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Teo

En cada barrio o en cada parroquia deberíamos tener a un Teo a sueldo del Concello
Teodoro Arjona Souto. DP
Teodoro Arjona Souto. DP

Supe este domingo de la muerte de Teo. También, al ver la esquela, que se llamaba Teodoro. Podría haber sido Teófilo o Timoteo pero era Teodoro. Tenía 86 años Se comenta en el barrio que ingresó en el hospital por una dolencia menor y allí se contagió del virus y falleció. Podría haber vivido cinco años más, o quince. Supongo que no estaba vacunado, aunque tampoco lo sé. Pobre Teo, pensé cuando me lo dijo mi señora. Y pobre barrio, inmediatamente, porque fue cuando sentí el peso que Teo tenía entre los demás. Es curioso. Las grandes personas no necesariamente son las que llenan titulares y hacen cosas que parecen importantísimas.

Teo echaba las horas paseando por el barrio con su perra Puska, y haciendo solamente eso se convirtió en un vecino importante. No lideraba nada, no presumía de nada; no pretendía convencer a nadie de nada. Solamente estaba ahí, por todas partes. Era raro que estuviera solo más de cinco minutos. Allí donde estuviese paseando, sentado en una terraza o en un banco, todos parábamos a saludar y hablábamos un rato con él. Y todos los perros del barrio tiraban de sus dueños para saludar a Teo, que siempre llevaba unas galletitas de ésas que les gustan a los perros.

No sé en qué trabajó hasta jubilarse; ni qué música le gustaba ni nada más. Nunca me contó la historia se su vida. Siempre me contaba la historia de las dos horas anteriores y sus planes más inmediatos. Que había ido a hacer un recado, paseando hasta tal sitio y estaba descansando un rato y lego ya se iba a comer. Cosas así, intrascendentes, pero que a mí me interesaban con locura por lo bien que las contaba y por el simple placer de intercambiar un saludo y cuatro frases.

Pues algo tenía Teo que todos y todas lo queríamos a rabiar. No sé el porqué, pero uno se sentía mejor después de saludar a Teo que antes. Era muy halagador, siempre pendiente de las familias de los demás, lo que antes se llamaba una persona cortés y educada. Nunca lo vi discutiendo. Era discreto y supongo que sabía escuchar porque había gente con la que echaba largas parrafadas. Y el trato era de lo más agradable. Todo el mundo despedía a Teo con una sonrisa que duraba al menos lo que se tarda en caminar veinte metros de calle. Teo tenía una función y creo que lo sabía, que era la de iluminar el barrio y darle un poco más de vida, de sentido y de alegría. En cada barrio o en cada parroquia deberíamos tener a un Teo a sueldo del Concello.

Quiero creer que la especie humana evolucionará algún día hacia Teo y entonces todo irá bien. Decía su familia en la esquela que el mundo sería mejor si hubiera más como él. Pues es verdad. De momento, nuestro barrio ya es un poco peor porque ya no vemos a Teo saludándonos ni dándonos las gracias cuando acariciábamos a Puska y esas cosas son importantes sobre todo porque escasea la gente como él. Y ya nos ponemos tristes cuando pasamos por uno de esos bancos en los que se sentaba y no lo vemos por ninguna parte. Ya nos falta.

Puede que lo que nos gustara de Teo era la sencillez con la que parecía vivir la vida, disfrutando de un protagonismo que no buscaba y sintiéndose arropado. Pues claro que el mundo era mejor con Teo y mucho más lo sería si todos fuésemos como él, que no necesitaba ponerse a bailar, ni contar chistes ingeniosos ni haber inventado un avión en su juventud para que la gente lo adorase o se acercase a él.

Es difícil que te tengan por una gran persona o un hombre de paz sin haber conseguido un Nobel, haber tenido un gran poder o haber liderado una banda de rock. Yo no conozco muchos casos de personas a las que todo el mundo quiere porque sí, porque uno siente que un saludo cordial y unas palabras cálidas de un señor que se sienta a descansar y a dar galletitas a los perros son más importantes que ninguna otra cosa que a uno le pueda suceder en su día a día.

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