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Carme, Carme, Carme, contigo quiero emborracharme

Carme da Silva despidiéndose esta semana de Lores y de sus compañeros en el Concello. JAVIER CERVERA-MERCADILLO
photo_camera Carme da Silva despidiéndose esta semana de Lores y de sus compañeros en el Concello. JAVIER CERVERA-MERCADILLO

Carme, Carme, Carme

De mis primeros años en esta casa recuerdo la bronca que me echó Antón Prieto una vez (a ver, bronca... Antón echa broncas como mi madre me obliga a desayunar) y que Carme da Silva me miraba así como de pasada pero nunca me saludaba. "Yo creo que no le caigo bien", le decía a Cota, que era como mi confesor y a la vez cicerone. Y Cota me contestaba que no, que Carme era una tipa fantástica y que, en el peor de los casos, desconfiaría de un columnista de Campelo como en aquellos tiempos se desconfiaba de un fontanero de Campelo, de un notario de Campelo, de un alcalde del BNG que viviera en Campelo... Campelo no tenía buena fama y no iba a ser yo el que viniera a cambiar aquello en dos días. Pero el caso es que la concejala y servidor seguíamos coincidiendo en actos de naturaleza variopinta y Carme no me hablaba, con suerte pasaba por mi lado y me decía hola y adiós con la mirada.

Un día con Carme

Entonces llegó aquella campaña electoral —no sé si la primera— en la que Carme se presentaba como candidata del BNG al Congreso, y en el periódico alguien tuvo la feliz idea de que pasara una jornada de campaña con ella y lo contase para nuestros más fieles lectores. No quiero exagerar, pero igual tardé hora y media en decidir qué ponía, cómo me vestía, porque aquella era la oportunidad de demostrarle a Carme que mis padres me educaron en el respeto, que no me comía a nadie y que sabía (Cota me lo había confirmado), que Carme da Silva no se comía a nadie. Nos citamos en una cafetería de la calle Marquesa: ella vestida con un chaquetón de cuero a lo Blade y yo con una chaqueta de cuero mucho más pequeña, rollo motero, en plan "somos molones cada uno a nuestro rollo, Carme: no hay por qué llevarse mal". Igual es una impresión mía, pero las cosas empezaron a mejorar cuando nos montamos en un coche camino de Lourido donde nos esperaba Ana Pontón y un grupo nutrido de mujeres del BNG, entre ellas mi amiga de la infancia, Marta Caldas.

Botellas de plástico

Entré en el asiento de atrás y lo primero que me encontré fue un montón de botellas de plástico tiradas en suelo. Pero un montón es un montón, como diez, o veinte o cien. "Así son as campañas, non temos tempo para nada, vivimos no coche", me dijo su jefa de prensa mientras Carme sonreía a través del espejo retrovisor, como diciendo "este desgraciado vai contar que temos algún tipo de síndrome de Dióxenes, a saber". Reímos tanto con aquel golpe de realidad que cuando llegamos a Lourido podría haberle pedido que fuese mi madrina de bodas, o mi testaferro, o mi representante legal delante de las administraciones. Pasé una jornada increíble rodeada de aquellas mujeres bravas, inteligentes, poderosas, divertidas... Cuando regresamos a Pontevedra y tocó despedirse, Carme me dijo algo muy cortito y muy sincero: "non te coñecía moito, pero ben". Cuando se lo conté a Cota y a Pili Comesaña rieron como si les estuviese contando un chiste infalible o una fábula danesa.

Contigo quiero emborracharme

Un día quedamos a comer unos amigos en Bagos, mi restaurante favorito, y hablando de las fiestas dije yo una frase tremenda: "en esta ciudad dijo una concejala que ir a peñas era un premio de los padres a sus hijos". Lo dije en confianza, todos callaron como aterrorizados por lo ocurrido y cuando miré para atrás, vi a Carme da Silva bajando por las escalera y sonriendo con cara de "vaya tela, Cabeleira". No me tragó la tierra porque no quiso. Yo lo deseé con todas mis fuerzas, pero como ya no había escapatoria decidí terminar mi razonamiento: "Y la concejala tenía razón".

Carme en Madrid

Esta semana hemos sabido que Carme da Silva abandona el gobierno municipal para centrarse en su nuevo papel de senadora. En Madrid, donde ya ha demostrado su capacidad de trabajo e influencia, pero el mismo Madrid en el que paso la mayor parte del mes y donde salgo a comer con amigos, algunos de ellos de Pontevedra y con los que siempre terminamos hablando de las cosas importantes de la vida, que son las que de verdad importan en la vida social madrileña: quién me verá conspirando al calor de un verdejo y mirando hacia atrás, no vaya a aparecer Carme por sorpresa a pillarme en renuncios. Le deseamos lo mejor, yo le deseo lo mejor. Y si algún día necesita comprar cientos o miles de botellas de aguas, para lo que sea, que sepa que tengo un chino en mi calle que nos hace precio y hasta nos dejará un coche en el que tirarlas.

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