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Dos señoras elegantísimas

"MIRA, CHICA, pues aquí mismo", exclamó una de las dos desde fuera con tono resignado. "¿Aquí?", contestó la otra con incredulidad. "Pues claro, con esta lluvia, ¿qué quieres que hagamos?", insistió la primera. Sin querer, nosotros escuchábamos la negociación desde el otro lado del plástico, en el interior de un toldo cerrado que cubre la terraza de uno de los bares del barrio. Es el lugar al que solemos acudir a última hora de la tarde, casi a diario. Un refugio a nuestra medida y acondicionado con estufas de gas propano. Allí nos aislamos del mundo y nos tomamos un par de pinchos y compartimos algunos vinos y hablamos de cosas que solo sirven para no estar callado. En alguna parte hay que perder el tiempo entre amigos de vez en cuando.

La cabeza de una de ellas, abundantemente adornada, asomó por una de las ranuras laterales del plástico. Sus ojos perplejos se posaron primero en la estructura metálica de la carpa, a continuación en la cubierta, recorrieron todo el frontal y finalmente examinaron una esquina del recinto en la que había tres sillas libres y una mesa. A nosotros ni nos miraron —ni nos vieron, quiero decir—. La cabeza salió un momento para volver a entrar a continuación, esta vez acompañada del resto del cuerpo, que caminaba decidido hacia la mesa de la esquina, como si conociese el local de otras veces. La segunda señora iba detrás, curioseándolo todo con cierta clase de discreción indiscreta que requiere de varios años de práctica. Ambas se sentaron, se encendieron un cigarrillo y, durante un rato, guardaron silencio. La clase de silencio encrespado que guarda uno a veces, cuando no le queda más remedio que tener que conformarse con algo.

Manuel de LorenzoDesde el primer momento comprendí que se trataba de dos señoras elegantísimas. Rebosaban clase y estilo. Su categoría era muy superior a la de todos los que nos encontrábamos allí. Saltaba a la vista. Era algo que se apreciaba en cada detalle, comenzando por su aspecto. Las dos vestían enormes abrigos de piel, exhibían un maquillaje desbordante y llevaban encima infinidad de joyas, desde lustrosos broches a pendientes enormes, pasando por dos o tres collares de distinta longitud y varias pulseras y sortijas en cada mano. Ahí había dinero y se notaba. La marca de las gafas de sol, que no se quitaron a pesar de la poca luz que había, estaba incrustada con pedrería en las patillas. Se podía leer a varios metros de distancia. Milena Busquets hace una comparación en ‘También esto pasará’ entre la elegancia y la ligereza, pero la elegancia de estas dos mujeres no tenía nada que ver con lo ligero. Eran elegantes de otra manera. No por defecto, sino por exceso: elegantísimas.

Ellas hablaban en otro tono. Un tono más elevado. El tono de otra clase social

Ninguno de los que ocupábamos el resto de las mesas estábamos a su altura. A su lado, se veía que solo éramos gente humilde de barrio. Bromeábamos entre nosotros a media voz, leíamos la prensa, cotilleábamos alguna conversación en las redes sociales. Ellas hablaban en otro tono. Un tono más elevado. El tono de otra clase social. Era imposible no escuchar con nitidez toda su conversación sobre lo cochambroso que era el taller de la calle de al lado en el que una de las dos acababa de dejar su BMW. Qué indignadas estaban. Qué mal lo habían pasado las pobres en ese taller. Un taller lleno de grasa y de herramientas y de lubricantes. Lo nunca visto.

Incluso a mí me estaba dando vergüenza que hubiesen acabado en ese taller de mi barrio. "¡Pero por qué diablos no adecentan ese taller!", me decía a mí mismo, plenamente concienciado con la causa. Al final, la dueña del coche se vio obligada a llamar por teléfono a la persona que le había recomendado el taller, para asegurarse de que no se había equivocado. Hablaba tan alto que los demás ya solo podíamos atender a su protesta. "Es que menudo taller", repetía. Su amiga, mientras tanto, le pedía al camarero por tercera vez el mismo cóctel. Él volvía a explicarle que allí no tenían de eso, pero ella ya no le prestaba atención. Todavía se lo pediría una cuarta y una quinta vez.

Se marcharon al cabo de un rato y dejaron un hueco enorme en aquella terraza cubierta de nuestro barrio. Fue como si, por un momento, nos hubiesen dejado formar parte de sus elegantes y distinguidas vidas. Y al volver a la realidad ya solo podíamos despreciar las nuestras. Tan mundanas. Tan modestas. Tan acomodaticias. "¡Yo no pienso volver a ese taller en mi vida, qué vergüenza!", dije en voz alta dirigiéndome a mis amigos, pero también al resto de los clientes del local, para que creyesen que yo también era alguien. "Oye, baja la voz —me interrumpió Fraiz, componiendo un gesto de desagrado—, que pareces una de esas dos petardas". Me giré para ver a quién se refería, pero no localicé a dos chicas juntas en ninguna mesa. No entendí bien de quién me hablaba.

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