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PÓLVORA: DIVERSIÓN, RIESGO Y NEGOCIO

En las entrañas de una pirotecnia

El proceso de llenado de cartuchos. PEPE FERRÍN
El proceso de llenado de cartuchos. PEPE FERRÍN

El funcionamiento de un polvorín está regido por una férrea normativa que controla desde su ubicación a disposición interna 

Las pirotecnias son unas desconocidas para los gallegos. Y eso que la comunidad es la segunda que más cohetes produce después de Valencia, con 19 talleres —legales— repartidos entre las cuatro provincias. Sin embargo, son pocos los que han visto uno de cerca. La razón es simple: los polvorines deben de estar a al menos 500 metros de la casa habitada más cercana. Esa es la primera norma de seguridad —y más importante— para este tipo de recintos, y la que hace que estén ubicados en sitios tan recónditos que solo se acerquen allí los clientes y los propios trabajadores. Nadie termina en una pirotecnia por equivocación.

Y si es difícil dar con una fábrica artificiera, todavía lo es más entrar en ella sin permiso. Eso significaría trepar un muro de dos metros con alambre de espino en la parte más alta y burlar una avanzada red de alarmas conectada directamente con la Guardia Civil, elementos que deben equipar por ley estas instalaciones. El Progreso se ha introducido en una de ellas para mostrar sus entrañas a los lectores. Lo ha hecho, eso sí, de forma legal.

La empresa elegida es Pirotecnia López, una de las 16 adheridas a la Asociación Gallega de Industriales Pirotécnicos. Se ubica en Viceso, un aislado núcleo del concello de Brión aunque a tiro de piedra de Santiago. Para llegar hay que transitar por un racimo de vías secundarias en las que, salvo para un conocedor de la zona, se hace indispensable el GPS. Sobre todo porque ya no hay vecinos a los que preguntar en los dos últimos kilómetros de trayecto, tras dejar atrás la última casa. A partir ese punto, todo atisbo de civilización desaparece. El único vestigio humano son dos flechas que, ya cerca de las instalaciones, conducen al visitante a través de una pista forestal que desemboca en la entrada de la pirotecnia.

Por fuera, el complejo parece un campamento militar de alta seguridad por el aspecto que le confieren el cierre con alambre de espino y las numerosas señales de peligro que flanquean la entrada. Hay que pulsar un timbre e identificarse y, si el encargado da el visto bueno, un portalón metálico se abrirá, dando paso a una enorme finca tapizada de hierba y con varios inmuebles que hace olvidar el presagio de tintes castrenses.

El fondo de la finca es el destinado a la producción, "la parte más peligrosa del proceso", cuenta el pirotécnico

Aunque la sensación de que se está pisando una instalación de alta seguridad regresa al instante, lo poco que tarda el responsable del recinto en entregar unos papeles al visitante, mediante los que este —tras enseñar el DNI— asume que entra "en el recinto bajo su propio riesgo" y que no porta "cerillas, tabaco, mecheros, bebidas alcohólicas u otro material inflamable". Este documento se firma en las oficinas, la primera dependencia a la que accede todo visitante y donde también queda registrada escrupulosamente la hora de su entrada y salida. "Este protocolo lo sigue todo el que viene aquí, sea la prensa, un cliente o alguien que viene a traer mercancía", explica Santiago López, el propietario de la pirotecnia que lleva su apellido y el de toda una saga de artificieros compostelanos.

Él pertenece a la quinta generación y su historia va ligada a la de una profesión centenaria en Galicia y nutrida esencialmente de empresas familiares. El espíritu no ha variado de padres a hijos pero "los medios son completamente distintos a los de hace veinte años, sin ir más lejos", relata Santiago. Empezando por las instalaciones, que han mudado de vetustos polvorines que servían a la vez de fábrica y almacén a los complejos actuales, que alternan grandes superficies verdes con casetas con funciones individualizadas. 

El recinto de Pirotecnia López tiene diez años y es uno de los más modernos de Galicia. Se trata de una parcela en forma de rectángulo en el que encajarían, por extensión, unos seis campos de fútbol.

Se puede decir que en los dos primeros, según se entra, se ubican sendos almacenes comerciales, esto es, donde se acumula la mercancía final, ya embalada y lista para la venta. Son las dos casetas más amplias, con capacidad para albergar 3.500 kilos de explosivo cada una, y "las menos peligrosas porque en ellas no se manipulan materiales", explica Santiago.

El sector central es el más despejado. Solamente emergen del césped una torre de telecomunicaciones y un aljibe con 25.000 litros de agua para abastecer mangueras en caso de incendio.

Y el fondo de la finca es el destinado a la producción, "la parte más peligrosa del proceso", cuenta el pirotécnico. De hecho se encuentra vallado adicionalmente por un grueso muro de contención, que alberga dos casetas donde se mezclan pólvora y distintos explosivos y otras tantas donde se cargan los materiales anteriores en bombas y petardos. También hay tres almacenes industriales —de materias primas, de papel y cartón y de cañas y mechas—.

SEGURIDAD AL MILÍMETRO. Puede resultar llamativa la disposición a simple vista caótica de las casetas sobre el terreno, pero no es casual. Todo lo contrario. Responde a complejas ecuaciones matemáticas recogidas en el Boletín Oficial del Estado, que ordenan milimétricamente los inmuebles en base a sus dimensiones, capacidad, inclinación del terreno y un sinfín de factores más para evitar una reacción en cadena si hay un siniestro.

Los accidentes, desde luego, pueden ocurrir, pero da la sensación de que poco más pueden hacer las pirotecnias para prevenirlos. 

En las entrañas de una pirotecnia
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