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Cáritas, mucho más que una ONG

Bastante antes de que se generalizara el concepto de exclusión social, la Iglesia Católica ya acumulaba siglos de acción solidaria, de apoyo a los más débiles y de esfuerzo por garantizarles ese mínimo vital que los poderes públicos han acabado por convertir en un objetivo primordial en la lucha contra la vulnerabilidad en que se desenvuelve la vida de cada vez más amplias capas sociales y no solo en el «tercer mundo», sino también en los llamados países desarrollados. En esa trinchera es en la que lucha Cáritas, una organización que nació hace ciento y pico años, dedicada a la labor asistencial, que en su origen suplía, a su manera y en la medida de sus posibilidades, la inexistencia de los mecanismos de los que se acabaría dotando el denominado Estado del Bienestar (para otros, Estado Social Avanzado).

Hoy suena políticamente incorrecto, pero lo de la Iglesia y de Cáritas, como su propio nombre indica, empezó siendo una labor caritativa, enraizada en la propia doctrina cristiana, esto es, en el idea de solidaridad que predicó Jesús. Un empeño en cierto modo redistributivo de la riqueza, basado en la libre voluntad de quienes deseaban (y podían) ayudar a los más desfavorecidos, a aquellos a los que la doctrina marxista denominaba desheredados de la tierra. Era al principio un instrumento muy rudimentario. Con el tiempo, sin embargo, devino en un entramado más complejo pero altamente eficiente, que promueve el empoderamiento de la personas para que, todas sin distinción, alcancen el desarrollo integral en el ámbito de las necesidades básicas, el sentido de la vida y la participación social.

A día de hoy Cáritas es mucho más que una oenegé. Ya existía cuando ese término ni siquiera se había acuñado. A diferencia de otras entidades sociales, actúa directamente con sus propios medios sobre una problemática que nadie antes había acertado a diagnosticar con tanta precisión (véanse los rigurosos Informes FOessa). El secreto está en la red, muy amplia y capilar, que le da soporte. Es la propia estructura territorial de una Iglesia que llega a todas partes, la red parroquial, tan presente en las ciudades como en el rural, ámbitos en los cuales la desigualdad social reviste características diferenciales y en los que, en consecuencia, el combate frente a la exclusión requiere el empleo de estrategias y armas específicas.

La devastadora crisis del covid-19 está suponiendo un reto sin precedentes para los Servicios Sociales de las distintas administraciones públicas y para la sociedad en general. Y en ese ámbito, aquí, en Portugal, en Italia, en muchos países europeos y casi medio mundo, la Iglesia, sobre todo por medio de Cáritas, está dando la talla, como ya hiciera en la Gran Recesión. En buena medida enseña a los estados cómo abordar las emergencias sociales sobrevenidas. Y pone de manifiesto hasta qué punto es verdad aquello de que la fe mueve montañas, unas montañas que crecen a base de granos de arena, en apariencia tan insignificantes como las monedas que los fieles depositan en los cepillos de las iglesias o las equis que gente incluso no creyente sigue marcando en la declaración de la renta.

Cáritas, mucho más que una ONG
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