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La Iglesia española

PARECE QUE a los obispos celtibéricos los ha mirado un tuerto. Es increíble, pero esta enfermedad del separatismo le está causando un daño tremendo a la Iglesia española. Monseñor Rouco los tenia, más o menos, controlados desde su sabiduría y competencia, pero desde que se retiró de las labores de gobierno, el asunto ha empeorado sobremanera. La cosa viene de lejos con aquellas tropelías que cometía el obispo de San Sebastian, Setien, con los asesinados por la ETA y sus familias. Un obispo separatista que empezó a quitar gente de taquilla de las iglesias vascongadas a paladas y se convirtió en un extraordinario argumento para que los ciudadanos españoles comenzasen a dejar de marcar la casilla en la declaración de la renta.

La cosa siguió en Cataluña con el obispo de Gerona, Camprodon, que pedía a los catalanes en su hoja parroquial que hablaran única y exclusivamente en catalán, pasándose por el forro de la sotana a los que tenían la desgracia de hablar solo el español, la mayoría de ellos emigrantes, demostrando el prelado lo mucho que le preocupaba la convivencia en paz de sus fieles.

Otro del mismo talante que Camprodon fue el obispo de Solsona, Deig. Un nacionalista de libro que pedía la creación de una Conferencia Episcopal catalana y que estaba más preocupado por la inmersión lingüística sin tubo de respiración que por la labor pastoral y de orientación a la vida cristiana de sus fieles.

Como escribía Camprodon en su hoja de ruta parroquial "la responsabilidad de los cristianos es utilizar solamente la lengua catalana", creando, así su eminencia reverendísima, ciudadanos de primera y de segunda. Los primeros, los que la hablan, son mejores. Los otros, unos pobres charnegos desgraciados y muertos de hambre que no quieren integrarse. Pero estas cosas duelen y tienen sus consecuencias. Después, en la Conferencia Episcopal, se quejan amargamente del imperante relativismo cultural y de la resurrección del laicismo radical en la juventud española que pone en el punto de mira a la Iglesia en campañas anticlericales que parecen perfectamente orquestadas. El laicismo radical es muy cierto, pero también lo son los despropósitos y las imbecilidades de algunos de los mitrados españoles que conforman el gobierno de una institución como la Iglesia.

El último de los sucesos acaecidos en la región catalana con sus prelados es el del joven obispo de Solsona que ha huido con su novia, escritora de novelas eróticas. Sin comentarios. En fin, que a la ciudadanía española, católica o no, creyente o atea, que paga con sus impuestos los muchos millones que recibe la Iglesia española anualmente, le ha sido muy difícil de digerir que los obispos vascos estuviesen más cerca de los terroristas y de sus familiares que de las propias víctimas; que no cedieran las iglesias y no oficiasen funerales a los asesinados y que un tipo tan despreciable como fue el arzobispo Setien, impidiera, no se sabe como, que toda una Conferencia Episcopal no firmara el Pacto Antiterrorista. Un cumulo de despropósitos que cansa y harta y tiene consecuencias en la sociedad. Alguien tiene que poner orden. Monseñor Rouco ya no está. Así que al Papa Francisco, no le queda otra que buscar a alguien que ponga un poco de tino en estos delicados temas y en esa minoría de obispos trabucaires a los que se les vacían las iglesias mientras están ocupados animando el separatismo y defendiendo a los golpistas. A ver si lo encuentra.

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