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La historia del San José de Cantodarea que sobrevivió a una guerra en Kosovo

Un militar con familia en la localidad encontró una figura del santo, que hoy se encuentra en la iglesia parroquial, en un pueblo de la ex Yugoslavia durante una de las rutas que realizaba con la tropa de pacificación en la que sirvió

Finales de los años 90. Las tropas españolas de pacificación enviadas a Kosovo durante el conflicto bélico yugoslavo realizan rutas por los pueblos asediados por la guerra, muchos de ellos reducidos a las cenizas posteriores a los ataques, algunos incluso prácticamente deshabitados. Junto a los militares llegados desde España, otros comandos llegados desde diversos países europeos participan también en la reconstrucción de la paz en la región.

En una de sus salidas, los soldados españoles se topan con una iglesia completamente en ruinas. Hasta el momento, nada llamativo. Los monumentos que otrora lucían imponentes a varios metros del suelo, han quedado reducidos a una enorme cantidad de escombros. Pero algo llama la atención de los militares: la cabeza de lo que parece ser una imagen religiosa sobresale de entre un montón de piedras apiladas.

Dispuestos a confirmar qué era aquello, se acercan a las ruinas y comienzan a escarvar, pensando en encontrarse una pieza de alguna reliquia. Sin embargo, el hallazgo resultaría ser mucho más sorprendente de lo que ninguno de los soldados podría haber imaginado en un primer momento.
Allí estaba. Bajo todos los restos del templo caídos en combate. Una imagen de estilo clásico de San José sin apenas ninguna marca de deterioro. La figura había conseguido sobrevivir al derribo de la iglesia intacta, casi como un reflejo en la Tierra de un milagro del cielo.

San Jose de Cantodarea kosovo webLos soldados españoles no daban crédito a lo que estaban viendo. Siendo de religión cristiana, decidieron no dejar caer en el olvido aquella pieza que había resistido a las armas y al destrozo del conflicto yugoslavo. Pero sacarla de allí no iba a ser tarea fácil. Esa zona de Kosovo contaba con una mayoritaria presencia musulmana y los militares temieron que, de conocer la existencia de la imagen, quisieran destruirla.

Fue entonces cuando los soldados decidieron urdir un plan para sacar de aquel pueblo a San José y trasladarlo a su campamento base. Para ello, fingieron que un miembro de la tropa había resultado herido debido a un accidente con su arma. Pidieron una ambulancia para socorrer al falso paciente. En su lugar, ocuparon la camilla sanitaria con la imagen de San José, al que taparon con sábanas que mancharon con mercromina, para simular la sangre de las heridas del supuesto soldado accidentado.

Con algún que otro encontronazo y con más de un curioso pendiente de lo que pasaba, los combatientes españoles llegaron a su base, rescatando a San José de la escombrera en la que se encontraba. Llegados a ese punto, no supieron muy bien qué hacer con él. Entonces, un militar con familia en la parroquia de Cantodarea preguntó si se la podía traer él a Marín. Nadie puso objeción, ni en ese momento ni cuando se la ofreció al cura que en aquel momento estaba al frente de la parroquia marinense. Y allí se quedó.

La historia de una de las imágenes del patrón de Cantodarea no necesita de adornos para sorprender a quien la escucha, pero la forma en que la cuenta el Padre Ricardo, con el eco del templo parroquial adornando el relato, la hace, si cabe, más apasionante. Llegó a sus oídos de boca del propio militar, que acude con cierta frecuencia al oficio religioso, pero que pasa mucho tiempo fuera de la villa, a veces incluso años.

"Cuando yo llegué, hace ahora siete años", explica el cura, "le llamaban el San José de la Guerra. Yo pregunté el por qué y algo me explicó el anterior cura, pero sin demasiados detalles. Un domingo apareció este militar y fue cuando me lo relató todo". El Padre Ricardo apenas volvió a encontrarse con el soldado que se trajo bajo el brazo al San José desde Yugoslavia, "pero me gustaría pedirle que dejase esta historia escrita". 

El religioso decidió mover la imagen de la parte trasera de la iglesia hasta uno de los flancos del altar y cambiarle el apodo del San José de la Guerra "por el de San José de los Niños". Y es que son los más pequeños de la parroquia los que lo sacan en procesión el domingo previo a las fiestas que se celebran en su honor.

"Yo siempre que me quedo mirando para él pienso que ahora está aquí ‘tranquilín’, después de ser un emigrante sin papeles y de estar perseguido", ríe el párroco, que apuesta por hacer catecismo a través de las imágenes que hay en la iglesia.

De ahí que no solo haya colocado este San José en un lugar referencial de la capilla, sino que también hable del resto de figuras que guarda Cantodarea en el seno de su templo cristiano. "Tenemos la Sagrada Familia, otro San José de madera más moderno y el predilecto para mí, el jefe", dice mirando hacia la imagen de Jesucristo crucificado que preside la iglesia, que también tiene su propia historia.

"Fue una donación que realizó hace ya muchos años un matrimonio que no tenía hijos. Era la única figura que no había salido nunca en procesión, así que decidimos hace dos años, coincidiendo con la Misericordia, que también tenía derecho a salir". Los feligreses, animados por el acontecimiento, empezaron a colgar carteles de la salida de Jesucristo por las calles de Marín, e incluso de Pontevedra. "Nos desbordó", rememora el Padre Ricardo. "Vino tanta gente que hasta la Policía tuvo que pedir refuerzos para el dispositivo de seguridad".

Si todo acompaña, este año, volverá a salir. Mientras tanto, el San José venido desde la otra punta del continente descansa en la parroquia marinense, refugiado en un rincón alejado de los recuerdos de la guerra a la que consiguió sobrevivir.

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