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Naturalidad

Silvia Laplana, en una entrevista para 'Aquí la tierra'. RTVE
Silvia Laplana, en una entrevista para 'Aquí la tierra'. RTVE

LA NATURALIDAD está infravalorada. El derecho a la naturalidad es algo que se reivindicará algún día con la misma firmeza y la misma razón con la que hoy defendemos otros derechos. Vivimos la dictadura del histrionismo. Haga usted una prueba: encienda el televisor y busque una tertulia cualquiera y sobre cualquier tema. Da lo mismo que se hable del corazón de política o de deportes. Sólo encontrará a gente chillando, haciendo aspavientos, sobreactuando, interrumpiendo.

Hay gente, aunque poca, que todavía practica la naturalidad. Silvia Laplana es la que pronostica el tiempo en el Canal 24 Horas y en Los Desayunos. Hace unos días la entrevistaron y dijo esto: "Es que aún hay mucho machismo en el estereotipo de chica del tiempo. El machismo, en general, es asqueroso y en nuestro caso también. Parece que siempre tenemos que ir monas, divinas, apretaditas. No, perdona, yo estoy aquí por mis conocimientos y mi capacidad de comunicación. No soy modelo, soy meteoróloga".

Cierto que el programa de Fortes es uno de los últimos reductos de la naturalidad, si no el único. Allí Silvia Laplana pronostica el tiempo moviéndose por el plató como si estuviera improvisando una coreografía. Habla sin fingimiento alguno y en un lenguaje accesible. Es como si estuviera pronosticando el tiempo en una terraza ante un grupo de amigos. Inspira confianza al espectador y en parte es por eso, porque no se viste para dar el tiempo como se visten los invitados a una fiesta de fin de año de la Casa Real y eso ayuda, pues nadie puede ser natural dentro de un vestido diseñado para la sobreactuación. Lo suyo no es solamente una posición feminista, también un alegato en defensa de la naturalidad que ella practica a diario.

Hace unos años le hice una entrevista a David Cal. Le pregunté cómo llevaba la exigencia de tener que dar siempre ejemplo: "Es que no acepto esa responsabilidad más que como ciudadano, no como deportista. ¿Por qué los deportistas tenemos que dar siempre ejemplo y una cirujana, un ingeniero o un albañil no? Es un error atribuir a unos pocos la capacidad o la responsabilidad de comportarse de manera ejemplar. Yo no tengo por qué dar más ejemplo que los demás". David Cal es una buena persona que nunca se metió con nadie. Le molestaba, cada vez que volvía a casa con una medalla, tener siempre a alguien a su lado diciéndole que sonriera a las cámaras para dar ejemplo, que tenía que visitar a un presidente, a una ministra o a un conselleiro y ser agradable para dar ejemplo, que midiera cada palabra que dijera a un periodista para no dar un mal ejemplo.

Se empeñaban en dictarle lo que tenía que decir y hacer y él acabó negándose. No quería ser ejemplo de nada. Sólo quería que le dejaran palear agua sobre una canoa. Le habían robado la naturalidad. Venía diciendo lo mismo que Silvia Laplana: «No, perdona, yo estoy aquí porque sé mover una canoa más rápido que nadie en el mundo. No soy modelo, soy piragüista». La pérdida de la sencillez en el comportamiento es una catástrofe cuyas consecuencias serán irreversibles si no ponemos fin a esta locura. Lo están siendo ya, bien pensado. Fíjese usted en Donald Trump. Donald Trump es la antítesis de Silvia Laplana, quién me iba a decir a mí que algún día acabaría comparándolos. Trump es un psicópata narcisista, lo que yo le diga, al que además le están saliendo imitadores por todas partes. Unos cuántos más como él y el mundo se va al carajo, hágame caso.

Mucho mejor nos iría si Silvia Laplana fuera presidenta de los Estados Unidos y Donald Trump diera el tiempo en Los Desayunos. Nunca sabríamos si coger o no un paraguas al salir da casa, pero no viviríamos como ahora al borde del abismo. La normalidad desaparece de nuestras vidas como desaparecieron la tele en blanco y negro o la locomotora a vapor. Y no nos damos cuenta. Bueno, no se da cuenta usted. Yo sí, por eso estoy aquí escribiéndolo. Mire usted a su alrededor con los ojos bien abiertos y dígame si no es verdad que cada vez hay menos sencillez. La llaneza empieza a ser un producto escaso.

Nunca la valoramos suficientemente porque siempre estaba ahí, como el aire, pero ahora que se escapa es momento de pensar si no es necesaria, tanto como el aire. Mire a toda esa gente enfadada, gritando y braceando, siempre en medio de alguna discusión que nunca ganará nadie porque se reanuda al día siguiente en los televisores, en las redes sociales, en las tabernas, en cualquier lugar y entre cualquier gente. La pérdida de la naturalidad acabará con la humanidad, que lo sé yo. Cuando lo de Hiroshima echamos la culpa de todo a las bombas, como si las bombas hubieran ido allí a explotar por decisión propia. No: siempre que cae una bomba es porque hay una persona sobreactuando y es jaleada por otras que igualmente sobreactúan. Si volvemos a la naturalidad, la de gente como David Cal o Silvia Laplana, todavía habrá esperanza.

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