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La tercera guerra mundial

ilustración para el blog de Rafa Cabeleira. MARUXA
ilustración para el blog de Rafa Cabeleira. MARUXA

LOS TUITEROS NOS HEMOS GANADO a pulso nuestra mala fama, es un hecho. De todas las subespecies que conforman el ecosistema de las redes sociales, el tuitero es la parte contratante de la industria cárnica, el rey de la selva, el pico heroinómano de la pirámide, el eslabón maestro de la cadena alimenticia. Nadie sobrevive en Twitter sin varias filas de dientes y un hígado preparado para el combate, de esos que nuestros abuelos no se comerían ni después de encebollados porque no hay proteína ni vitamina ahí, solo mala hostia y soledad, mucha soledad: por eso creó Dios a Instagram.

ilustración para el blog de Rafa Cabeleira. MARUXATampoco es jauja, IG (sus adeptos lo llaman así, por aquello del diminutivo cariñoso). Debajo de su pátina de felicidad comunal, se esconde una red de acosadores envidiosucos que se pasan el día recordándote lo gordo que estás, lo mal que combinas la lana con el cuero, o lo fea que es tu perrita Daisy: nada importante. Es una minoría absoluta a la que se soporta por los beneficios intrínsecos del like, que es la fuerza de socialización predominante. A casi todo el mundo le gustan las historias o las fotos que comparte el resto, sean estas cuales sean, y así se va tejiendo una red de complicidades que proporciona una cálida sensación de confort, un entorno suave y positivo que anima al usuario a permanecer en el seno de la Gran Familia Arcoíris.

Un fallo —o un sabotaje, eso está todavía por ver— provocó, esta misma semana, que la red de las sonrisas y los yates sufriera un fallo multiorgánico que dejó a millones de personas desprovistas de afecto durante unas horas. También cayeron WhatsApp y Facebook, que es donde mi madre se maneja con insultante soltura, pero el drama de verdad lo provocó el apagón de Instagram porque la vida, tal y como la entendemos hoy en día, ya es un lugar lo suficientemente deprimente como para no poder compartir tu fortuna con los demás a través de textos cortos y fotografías. Incluso Campelo, donde no puede haber más de media docena de personas enganchadas a IG, se cubrió con una nube negra que amenazaba con dejarnos en las sombras para siempre, desprovistos de cotilleos ligeros y de aplausos colectivos. "Ven a casa que no sé qué le pasa a tu madre con el teléfono", me imploró mi padre desde el balcón. "Es urgente".

A mamá le pasaba lo que a tantas otras personas de aquí y de allá: se había quedado sin víveres, sin imágenes de primera necesidad. El pueblo venía de una boda sonada, de esas que se vieron obligadas a aplazarse por la pandemia aunque, por buscar el lado positivo de aquella cancelación, ese tiempo lo aprovechó Víctor, el novio, para ponerse pelo y rejuvenecer unos cuantos años. "¿Cómo iba Begoña?", preguntaban las marujas de una ventana a otra, incapaces de esperar a que los empleados de Zuckerberg restablecieran el suministro. "¡Guapísima!", contestaba mi madre sin saber exactamente cómo vestía la novia, fiándose de lo que yo mismo le había contado y empujada por un ego que la invita —demasiado a menudo— a ser el centro de atención al cliente que el pueblo necesita. "¿Y el menú?", preguntaba otra sin dejar de mirar su teléfono, como si esperara una citación del juzgado. "¡Espectacular! Había una barra de moluscos calientes y todo", gritaba mamá para que pudieran escucharla, también, sus primas de Combarro. Fueron momentos de tensión informativa que mi santa madre capeó como buenamente pudo mientras yo, el hijo tuitero, celebraba su disgusto —y el de tantos otros— en la taberna roñosa del Pájaro Azul.

Lo que para el resto del mundo resulta una catástrofe, para la gente de Twitter se convierte en una bendición. Un volcán que estalla, un gobierno que dimite, una amante despechada que denuncia, un club de fútbol que pierde… Todo eso es verano para un tuitero con cierta maña y devoción. La sangre pide sangre y la actualidad siempre parece dispuesta a sacrificarnos una virgen, o una cabra, para que los locatis de los 280 caracteres metamos la mano en su costado y nos pintemos el cuerpo como salvajes. No es, por tanto, de extrañar que el descenso a los infiernos tecnológicos de IG se celebrase como una Copa de Europa, como una orgía de europarlamentarios en Bruselas, como la coronación de Satán, rey de los infiernos. Ahora me río pero da un poco de miedo descubrir el nivel de canibalismo que practicamos en Twitter cuando no echan nada en la tele o no tenemos nada mejor que hacer, lo que viene a ser la mayor parte del día y de la noche. Porque algunos ni siquiera duermen, vigías perennes del desliz y el "oh, no": son la élite del submundo, los mutantes avinagrados en los que todos soñamos convertirnos algún día.

La Tercera Guerra Mundial será cosa de las redes sociales y conviene estar preparados. Los tuiteros nos sentimos seguros porque los instagramer solo enseñan los dientes cuando visitan un restaurante con estrella Michelin o algún club de Ibiza, pero eso puede cambiar en cualquier momento. Son más, suelen ir al gimnasio, y tienen el buen ánimo blindado contra nuestras puyas hirientes. Yo solo espero, si caigo en el campo de batalla, que mi madre no le regale un like a la primera foto que confirme mi muerte y, por favor, mamá, no se te ocurra compartirla en Facebook o en algún grupo de WhatsApp: respeta mi deseo de ser velado en la más estricta intimidad.

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