos de un mundo perdido, cantado tal vez por Cunqueiro, que el Camino de Santiago ha hecho perdurar y dar a conocer universalmente, y que nos convierte en un pueblo orgulloso que es algo más que un pueblo desconfiado.

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