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Tribulaciones en el café

Ian Gibson en el Café Gijón. CHEMA MOYA (EFE)
Ian Gibson en el Café Gijón. CHEMA MOYA (EFE)

El historiador irlandés Ian Gibson, autor de relevantes estudios sobre Lorca y otros creadores españoles, no las tenía todas consigo cuando se planteaba trabajar en un café español. Había dos cuestiones que le inquietaban: una de ellas era la aparición nunca descartable de un incordiante. En sus memorias, Un irlandés en España, refiere la siguiente anécdota: Una mañana soleada de marzo, del año 1980, Ian Gibson se encontraba en el café Gijón tomando su desayuno de café con leche doble (por cierto, muy caro, aunque él no se queja) al tiempo que escribía, sintiéndose optimista, en paz consigo mismo y con el mundo. En esto, se le aproxima un señor y le pide permiso para sentarse a su mesa, a lo que Gibson accede, guiándose por el sensato criterio de que el escritor debe de estar dispuesto a dialogar con su público. El recién llegado declara que acababa de leer su libro El vicio inglés, y con cierta desfachatez sugiere que para escribir un libro tan especial, teniendo que dedicar una ingente cantidad de tiempo a investigar un tema escabroso, hay que ser algo sadomasoquista. Y deduce que en su escuela debió de tener un maestro flagelante del estilo de los que describe en su libro. Gibson se aviene a contar al incordiante que no fue para tanto. Un poco irritado por tener que dar tales explicaciones, Gibson le pregunta al impertinente intruso si le satisfacía su respuesta y que, si no le importaba, que hiciera el favor de permitirle proseguir con su trabajo. El otro desiste de hacerle una nueva pregunta que ya barruntaba, no porfía más, se levanta, le tiende la mano y regresa a la barra, con una expresión entre inquieta y despreciativa. Para el irlandés aquello fue un encuentro extraño y bastante desagradable que le alteró el espíritu. El historiador comprobó que en la esfera pública proliferan las gentes de mentalidad cateta y pendenciera.

El segundo motivo de inquietud para Gibson, era el ruido. Para el desarrollo de la labor literaria resulta primordial fijar la atención en la elaboración del texto, en un ambiente sosegado. En términos generales, para la mayor parte de los mortales que cultivan la actividad intelectual, el ruido, el barullo tan propio de los cafés, constituye un problema. Aunque esto no es aplicable a todo el mundo, como veremos.

Hay quien conjetura, quizás no sin fundamento, que en España no ha habido prácticamente filósofos o pensadores de primer nivel, porque hay demasiado ruido en el país, como pusieron de manifiesto quienes nos han visitado: A Georges Barrow, autor de La Biblia en España (1943), se le atribuye un comentario muy revelador, cuando se detuvo en un punto del litoral gallego, y anotó: Hay más ruido en una barca de pescadores en España, que en todo un buque de guerra inglés. Ian Gibson, en una obra de divulgación sobre España, volcada después en un guion de la BBC, apunta que lo primero que se advierte al cruzar los Pirineos es un fragor desmesurado. Desde luego, no debe resultar sencillo adentrarse en honduras especulativas y sumirse en abstracciones metafísicas, con el indispensable rigor filosófico, en un ambiente de barahúnda y tumulto, frecuentemente veteado de ruido y furia.

Ian Gibson, en una obra de divulgación sobre España, volcada después en un guion de la BBC, apunta que lo primero que se advierte al cruzar los Pirineos es un fragor desmesurado

A la radio, y más tarde la televisión y la música enlatada y atroz, se añadía el alto volumen de las conversaciones, puesto que la gente hablaba con voz muy recia y se enzarzaba con frecuencia en discusiones. En las peñas, solía reinar el alboroto, en especial en determinadas horas, como la de sobremesa, en que la concurrencia –masculina– era numerosa y muy adicta a la consabida receta –¡excitante receta!– de café, copa y puro. A esta algarabía constante en el ambiente –una especie de bramido sordo– se sumaba, a intervalos irregulares, el bronco chasquido de las fichas de dominó con las que se golpeaba la mesa, a veces de mármol, y las frecuentes discusiones –incomprensiblemente enconadas–, surgidas en las mesas de jugadores de cartas.

El escritor Francisco Camba recibió el encargo del periódico coruñés para el que trabajaba, a comienzos del siglo XX, de realizar un viaje por Galicia que debería reflejar en sus crónicas. Pues bien, tras realizar los envíos, declaró que tales artículos: "se escribieron, todos, tan pronto sobre la mesa de un café, como en la sala de descanso de una fonda, entre el inquietante estruendo de las conversaciones y el estruendo inicuo del dominó".

No eran, en efecto, pocos los escritores que consideraban insoportable el barullo que reinaba en muchos cafés. Bioy Casares necesitaba estar solo para escribir. Era incapaz de hacerlo en un café. Valle-Inclán no escribía en los cafés; donde le gustaba realmente escribir y hasta comer (en una época de su vida) era en la cama. Cuando se casó solía trabajar en su despacho, donde recibía a los entrevistadores, cuando no los atendía en el café.

Empero, decíamos que había espíritus intelectuales capaces de sobrevivir en el fragor de la vorágine. Gómez de la Serna consideraba que el escritor cultivaba mejor su oficio en medio de la vida, escuchando el lenguaje vivo de la gente, que en la soledad de su despacho. El ambiente del café le inspiraba. Ítem más: González-Ruano expresaba su fortuna al respecto, puesto que: “no he necesitado casi nunca abstraerme ni escribir en un ambiente de silencio y recogimiento”. Aunque con el paso de los años, ya cincuentón, no le resultaba tan sencillo “escribir mientras oigo y hablo”; y, por ende, su legendaria rapidez ya no era en su etapa final, la de antaño, cuando despachaba cada artículo en tres cuartos de hora (últimamente, le llevaba una hora o bien hora y cuarto).

Las actitudes, como vemos, son variopintas, según la doctrina sentada por el diestro Rafael El Gallo, cuando le presentaron a Ortega y Gasset y le comentaron que era filósofo; famosamente, exclamó: "¡Hay gente pa to!"

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