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La segunda parte

Uno más y divina. DP
Uno más y divina. DP

Hace un año, tal día como hoy, celebraba mi cumpleaños en París. La "familia" Room Mate me había organizado un día muy especial en el Alain, su magnífico y bien ubicado hotel en la ciudad del Sena. En el momento de soplar las velas, que ya son unas cuantas, todo eran buenos deseos y proyectos porque, para mí, el nuevo año no comienza el 31 de diciembre. Lo hace el día que cumplo uno más. Y nada hacía presagiar lo que se avecinaba a los pocos meses.222

Ha sido y está siendo un año muy difícil, duro en algunos momentos y demoledor en otros. Nunca imaginas lo que puedes llegar a soportar pero, no sabiendo muy bien por qué ni cómo, sales adelante emocionalmente. Con secuelas que, probablemente, nunca curarán y con cicatrices emocionales que jamás cerrarán.

Para muchas familias, incluyo la mía, la pandemia no ha sido lo peor de todo. La pérdida inesperada y repentina de una madre es lo que te noquea, te devasta emocionalmente y propicia que recoloques las prioridades sin pensar en nada más. Te conviertes en alguien más susceptible, te sientes perdida y comienzas a vivir mirando hacia dentro. No hay consuelo por mucho que la vida siga su rumbo.

No sabes dónde está el remedio, ni encuentras la manera de salir a flote. Posiblemente no exista para algo tan devastador. Por muy ley de vida que sea, nadie debería pasar por ese trance. Los padres tendrían que ser eternos. Con su ausencia se va gran parte de nuestra esencia, nuestro norte, nuestra referencia vital. Nos quedan sus enseñanzas, el camino en el que nos han puesto para que aprendamos a vivir y luchas para que no se diluyan los recuerdos.

En contra de lo que me habían dicho muchos amigos, que han pasado por una pérdida igual, yo sigo oyendo su voz y no me olvido de su olor. No sé lo que durarán esas sensaciones pero, en este momento, son las que me mantienen alejada de la locura y la depresión. Son mi cordón umbilical con ella.

Cuando la vida te golpea con estos zarpazos, no por esperados menos aniquiladores, sientes la necesidad de recolocar todos tus compartimentos vitales. Lo que parecía prioritario antes de la fractura emocional, ahora ni siquiera lo tienes en cuenta. No sabes ni cómo gestionar el duelo, ni si acabarás consiguiendo pasarlo.

El trabajo alivia un poco, pero solo te distrae en los momentos que lo ejecutas. Cualquier problema se magnifica y la capacidad de aguante roza los mínimos. Sientes que nada merece la pena, la susceptibilidad se coloca en la primera línea y, cada día que pasa, te sientes más anulada. Son sensaciones inevitables y no siempre fáciles de gestionar. Es cuando empiezas a preguntarte si realmente merece la pena seguir con la vida que llevas o hay que saber leer las señales y reconstruir un nuevo camino.

Y, de repente, la vida te pone a prueba. Es bueno que te asalten dudas, que ansíes cambiar, que purgues emociones. Hacerlo invita a disfrutar de nuevas sensaciones, estímulos renovados y, sobre todo, el disfrute del privilegio de una nueva oportunidad en la segunda parte de tu vida.

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