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Matar por las ideas

MATAR POR las ideas religiosas, políticas y étnicas o raciales es no sólo un crimen, sino también una grave patología porque "matar por las ideas" no es "matar las ideas". Así lo expresa el escritor Ralph D. Abernathy cuando dice que "se podrá matar al soñador pero no se podrá matar al sueño".

Las ideas pueden morir o desaparecer pero no se pueden matar. Más aún, cuando esto ocurre se produce el efecto contrario, pues convierte a sus víctimas en mártires o héroes. Por eso, en los primeros años de persecución de los cristianos, se dijo que la sangre de sus mártires era la semilla de nuevos cristianos.

Se puede morir por las ideas y por la fe pero no se puede matar por ellas ni en su nombre. Cuando esto ocurre, surgen los más crueles e inhumanos fanatismos. Bertrand Russell reconocía que, "nunca moriría por mis creencias, porque puedo estar equivocado" y Gandhi, el gran líder de la paz y de la no violencia, afirmaba sin reticencia alguna y con toda claridad que "existen muchas causas por las cuales estoy dispuesto a morir; pero no existen causas por las que esté dispuesto a matar".

Ese pensamiento y el comportamiento de Gandhi causó tal impresión al científico Albert Einstein, que no dudó en afirmar que, "las generaciones del porvenir apenas creerán que un hombre como éste, caminó la tierra en carne y hueso". Decir que las palabras y las ideas no engendran odio, no es cierto ni exacto en todos los casos. La palabra enardece, enciende los ánimos, mueve a la acción y provoca los mayores males de la humanidad. Como dijo Jean-Paul Marat, "las revoluciones empiezan por la palabra y concluyen con la espada".

El fanatismo ideológico produce conflictos y enfrentamientos irreconciliables no sólo entre partidarios y adversarios, sino también, entre los propios adictos a un mismo sistema o movimiento. Son múltiples los ejemplos que en este sentido nos ofrece la historia, como fueron la Guerra de los 30 años de 1.618 a 1.648, que terminó con la paz de Westfalia y que enfrentó a Francia y las potencias protestantes contra España y los católicos centroeuropeos.

Y más recientemente, las luchas en el seno del Islam entre sunitas y chiitas, a la muerte de Mahoma en el año 632 y que se mantienen en la actualidad. Se trata de una guerra civil religiosa entre ambas ramas, que persiste en el tiempo, profundizando la inestabilidad actual del Oriente Medio. Refiriéndose al fanatismo religioso, el neurocientífico Sam Harris llegó a afirmar que "la fe y la religión son la fuente más prolífica de violencia en la historia".

Frente a ese juicio, merece citarse la reflexión del escritor sudafricano Steve Biko, según el cual "es mejor morir por una idea que vale la pena para vivir, que vivir por una idea que no vale la pena para morir".

Matar por las ideas