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Escritores en los antiguos cafés

González-Ruano escribiendo en un café. DP
González-Ruano escribiendo en un café. DP

Es un hecho indudable que la mayoría de las personas que conocieron la época de los cafés históricos no disponían de casas acogedoras. El ambiente del hogar podía resultar también desagradable por las relaciones tóxicas que existían en ocasiones entre quienes convivían. Escapar al café era una opción para los hombres, del mismo modo que salir de compras o buscar amparo en la iglesia era el solito recurso de escapatoria del que podían valerse las mujeres.

Corpus Barga refiere en sus memorias el caso de un general, pariente suyo, que habitaba con su hermana en una casa situada en la calle Arenal, tenida por elegante a comienzos del siglo XX. Vivía con su hermana, con la que se llevaba mal, por lo que se refugiaba en el café, en el que solía dejar pasar las horas por la noche. Era el último parroquiano que se resistía a marchar: cuando iban a echar el cierre, el camarero se acercaba con la servilleta bajo el brazo a su mesa y dándole el tratamiento madrileño de respeto y confianza, le decía: "Señorito, suba usted a su casa, y cerramos". Solo dejó de cobijarse en el café cuando fue destinado a Filipinas, que era, por cierto, a donde se enviaba a todo el que hubiera cometido alguna calaverada, motivo por el cual a todos los calaveras se les tildaba de "puntos filipinos".

La situación era todavía peor en las pensiones, en las que vivían muchas personas de menguados recursos y en particular escritores y artistas. Sus habitaciones no pocas veces carecían de mesa, lo que inducía a muchos huéspedes a escribir en la cama; la lectoescritura practicada en posición de decúbito supino ofrecía la ventaja añadida de permitir una mejor protección frente al frío. También se daba el caso de escritores que, a pesar de disponer de mesa, optaban por escribir en la cama (así hicieron durante mucho tiempo Josep Pla y Julio Camba; y también –aunque quizá un poco menos– Unamuno). 

No hay duda de que los cafés históricos ofrecían mayor grado de confort que la mayoría de las casas

No hay duda de que los cafés históricos ofrecían mayor grado de confort que la mayoría de las casas. No es fruto de la casualidad que, desde hace dos siglos, la literatura e incluso la fi losofía, hayan sido creadas en buena parte en los cafés. Los escritores eran perfectamente conscientes de las ventajas que tenían los cafés para el desempeño de su ofi cio. Acudir a ellos era una solución para el escritor –o el simple lector– que vivía sumido en la batahola de una casa familiar compuesta por muchos integrantes, pero también lo era para el que vivía solo, y sobrellevaba malamente la soledad. Tras saludar al camarero y sentarse en su rincón preferido podía aislarse un poco y reconcentrarse en la tarea intelectual. Por añadidura, podía gozar del benefi cio de la compañía de la gente, si lo tenía por conveniente. Por lo demás, el personal del local, solía ofrecer al cliente conocido un trato cercano e incluso una cierta cordialidad no muy distante de la familiar.

La tarea del escritor, en contraste con la propia de otras profesiones, constituía una labor indefectiblemente solitaria. Muchos letraheridos eran partidarios de combatir el aislamiento a que condena la escritura mediante el disfrute del ambiente de calidez –que devenía en ocasiones en un trato amable– que encontraban en el café. Se aprecia muy bien la atmósfera de familiaridad con la clientela habitual que existía en determinados cafés en este texto de González-Ruano, en el que evoca su propia experiencia, según la pauta que repetía cada día, y que nos va anticipando: saldrá de su domicilio, tomará un taxi, entrará en el café habitual, buscará su rincón y, llegado ese momento: "Pedro me traerá el primer exprés con leche. Doroteo o Manolo pondrán sobre el velador el tinterillo y la pluma. El pequeño Ramón me traerá el tabaco en la infantil bandeja de su sonrisa". Como observa Antonio Bonet, los nombres de todo el personal, los camareros, el cerillero, el botones del café y el limpiabotas figuran en sus memorias, pues no en vano eran los amigos y compañeros, una especie de familia del escritor, que le acompañaba en su cotidiana labor. El café se convertía así en su despacho particular, en su gabinete de trabajo, con la ventaja de que en él percibía el agradable calor de un ambiente afectivo.

González-Ruano explicaba que una de las razones que justificaban su preferencia por el establecimiento público consistía en que los veladores de mármol de los cafés tenían ya temperatura humana de tanto escribir en ellos. Además, Ruano consideraba que escribir en el café le producía "menos sensación de trabajar en serio que encerrándome en mi casa. El café es un típico lugar de ocio y lo que se escribe en el café tiene algo de chiripa, algo así como si hubiera bajado un ángel a escribirnos las cuartillas". Además, como siempre le agradó mucho la charla, aprovechaba para hacer tertulia al acabar el artículo (escribía treinta al mes, en los años cuarenta, pero de manera ya no tan rápida como de joven).

No solo escribían en el café los profesionales de la pluma: escritores o periodistas. También ciudadanos del común que elaboraban sus escritos profesionales o sus cartas particulares, etc. Se escribían muchas misivas. Y, por cierto, también se recibían: había personas que daban la dirección del café en su correspondencia, utilizándolo como estafeta.

Para los dueños era una ruina el cliente que ocupaba una mesa durante varias horas tomando un simple café con leche. Los camareros de los cafés temían en especial a los grafómanos que se eternizaban en sus labores de escritura durante toda una tarde. Probablemente pensarían que el altruismo está bien, pero el negocio es el negocio

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