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Somos pocos y fraccionados

HE DE confesar que cuando el domingo por la noche vi ese galimatías en el que había quedado configurado el Congreso de los Diputados pensé que no merecía la pena escribir de ello. Porque los ciudadanos no merecemos estar pasando por esto como consecuencia de los egos, los orgullos, los caprichos y las ansias sin medida de algunos de nuestros políticos.

Ya anuncié hace un par de semanas que todo hacía indicar que los resultados del 10-N no diferirían demasiado de los de las elecciones de abril. Y me quedé corto. Ya que en lo poco que han diferido, ha sido para empeorarlos.

El Congreso de los Diputados acogerá la próxima legislatura –dure lo que dure– a 16 grupos políticos. Sí, sí, dieciséis. Más que un Congreso va a parecer una comunidad de vecinos. En abril teníamos 13, que ya le llegaba bien. Y ahora 16.

Nunca en los más de 40 años de democracia había habido tantas fuerzas políticas con representación parlamentaria. Para que se hagan una idea, en el Parlamento de Alemania, un país que tiene 82 millones de habitantes, hay nueve partidos. En España, con la mitad de habitantes tenemos casi el doble de siglas. Y eso no hay quien lo sostenga.

Las muchas particularidades del sistema electoral español –que viene siendo el mismo desde 1979- propician situaciones tan difícilmente comprensibles como que a pesar de que la suma de votos recibidos el domingo por los partidos de centro y derecha es mayor que la suma de los de izquierda, la izquierda gana en diputados al centro y derecha.

¿Qué conclusión se puede sacar de esta absurda situación? Que la clave está en ir de la mano, en no fragmentar el voto. Los partidos que quieren llevar a cabo reformas de corte liberal necesariamente habrán de unirse para sumar y alcanzar opciones de Gobierno. El resultado de la opción contraria es lo que hoy tenemos.

Porque en España no hay espacio político para todos. Es literalmente imposible. Y alguien se tiene que quedar por el camino. En esta ocasión ha sido Albert Rivera. Una persona a la que siempre le quedará la honra de haber fundado un partido desde cero (no es un político al que hayan echado de su partido o se haya escindido de él para formar otro) y haber llegado a recibir la confianza de más de cuatro millones de españoles. Ayer asumió personalmente la debacle electoral y presentó la dimisión. Un gesto que le honra. Mil veces hemos tenido la oportunidad de comprobar que la palabra dimitir no figura en el diccionario de los políticos españoles. De uno y de otro lado. De ahí la excepcionalidad del gesto responsable de Rivera, una persona que intentó abrir una vía diferente en el devenir del confuso y difícilmente gobernable panorama político español de los últimos años. Personalmente no lo ha conseguido. Pero la semilla y el espacio político han quedado ahí. Y alguien llegará para ocuparlo.

Somos pocos y fraccionados
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