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Hambre de piel

CADA EXPERIENCIA tiene su propia terminología. Cuando uno se va a hacer escalada se refiere a objetos que no menciona en otros contextos, como los fisureros o los spits que se usan a modo de anclaje. Cuando te vas al mar a hace surf hablas de pillar olas, del pico o del grip. Si estás elaborando aguardiente casero utilizas expresiones como "a ver si reza" o "es importante que haga rosario". Y si te encuentras en medio de una pandemia mundial causada por el coronavirus tipo 2 del síndrome respiratorio agudo grave, descubres conceptos nuevos como la zoonosis, la curva de contagio, el síndrome de la cabaña o el hambre de piel. Y esto último me parece especialmente interesante.

Ilustración para el blog de Manuel de Lorenzo. MARUXADurante el confinamiento nos faltaron muchas cosas. Nos faltó la libertad de movimiento. Nos faltaron rutinas cotidianas. Nos faltó la tranquilidad, especialmente al principio, cada vez que uno salía a la calle por necesidad. Nos faltaron muchas certezas. Esa fue, quizá, una de las cosas que peor llevaron muchos, esa incertidumbre tan inquietante, que lo contaminaba todo: el pasado, el presente y el futuro; es difícil vivir entre cuatro paredes ignorando gran parte de lo que había sucedido, gran parte de lo que estaba sucediendo y casi todo lo que iba a suceder. Nos faltaron las grandes distancias. Nos faltaba la calle. Y sobre todo nos faltaba la piel. La piel de los otros. El contacto físico con nuestros amigos y nuestros seres queridos.

Pero no me estoy refiriendo a las conversaciones de cerca, ni a las confidencias ni a la vida social —todo eso también nos faltó—. Me estoy refiriendo a la piel. Nos faltó la piel de otras personas. No se trata de una metáfora. Estoy hablando del tacto. Nos faltó tocar a otra gente. Pasar nuestra piel por la suya. Sentir sus labios en nuestras mejillas. La palma de su mano en nuestro brazo o en nuestro cuello. Nos faltaron los apretones de manos. Con conocidos y desconocidos. Nos faltó sentir que apoyábamos una parte de nuestro cuerpo en alguna parte del cuerpo de nuestros amigos y familiares. Y eso es lo que se le llama "hambre de piel".

Su explicación es neurológica. Nuestro cerebro está programado para sentir placer cuando tocamos a otras personas. El sentido del tacto está relacionado con el funcionamiento de las neuronas C-MRUB y con la consecuente liberación de dopamina, oxitocina y serotonina. Pero además, en esa sensación de tocar a otros interviene la relajación del nervio vago, lo que provoca la disminución de la frecuencia cardíaca, la reducción de los niveles hormonales de estrés y la distensión de nuestro sistema nervioso.

Además existe una segunda explicación en términos evolutivos: necesitamos sentirnos rodeados de nuestros iguales porque la formación de grupos aumenta nuestras posibilidades de supervivencia como individuos.

En consecuencia, el hambre de piel produce una sensación de privación de afecto que nos genera problemas a nivel psicológico, como la impresión de que estamos demasiado solos, la depresión y la ansiedad, pero también a nivel fisiológico: además de los ya mencionados, debilita nuestro sistema inmunológico al incrementarse los niveles de cortisol, por lo que una consecuencia directa de no sentir el tacto ajeno es el aumento inevitable del riesgo de caer enfermos. Algo que, en el caso de personas de edad avanzada que pasan demasiado tiempo solas, es muy preocupante.

Por eso el tacto nos beneficia tanto a todos. Por eso nos damos palmadas en la espalda al encontrarnos por la calle después de algún tiempo. Por eso nos abrazamos nada más vernos. Por eso es tan importante que los bebés estén pegados a la piel de sus padres nada más nacer. Por eso cogemos la mano de nuestros enfermos y los acariciamos al lado de su cama. Y por eso el confinamiento ha sido especialmente duro en todos estos sentidos. Sobre todo para quienes se han visto obligados a pasarlo en soledad o únicamente han visto a una o dos personas durante tantas semanas.

Pero ahora, por fin, hemos vuelto a tocarnos. No podemos hacerlo como lo hacíamos antes, pero al menos empezamos a recuperar el tacto con nuestros seres queridos y con algunos de nuestros amigos. Y eso ha calmado nuestro apetito; nuestra hambre de piel.

Y al recuperar el tacto hemos recuperado las conversaciones de cerca, las confidencias y la vida social. Hemos recuperado las charlas en una terraza. Y las carcajadas espontáneas. Y esos momentos en los que uno de tus amigos se hace el sueco para no tener que pagar. Y el tipo que no deja de incordiar en la barra del bar. Y los niños que no paran de chillar y los olores dudosos de otros seres humanos y las fantasmadas de tu cuñado y...

En fin, es posible que hayamos pasado un poco de hambre de piel, de acuerdo. Pero a lo mejor el confinamiento también tenía su parte buena, ahora que lo pienso.

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