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La Escala de Bristol

El pleno del CGPJ, en la evaluación sobre la propuesta de Dolores Delgado como Fiscal General del Estado. EFE
El pleno del CGPJ, en la evaluación sobre la propuesta de Dolores Delgado como Fiscal General del Estado. EFE

SÁNCHEZ ENCARGÓ a Redondo la España de los próximos treinta años. Para ello le comisiona el mando de la Oficina Nacional de Prospectiva y Estrategia de País a Largo Plazo ¡Cago en la leche! Moita oficina ten que ser...

Una dilatada vida como servidor público me recuerda la reestructuración de una administración, a la que asistí, que creó un puesto de trabajo que respondía a la siguiente denominación: Jefatura del Negociado de Encargos, Intendencia Interna de Abastecimientos y Supervisión de Almacén. Al margen de lo extenso de tal denominación, lo mejor eran las múltiples funciones que se le atribuían: ninguna. O sea que si a Don Redondo de los Cuadrados le encargan la Prospectiva recuérdenme, porfi, que me pire a Pernambuco, que en manos de Don Iván cualquier cosa amenaza más onda expansiva que la de la petroquímica de Tarragona.

El nuevo bigobierno nace entre protestas de amor fraterno que me recuerdan aquella conversación entre cónyuges talludos, cuarenta años de matrimonio, su relación sexual convertida en bostezo y él que se dirige a ella y le dice... ¿Me quieres, Maruja? Y ella que levanta la cabeza cansina y responde sí, Manolo, pero no me lo recuerdes... Si Podemos entra por la correa de Sánchez no habrá problema; si no, el ejecutivo durará menos que la intervención de Puigdemont en el parlamento europeo -escaso minuto- o que su turbo República de Catalonia, el único Estado del mundo proclamado y muerto recién extrañado del útero.

De momento, la primera en la frente, Iglesias sacó los pies del tiesto con sus críticas al poder judicial. Iglesias hablando de las humillaciones sufridas por el poder judicial, existentes solo en su férvida sesera de profe progre, me recuerda aquella conversación entre hampones: A las siete será el golpe, sé puntual y acuérdate de lo que dice Cervantes, la impuntualidad arrastra intranquilidad; descuida, lo seré, pero ese Cervantes ¿va a participar en el golpe con nosotros?

Hoy, como todo vale, cualquier palurdo indocumentado se permite criticar a un juez o una sentencia; cualquier ignorante, carente del más mínimo rudimento jurídico, busca pegas a una disciplina técnica. No es el caso de Iglesias, al que adorna su formación. Por eso lo dicho es más grave, porque lo hace premeditadamente buscando tremendismo.

Comentaba la semana pasada aquí que Iglesias se diluiría entre vicepresidentas, pero intenta no resignarse al anonimato ni a la anestesia de su ego, que es igual de magnífico que su burricie jurídica. Esa crítica gratuita y carente de fundamento al poder judicial es su canto del cisne protagónico, sabedor de que sus onirismos de revolución proletaria terminan en el callejón sin salida de la realidad económica. En España manda Europa, y en Europa quien más ordena es el capital. El mercado, amigo, que diría Rato en apotegma tan cruel como cercano a la realidad. O sea que el margen de maniobra para los gobiernos es idéntico al de un obeso mórbido en su féretro. Cuanto antes lo asuma Iglesias mejor.

El Capital es también una novela de Stéphan Osmont y de ella hizo Gavras una buena peli, las peripecias del presidente de un gran banco desde su ascenso a su caída. El maduro presi sufre un fuerte dolor en sus partes jugando al golf y le diagnostican un cáncer de cojones, y no me refiero a la magnitud de la tumoración sino a su localización. Comienzan las maniobras para sustituir al jerarca y piensan en un tonto útil que pronto demuestra serlo menos de lo que creía el consejo de administración. Hay en la novela diálogos y frases que deberían figurar, precautoriamente, en la libreta de ahorros de los clientes. Anoten una: ¿Qué haremos si se recupera el presidente? Esperemos que no, pero si sucede, confiemos en la metástasis; y otra: El director de un gran banco solo tiene que saber tres cosas, firmar, despedir y comer en restaurantes caros.

Se cuenta que, siendo ya China potencia económica mundial y visitando España su presidente, en un baile tras la cena su rollizo embajador permanecía sentado, ajeno a cualquier tentación de imitar a Pavlovsky. Un alto funcionario español preguntó al diplomático si no le apetecía bailar, obteniendo un preciso breviario sobre qué y quién hace girar el mundo: Por qué voy a bailar si puedo pagar para que lo hagan por mí...

En una entrevista decía el otro día Pablo Iglesias que había aprendido mucho cuando, como asesor, ayudó a Beiras y Iolanda Díaz en una campaña de las autonómicas gallegas, que además sirvió para inocular al vallecano el virus de la cosa pública. Contestando a una pregunta dijo que no tiene demasiada importancia lo que hagas en política si consigues buenos resultados, e ilustraba ese aserto con un ejemplo, las salchichas. No es coña. Las salchichas. En plan didáctico explicaba Iglesias que nadie se preocupa de la composición de las salchichas ya que la gente se limita a disfrutar de su sabor. No extraña que, con semejantes dotes pedagógicas, siguiesen al apóstol de los descamisados innúmeros discípulos de su facultad. Le faltó algo, sin embargo. Aclarar si la salchicha política de Iolanda está hecha, siquiera en parte, con carne picada de Beiras, porque Iolanda no terminó precisamente bien con Xosé Manoel...

Este periódico publicaba el otro día un interesante reportaje sobre las cacas. La necesidad de su estudio diario y del análisis visual de su textura, color, forma y consistencia. De la postura idónea para defecar. Ya les digo -y no vaya tal revelación en detrimento de la intimidad del arriba firmante-, que el suscribiente acostumbra, en el excusado, a sentarse con una revista del Corazón en las manos, cuya lectura estimula el peristaltismo y favorece la dilatación del recto. No hay mejor laxante, créanme, que las peripecias vitales de un D. J. gordito, vástago de una tonadillera y un torero, esforzándose por deshabituarse de la fariña. Bien. Pues el reportaje en cuestión nos contaba que la Escala de Bristol clasifica las cacas, desde 1997, en siete categorías, obteniendo la mejor puntuación científica la que tiene forma de plátano, se expulsa fácil y no deja rastro en el papel.

Esto no es nuevo. Ya Curt en El Moreno del Lérez recordaba que el protagonista de su libro sostenía, categórico, que la gente de las parroquias pontevedresas "cerraba" mejor después de ir de cuerpo que los señoritos de Pontevedra, que dejaban más palomino y padecían más de hemorroides porque comían cosas poco naturales y no hacían ejercicio. Un visionario que a lo mejor preguntó al General Franco por sus deposiciones cuando lo acompañaba de pesca por Bora.

Llevo treinta años ininterrumpidos trabajando con y ante juzgados. Seguramente no soy el que más sabe de administración de justicia, pero en todo caso más que Iglesias. De aquí a Lima. Yerra en su visión. Porque si hay un poder en el Estado responsable y profesional ése es el judicial, a diferencia de aquellos de los que vive él.

Por eso, cuando pienso en algunos concretos ocupantes del legislativo y el ejecutivo y los ubico en la Escala de Bristol, los percibo siempre alejadísimos del plátano.

La Escala de Bristol
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