EFECTO P02

Pontevedrando... Si las cosas que valen la pena fueran fáciles

Las cosas fáciles, las rápidas, las que no valen la pena pueden, además, acabar fatal
Abel Caballero durante el encendido del alumbrado navideño de Vigo el pasado 24 de noviembre. EFE
photo_camera Abel Caballero durante el encendido del alumbrado navideño de Vigo el pasado 24 de noviembre. EFE

Recordé el otro día un anuncio que veía de niño e inmediatamente pensé en Abel Caballero. No sé por qué me da por extraer recuerdos de mi infancia, cosa que es involuntaria. No es que quiera, es que ocurre. En aquel spot, creo que de una marca de licor: ron, ginebra o algo así, aparecía Anthony Quinn sobre unos esquís descendiendo una ladera. Al acercarse a la cámara, frenaba como hacen los profesionales, poniéndose de lado tras girar 90 grados. Luego, miraba al público a los ojos y decía, en mexicano: "Si las cosas que valen la pena fueran fáciles, cualquiera las haría". En el fondo, la agencia que diseñó aquel anuncio tenía razón. Aquello que merece la pena nunca es fácil. Fácil es pretender competir con Nueva York o con París en el alumbrado navideño. Basta con poner pasta, pero eso lo puede hacer cualquiera. Ahora Vigo ya no compite con Nueva York; lo hace con Valladolid o con otras ciudades mediana o grandes que inviertan dos duros más que Abel. Ya hay unas cuantas en el Estado español metidas en esa pugna.

Vigo ha elegido el camino fácil, el de las cosas que no valen la pena, las que puede hacer cualquiera. Su mayoría es tan abrumadora que no vamos a discutir si Caballero es o no es un buen alcalde. Su pueblo piensa que sí, o sea que toca callar. Las ciudades y su vecindario toman el camino que les da la gana y si Vigo ha decidido adentrarse en el camino de la facilidad, nada que objetar. Yo creo más en las ciudades que prefieren gastar su dinero en cosas difíciles y duraderas, no en un montaje escénico de quita y pon que funciona dos meses al año, dos y medio si estiramos. Eso no es un proyecto transformador ni evolutivo. Cada vez que se desconectan todos esos millones de luces LED, Vigo queda como estaba. De todo eso no queda nada para la posteridad.

Lo que vale la pena, lo difícil, lo que no puede hacer cualquiera es lo que se ha hecho en Pontevedra. Una reconstrucción integral de la ciudad para ser accesible, cómoda e integradora. Eso hay que currárselo día a día durante años, pero vale la pena porque los resultados los disfrutarán muchas generaciones de pontevedreses que ni han nacido todavía.

Las cosas fáciles, las rápidas, las que no valen la pena pueden además acabar fatal. Este pasado fin de semana Vigo se colapsó. Atascos interminables, accesos con colas kilométricas, voluntarios dirigiendo el tráfico y mucha gente muy cabreada. A Vigo le está ocurriendo como al personaje de ese chiste que cuenta el alcalde de Pontevedra, un tío que ve una cola de gente y se suma. Cuando alguien le pregunta que hace ahí responde que no tiene ni idea, pero que supone que a algún lado llevará esa cola.

Creo en las cosas difíciles. No para hacerlas yo, claro está, ése no es mi campo ni poseo las habilidades mínimas para ejercer cualquier actividad que valga la pena. Eso lo demuestro aquí varias veces por semana. Creo en las cosas difíciles que hace la gente que sabe. Porque para poner un pastizal de dinero público en un alumbrado navideño, para eso sí valgo hasta yo. Y para subirme a un escenario a bailar hip-hop también, y si por encima me vota una mayoría aplastante, pues miel sobre hojuelas. Otra cosa es que todo eso forme parte de un proyecto de futuro, cosa que dudo, no lo veo. No sé de qué le servirá al Vigo de 2030, de 2050 o de 2300 todo este cachondeo navideño. Por saber, tampoco sé de qué le sirvió al de 2019 o a éste de 2023. Por lo visto este fin de semana, de momento lo que llevan ganado es una ciudad caótica y unos miles de locales y visitantes muy cabreados. Si esto sigue así, la única manera de resolverlo en años venideros será la de rebajar las expectativas y las visitas recortando unos cuantos millones de luces para competir de tú a tú con Soria o con Teruel, si es que existe, y si no mejor para Abel.

Prefiero la Navidad pontevedresa por mil motivos: los visitantes no buscan aquí un rollo kitsch, una luminiscencia hiperbólica que se convierte en caos porque lo único que se sabe por ahí adelante de Vigo es que si va usted en época navideña, puede perder la vista si se queda pasmada mirando fijamente las luces durante más de siete segundos, como con el Sol pero peor y eso vende, no lo vamos a negar. A Pontevedra viene la gente a disfrutar de una ciudad que no ofrece espectáculos desmesurados, pero sí amabilidad, espacio, dinamismo social y cultural, simpatía y unas ventajas enormes para que los visitantes puedan socializar y sentirse integrados en cuanto ponen un pie en la calle. Y eso, señora mía, como decía Anthony Quinn, vale la pena, no es fácil, no lo hace cualquiera.

Comentarios