Opinión

Disección del Fránkensmont

La euforia con la que Sánchez celebró su investidura, seguida de su disfrute rellenando la quiniela del nuevo Gobierno, es este miércoles un vago recuerdo porque tras la fiesta hay que recoger y limpiar el desorden que ha dejado el guateque de la impunidad. Ni una semana de cortesía le han dado sus socios podemitas, ni tampoco el Parlamento Europeo, que hoy debate sobre la situación del Estado de derecho y la ley de amnistía en España. El Estado y el Derecho están amenazados por la lawfare y el Fránkensmont, que es la nueva versión del Sánchestein, con la incorporación del prófugo Carles y su siniestro flequillo amnistiado. El Fránkensmont significa la resurrección del monstruo de 2017 que ocasionó violencia, la intervención del Rey y de los tribunales, la huida cobardica del maletero, un juicio histórico con penas de cárcel y los indultos. Y el Fránkensmont también es el enterramiento de la separación de poderes, de la igualdad entre territorios y ciudadanos y de la victoria de la ley sobre la rebelión sediciosa y la malversación corrupta.

Pedro Sánchez ha dejado de ser el líder del jovencito Fránkenstein para convertirse en el padrino de la amnistía que reparte clemencia judicial como si España y los tribunales fueran suyos, como si la otra mitad de los españoles que rechaza la forma en la que se ha comprado la presidencia del Gobierno no existiera y fuera más ultra y más delincuente que los socios condenados con los que pacta. La mitad de España es etiquetada de facha y reaccionaria, mientras que la mitad que apoya a Sánchez es progresista aunque haya herederos políticos de la banda terrorista Eta, partidos de derecha burguesa como Junts y el PNV y comunistas bolivarianos podemitas como ese puzzle llamado Sumar, que lloriquea por la derrota peronista en Argentina a manos de otro ultra liberal como Milei.

El Fránkensmont es la era por la que transita España en la que el Gobierno y sus socios pueden decir y hacer lo que quieran dentro y fuera del Congreso, mientras que a la oposición la acusan de alentar la violencia o la borran del diario de sesiones por hablar de golpe de Estado. Y golpe de Estado es lo que Puigdemont y sus colegas independentistas perpetraron en 2017 contra la integridad de España, sin disparos ni uniformes como el 23-F, pero con toda inconstitucionalidad sentenciada por el Supremo. El Fránkensmont viene a ser una deshonra para el interés general, que no persigue el bien común sino el bien particular de Sánchez y sus socios. Acuñamos pues, aquí y ahora, el término Fránkensmont, que sirve para definir la legalidad de una elección, pero también la amoralidad con la que se ha logrado. El Fránkensmont es el nuevo régimen que pretende liquidar el del 78, que sortea la Constitución por los atajos traseros con pactos impensables y que mete a España en una polarización premeditada y una confrontación calculada. El Fránkensmont fue creado en un laboratorio secreto de Waterloo, sin el conocimiento electoral debido, con oscurantismo y sin la participación de la mitad del pueblo español representado por PP y Vox.

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