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Posible caso de Covid-19

NOS LLAMAN LA atención las imágenes escandalosas, las noticias alarmistas. Nos atraen. Compartimos en nuestros chats y redes sociales los vídeos que recibimos de discotecas atestadas de chavales, las fotos de todas esas playas en las que apenas se distingue la arena bajo las toallas. Compartimos lo que nos provoca, lo que nos incendia, porque sabemos que también provoca e incendia a los demás. Pero la realidad es que la inmensa mayoría de la gente está haciendo las cosas bien. Resulta asombroso lo mucho que se empeñan los profetas del apocalipsis en atiborrarnos con sus pronósticos fatalistas, pero basta con salir a la calle para comprobar en persona que prácticamente todo el mundo actúa con prudencia y cumple las medidas de protección, que básicamente consisten en llevar puesta la mascarilla y mantener cierta distancia de seguridad cuando procede.

Lo que está sucediendo ahora no tiene nada que ver con lo que sucedió en marzo —o quizá debería decir en febrero o incluso en enero—. En las semanas previas al confinamiento, cuando el virus ya llevaba mucho tiempo entre nosotros, todos seguíamos usando el transporte público, seguíamos juntándonos por docenas en espacios cerrados y seguíamos formando aglomeraciones. La mascarilla y el gel eran elementos de quirófano. Ahora nos comportamos de otra manera. Existen diques de contención del contagio que antes ni siquiera conocíamos. En marzo llegamos tarde porque no sabíamos que el virus ya estaba ahí. Pero ahora sí lo sabemos. Se producen nuevos brotes porque el contagio continúa siendo muy sencillo: basta con que un asintomático se desplace hasta su pueblo a pasar unos días con los suyos, comiendo y cenando en familia, para que el virus salte a otras seis, siete o doce personas. La diferencia es que ahora es complicado que esas personas lo propaguen en el autobús o en el estadio. Pero sobre todo, la gran diferencia es que ahora estamos alerta y preparados para detectar los nuevos casos. Y puedo dar fe de ello porque lo he vivido desde dentro.

El lunes pasado, mi hija pequeña se despertó con unas décimas de fiebre. Apenas superaba los 37 grados. Durante el día esa temperatura se mantuvo, pero por la noche aumentó hasta los 38,5 grados a pesar de haberle administrado un antipirético. Por la mañana la llevamos al centro de salud —avisando previamente y esperando a que nos diesen permiso para entrar, para evitar el contacto con otros niños— y, además de revisarle la garganta y los oídos y de buscar otras posibles causas, su pediatra activó el protocolo previsto para un posible caso de Covid-19. Al poco tiempo, dos personas protegidas con los trajes y equipos correspondientes le realizaron a la niña la prueba PCR y nos mandaron a los tres a casa, ya que debíamos permanecer aislados hasta que se nos comunicase el resultado. Y en caso de ser positivo, el aislamiento se prolongaría dos semanas más.

Nos explicaron cómo iba a ser el proceso. Si el resultado de la prueba era negativo, todos libres y felices. Pero si el resultado era positivo, entonces nos harían la prueba a su madre, a su hermana y a mí. Si nuestro resultado fuese también positivo, tendríamos que proporcionarles una lista con todos nuestros contactos recientes para poder hacerles también a ellos la prueba y así rastrear la transmisión del virus de la forma más eficiente posible. En caso de que alguno de nuestros contactos fuese también positivo, se repetiría la operación con sus propios contactos. Y así sucesivamente hasta contener el brote mediante el oportuno aislamiento de quien procediese. Por fortuna, el miércoles por la mañana recibimos el resultado de mi hija y era negativo. Todos libres y felices.

Pero me reconfortó saber que los protocolos de detección y aislamiento de posibles casos de Covid-19 son operativos y eficaces. Y me agradó comprobar que lo que está sucediendo ahora no tiene nada que ver con lo que sucedió en enero, en febrero y en marzo. En esta columna no se contiene un relato literario, como es habitual. Tampoco hay reflexiones sobre las pequeñas cuestiones de la vida. He escrito este texto únicamente para explicar que el sistema funciona. O por lo menos, que funciona en Galicia.

Escucho demasiadas veces eso de que dentro de poco volveremos a estar todos confinados. Lo llevo escuchando desde que comenzó la desescalada. El confinamiento se produjo para aliviar un sistema sanitario colapsado. Esa era su función. Si seguimos siendo prudentes y las cosas se siguen haciendo bien, esa situación no tiene por qué repetirse. Así que vamos a procurar dejar de ser tan agoreros. Que a base de tanta predicción catastrófica lo que van a lograr algunos es acabar siendo unos cenizos.

Posible caso de Covid-19