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El volcán dormido

Una urna electoral. JAVIER CERVERA-MERCADILLO (ADP)
Una urna electoral. JAVIER CERVERA-MERCADILLO (ADP)

HOY ES EL DÍA en que todo comienza. Ésta es una frase que se ha recitado miles de veces a lo largo de la Historia y en miles de lugares, situaciones y fechas, por lo general, como hacemos hoy usted y yo con exceso de grandilocuencia, lo que es una expresión tan redundante como certera sobre todo cuando hay mucho miedo al futuro o mucha confianza en él, que es lo que es estos días sucede en la sociedad gallega. No sabemos si nos toca elegir a quien nos saque de una crisis o a quien nos acompañe al Apocalipsis.

"Cuando los justos aumentan, el pueblo se alegra; pero cuando el impío gobierna, el pueblo gime". Esta frase pertenece al rey Salomón, que vivió hace cosa de 3.000 años y al que se le atribuyen tres libros del Antiguo Testamento, a saber, el de los Proverbios, el Eclesiastés y El cantar de los cantares. Desde que yo tenga memoria, el pueblo gallego no ha parado de gemir. Por eso tenemos fama de dubitativos y melancólicos, supongo, porque tenemos tendencia a la introspección y al gimoteo. Hace unos cuantos siglos el pueblo gallego no era así, a juzgar por cómo se nos describía en las crónicas medievales. El nuestro era un pueblo temible y orgulloso que levantaba la cabeza y no llevaba bien los ataques ni las ofensas. Ahora, salvo en O Morrazo, que es donde guardamos las esencias, nos hemos dulcificado, como un volcán dormido.

Eso no significa que no podamos entrar en erupción, hoy o en cualquier otro momento. Que nos hayamos adaptado a sufrir agravios no significa que seamos tontos y tontas. Simplemente que una mayoría ha preferido la comodidad, en mi opinión falsa comodidad, de aceptar aquello que a lo largo de los siglos nos ha tocado vivir, lo bueno y lo malo.

Esto es así desde la llamada por Castelao "doma e castración de Galiza" practicada por los reyes Católicos, que actuaron con tal furia contra la nobleza rebelde, descabezando a Pardo de Cela entre otros muchos, haciendo desaparecer al conde de Caminha y privando de recursos a los que dejaron vivos, momento en el que el pueblo gallego aprendió a bajar la mirada.

Lo que hicieron fue dejar a esta tierra sin líderes capaces de oponerse al centralismo castellano, tras unos años en los que el Reino de Galicia, el más temido por los Católicos estuvo entre la independencia y la unión con Portugal. Como el relato siempre lo escriben los ganadores, esa fase de nuestra historia está muy bien contada, tan bien contada que hoy incluso desde el nacionalismo se ve con muy malos ojos al feudalismo gallego, el único poder, hasta el Estatuto del 36, que se enfrentó a la furia española.

Todo eso queda muy lejos, pero explica dónde estamos ahora. Más lejos queda el Big Bang y sin él tampoco estaríamos aquí ejerciendo de volcán dormido. No quiero decir que eso sea bueno ni malo. Usted y yo somos demócratas y aunque tengamos una posición, sea la que sea, aceptamos la voluntad mayoritaria del pueblo gallego expresada en las urnas con libertad y carretaxe. Si la mayoría quiere mantener al volcán durmiendo, pues bienvenida sea la decisión del pueblo. Si prefiere ir despertándolo, lo mismo digo.

Cada quien vota lo que le da la gana, faltaría más

En los últimos 1.500 años, Galiza pasó de ser el primer reino cristiano tras la caída del Imperio Romano, un reino poderoso y próspero durante la Edad Media a ir perdiendo soberanía hasta pasar a ser una región española y luego una comunidad autónoma. Con democracia y sin ella, hemos aceptado esa pérdida de peso, salvo en la pequeña pausa en la que Bóveda y Castelao lograron un avance frustrado por el Golpe franquista y la posterior Guerra Civil que nos trajo 40 años de dictadura y represión, época en la que muchos gallegos perdieron la vida o la libertad por ser nacionalistas o republicanos.

Desde entonces, llevamos otros 40 años ejerciendo el papel de volcán dormido. No todos, claro. Individualmente o en grupo algunos han luchado por despertar, pero como pueblo, ésa ha sido nuestra decisión y si ésa ha sido, no hay nada que reprochar a nadie. El pueblo es soberano y decide hasta dónde quiere que llegue esa soberanía. No es lícito que quien pierde unas elecciones eche la culpa a los votantes del ganador. Cada quien vota lo que le da la gana, faltaría más.

Al menos ahora se nos ofrece cada cuatro años un día para decidir entre dejar dormir al volcán o despertarlo. Hoy toca y toca esta vez en un contexto endiablado. Esta noche sabremos lo que hemos decidido y nos guste o no, será la decisión de un pueblo. De todo un pueblo salvo los que tengan coronavirus, claro, privados de un derecho fundamental como es el del sufragio. En fin, que haga usted lo que haga, será lo correcto.

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