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Omar

O mar Little es todo lo que uno querría ser cuando no se tiene nada que perder: un gánster que roba a otros gánsteres, un nieto que se preocupa por su abuela, un novio dispuesto a vengar la muerte de su novio, y un mito incrustado en las calles de un lugar tan olvidado por el resto de América, por el resto del mundo, que los niños juegan a ser Omar. "Todo está en el juego", dice en unas de sus frases más célebres: mejor aprender los entresijos de este desde pequeño.

Rafa Cabeleira. ciudad diosHay lugares en los que todo gira alrededor de una misma idea, quizás la más sencilla de todas: no perder la vida. En realidad, se trata de una precaución bastante universal y es que, salvo terribles excepciones, nadie quiere morir porque sí, ni siquiera un chapista de Lugo o un mariscador de la ría de Pontevedra. La idea de verse despachado antes de tiempo no ilusiona a casi nadie, pero hay lugares donde uno tiene más posibilidades de que le toque la lotería que en otros y a esos me refi ero. En la serie de David Simon, el ecosistema caníbal donde sobrevive el lobo Omar se llama Baltimore. La tasa de homicidios registrada en 2021 la sitúa como la segunda ciudad más peligrosa de los Estados Unidos y unas de las veinte más peligrosas del mundo por delante de auténticos campos de batalla como Kingston, Caracas, Culiacán, Durban o el Distrito Central de Tegucigalpa: la realidad no siempre difi ere gran cosa de la fi cción.

"Yo tengo una escopeta. Tú, un maletín", contesta Omar a las acusaciones de un abogado pagado con el dinero de la droga que intenta desacreditarlo como testigo. Se juzga al asesino material de su pareja, un chico guapete con aires latinos que lo ayudaba en su cruzada de saquear toperas ajenas y sembrar el caos dentro del caos. Ese es el juego, en definitiva: una partida a vida o muerte en la que se reparten cartas marcadas para que nadie abandone del todo su posición. Lo aprenderán, a lo largo de la serie, algunos de los que buscan portar la corona, abandonar las calles, e instalarse en el lado bueno de la luna, la ciudad de los restaurantes, los clubes, los bólidos y los trajes de Armani. Todos juegan a lo mismo pero solo Omar parece saber cuál es su verdadero sitio: "A veces, quien eres es suficiente".

A Omar lo definían una media en la cabeza, un largo abrigo de cuero y su propia banda sonora original, una canción, un silbido que disparaba las pulsaciones de sus enemigos como el cascabel de una serpiente alerta a los roedores. En un entorno donde el rap escupe bravuconadas y amenazas sin descanso, nuestro héroe salvaje se las ahorraba casi todas a la hora de establecer sus propias reglas. Silbar era su equivalente a las trompetas de Jericó, un poco en la línea de Ennio Morricone pero con cartuchos del calibre 28 justificando el acojone, los truenos en medio de la tormenta. Incluso cojo, después de escapar a una encerrona saltando por el balcón de un bloque de pisos, el bueno de Omar no dejaba de silbar como un destello de aquella hombría suya que lo animaba a anticipar cualquier movimiento con música, la fuerza tranquila de un homosexual capaz de enfrentarse a la homofobia, al racismo y al narcotráfico como actividad cotidiana en un mundo sin hobbies.

A Omar, en la ficción, lo mata un niño. Entra en una especie de tienda 24 horas a comprar tabaco, con la guardia baja, sonríe al churumbel y este, que ya trabaja en una de las esquinas del barrio como vigilante de algún camello, saca una pistola y le dispara en la cabeza. Tendrá unos diez u once años, las fuerzas justas para levantar el arma y atinar en la cabeza del mito, el hombre al que imitaba cuando jugaba al juego del juego. Lo que no habían logrado Avon Barksdale o Marlo Stanfield lo consigue un renacuajo sin apenas pretenderlo. Es la derrota del sistema, de un gobierno que abandona amplias zonas del territorio a su suerte y de un barrio que se rige por unas normas no escritas que, además, se pueden romper. La muerte de Michael K. Williams, el actor que daba vida a Omar Little, también lo es.

Una sobredosis parece haber sido el final elegido -o encontrado- por Williams para despedir se de la carne y elevar su imagen en el celuloide a la categoría de icono cultural. Los EE.UU. viven su particular epidemia más allá de la pandemia, con millones de americanos lanzados a las calles en busca de lo que previamente les recetaba un médico y vendían las farmacias. Hay barrios enteros a lo largo y ancho del país que son una verdadera ‘Hamsterdam’, el experimento fallido de un policía de ficción que decide concentrar el tráfico y consumo de drogas en unas pocas calles de Baltimore. La industria, que no el juego, ha creado esta legión de zombis expulsados de cualquier sueño americano por una simple cuestión de avaricia, y por eso es importante recrearse en la fi gura de Omar eternamente: un asesino de ficción con el que resulta casi imposible no empatizar porque, a fi n de cuentas, solo tenía su código y una escopeta, no un maletín.

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