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Ser del Barça

EL FÚTBOL es un arte donde 22 seres humanos luchan por la posesión de una esfera que representa el mundo. La primera vez que acudí al Camp Nou fue de la mano de mi tío César con ocho años a ver un amistoso entre el Barcelona y la selección Búlgara en 1989. El partido era un homenaje al tarzán Migueli, el jugador que más encuentros disputó con la camiseta del Barça en toda la historia, únicamente superado con posterioridad por Xavi Hernández, cerebro absoluto con el balón tanto en el Barcelona como en la selección Española. Un partido que el Barsa ganó por 3-1 en el que salió al campo el propio Cruyff, que hasta marcó un gol siendo el entrenador. En la selección Búlgara jugaba un atacante que muy pronto se convertiría en ídolo absoluto de la afición. Un soldado búlgaro, cargado de velocidad, pólvora y carácter, llamado Hristo Stoichkov. Es en esa época donde empieza a escribirse con letras de oro la historia del Barsa, un club vinculado a una ciudad emblemática, capital moral de la República, en contraposición al poder fáctico de Madrid, representado por Franco y el Opus Dei durante los cuarenta años de dictadura en este país. Ser del Barsa es haber vivido esas cuatro ligas seguidas con Cruyff disfrutando del juego revolucionario de ataque y el 3-4-3 que el genio holandés implantó en este deporte. Ser del Barça es haber visto los misiles de Koeman, como aquel que lanzó imparable sobre la portería de la Sampdoria y que le otorgó la primera Copa de Europa al Barça de una manera épica en Wembley. Ser del barsa es haber apreciado las pictóricas siluetas que Laudrup dibujaba sobre la hierba, como Kandinsky ante un lienzo. Del olfato ante la red del guepardo brasileño Romario y su zarpazo al Madrid en aquel mítico 5-0 o de la justicia poética en las ligas ganadas en el último minuto, como las de Tenerife, o aquel penalty que falló Djukic en Riazor para que luego el propio Hristo clavara en el centro del Camp Nou un chupa chups gigante mientras se abrazaba al maestro holandés celebrando la liga. Ser del Barça es haber disfrutado con Rijkaard, el hombre tranquilo que fumaba en el banquillo culé, mientras hacía debutar a Iniesta, maestro del esgrima sobre el césped o adelantaba la posición a Xavi para acercarlo al área rival y así poder realizar esos pases milimétricos que parecían realizados con un palo de billar golpeando una bola sobre el tapete verde del estadio. Rijkaard , quien hizo debutar a Messi, ese rayo cósmico que explotaba desde la banda como un relámpago realizando diagonales imparables ante el asombro del mundo entero hasta colarse directamente en la portería contraria. Ser del Barça es sonreír con la sonrisa de Ronaldinho y deleitarse con sus malabarismos imposibles, cual mago sacándose conejos y palomas de su chistera cada vez que acariciaba el cuero. Ser del Barça es haber vivido las Copas de Europa de París, Roma, Londres y Berlín, ofreciendo una lección magistral de fútbol al mundo entero. Ser del Barça es haberse quedado atónito y abrir una botella de vino para maridar el paladar con la vista contemplando al equipo de Guardiola con el balón. Guardiola, a quien conocí en la terraza de un bar del Eixample en una tarde de verano y le comenté: "Estás elevando el fútbol a la categoría de arte", mientras me firmaba una dedicatoria para mi tío César, aficionado de honor del Barcelona desde los años cincuenta. Ser del barsa es también sufrir, como sufrimos contra el Steaua de Bucarest en aquella fatídica tanda de penaltis o en Atenas contra el Milán. Hoy en día es difícil ser del Barça porque el capitalismo ha entrado en el fútbol llevándoselo todo por delante y mercantilizando cada expresión, como se ha demostrado cuando el Barça vendió su camiseta por el dinero de un patrocinador. Hoy en día ser del Barça es difícil porque la política en Cataluña lo absorbe todo y el club como institución es permeable a la sociedad. Pero el Barcelona siempre será internacionalista, porque sus aficionados se dispersan en los cinco continentes. Afortunadamente y en palabras de Joan Gamper, "las personas pasan, pero las instituciones permanecen". Ojala que muy pronto las únicas banderas que ondeen en las gradas del Camp Nou sean las azulgranas y el único patrocinador sea su afición. Mejor pobres y dignos, que miserablemente ricos. Ojala que en los palcos de honor se sienten los aficionados antiguos y nunca más los políticos. Así el Barcelona volverá a ser lo que siempre fue. Más que un club.

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