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Obituario de un enemigo

Recordar por escrito las virtudes de una persona recientemente fallecida es algo que no debe hacerse de forma ordenada. No debe notarse la estructura. No deben quedar a la vista las costuras del texto. Lamentar la muerte de alguien es algo que tiene que ver con lo espontáneo. Con lo impulsivo, incluso. Una despedida estudiada transmite frialdad. Recuerda a un acto de trámite. Se cumple con el deber y a otra cosa. Pero la memoria no entiende de esquemas. No le sirven para nada.

DPEn un obituario pequeño y desubicado, casi abandonado a su suerte entre las páginas de sociedad de la prensa local, descubrí una frase llamativa hace algunos días, mientras pasaba el fin de semana en tierras castellanas. Las bondades del difunto se detallaban en cadena y en un único párrafo, formando una enumeración artificial y desapasionada. He visto listas de la compra más emotivas que aquel catálogo de cualidades. Pero lo que me hizo torcer el gesto fue leer lo siguiente: «Todo el mundo lo quería; nunca tuvo un solo enemigo».

Inmediatamente me puse en el lugar de aquel pobre hombre muerto. Una de las cosas más importantes que se deben tener en la vida es un enemigo de verdad. Pocas relaciones personales hay tan sólidas, tan leales a las circunstancias en las que nacieron y a las consideraciones que las inspiran como las que se tienen con un enemigo íntimo. Los amigos aparecen y desaparecen. Hay momentos en la vida en los que te llevas muy bien con alguien y, por las razones más imprecisas, llega un día en el que esa proximidad acaba desapareciendo. Cada vez os llamáis menos. Cada vez os veis menos. Hasta que un día esa persona deja de estar en tus pensamientos cotidianos. Ya no te importa. O ya no tanto.

Un enemigo siempre estará a tu nivel. Nadie es enemigo de aquel al que cree inferior

Pero un buen enemigo es alguien que siempre va a estar ahí. Que no permitirá que el rencor se apague. Alguien con quien te encuentras después de una larga temporada sin saber el uno del otro y te das cuenta de que te sigue odiando como el primer día. Como si los años no hubiesen pasado. Ha estado cultivando su rabia, despreciándote en secreto, como hacen los mejores matrimonios. Sabes que puedes contar con esa persona en cualquier momento, cada vez que necesites escuchar un insulto hiriente, ser humillado en público o recibir un generoso agravio. Basta con cruzar vuestras miradas para exponerte a ser amenazado. Y eso no hay amistad que lo iguale.

Porque, en el fondo, tus amigos no dicen casi nada de ti. Es falso ese aforismo que probablemente me acabo de inventar y que dice que a un hombre se le conoce por sus amigos. Uno puede ser amigo de gente más noble que él. De gente más solidaria. De gente más tolerante. De gente más compasiva. Uno también puede tener amigos a los que considere peores personas que él. Se pueden tener amigos poco transigentes, poco sensibles, poco sinceros. Incluso se pueden tener amigos escritores o columnistas. Pero un enemigo siempre estará a tu nivel. Nadie es enemigo de aquel al que considera peor o inferior, ya que ni siquiera le prestará atención. De igual forma que alguien superior a ti nunca será tu enemigo. La auténtica enemistad es una relación recíproca entre iguales. Y eso te da una talla exacta de ti mismo. De quién eres tú. Porque uno es sus enemigos.

En alguna ocasión he escrito sobre Flavio Aecio y Atila, el rey de los hunos. Nadie se acordaría del general Aecio por sus amigos. «Sí, hombre, sí, uno que era amigo del poeta Merobaudes, que incluso le escribió un par de panegíricos». «Ni la más remota idea de lo que me estás hablando». Pero si de Aecio decimos que era el enemigo de Atila, la cosa cambia. Cómo sería ese hombre. Qué imponente sería su grandeza. Atila jamás habría aceptado tener como enemigo a un pelagatos. Una relación de enemistad manifiesta coloca a cualquiera frente al espejo. Es el caso de Bernini y Borromini. De Batman y Joker. De José María García y José Ramón de la Morena. Si tus enemigos son unos mindundis o, como diría Rodrigo Cota, unos pinflois, deberías reflexionar sobre qué estás haciendo con tu vida.

Uno debe cuidar siempre a sus enemigos. Debe procurar que la relación no se marchite. Los amigos son aquellos que te dicen lo que quieres oír. Los que se deshacen en elogios y buenas palabras. Los que, llegado el caso, escribirán tu obituario de forma impulsiva, movidos por la emoción. Un enemigo es aquel que se atreve a publicar una necrológica detallando tus cualidades en cadena y en un único párrafo, formando una enumeración artificial y desapasionada. Como una lista de la compra. Por eso me alegré por aquel pobre hombre muerto sobre el que leí en el periódico. El tipo que había escrito sobre él debía de ser un gran enemigo suyo. Y encima se atrevía a decir, el muy cabrón, que el fallecido no tenía enemigos. Menudo recochineo. Qué envidia.

Obituario de un enemigo
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