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Fresas

Cuando ahora aparecen algunas pequeñas fresas salvajes allá al fondo del jardín descubro un sabor neutro que no activa ningún recuerdo

Algo me falla e ignoro qué. No resuelvo la duda de cómo es posible que alguien recolectase a principios de abril las primeras fresas del año y a mi, los vendedores de plantas, me digan que no es tarde todavía para plantar si me resisto a hacerlo bajo plástico. Para tal viaje, las del invernadero, ya les encuentro en el supermercado. Quiero cosechar unas fresas ecológicas, digámoslo así. Iba a escribir salvajes o silvestres. Las fresas que planto ahora me traen los Recuerdos de un jardinero inglés y muy poco o casi nada Las fresas salvajes de Ingmar Bergman. Quizás sea el hartazgo por tanto postureo en aquellos años de cine-fórum y salas de arte y ensayo. El protagonista de la película de Bergman se detuvo en la carretera en una casa de los veraneo de la infancia, de la que recordaba las fresas salvajes. En mi realidad, aunque tengo mitificadas aquellas fresas silvestres que encontraba detrás de casa en los veranos de la niñez, cuando ahora, si el cortacésped lo permite, aparecen algunas pequeñas fresas salvajes allá al fondo del jardín descubro un sabor neutro que no activa ningún recuerdo.

Ya sé que en abril puede venir una helada cualquier noche y sé también que hemos visto nevar en mayo. Es el protagonista de Recuerdos de un jardinero inglés el que sorprendía con las primeras fresas en el mes de abril. Era un secreto que guardaba hasta presentarse en la mansión ante la señora y descubrir la fuente en la que llevaba el fruto anticipado. Cuando esta hubo de retirarse a una residencia de ancianos porque la capacidad de conocer y discernir se había perdido, el viejo y fiel jardinero recorrió muchos kilómetros para llevarle las primeras fresas del año. La presencia del fruto temprano y el sabor activaron la expresión feliz de la mujer.

Voy, por lo que se ve, con retraso en mi proceso. En este mes de abril ando en la fase de hacer mi primera plantación. Creo que valdrá la pena el intento cuando vea la cosecha, la que sea, y la saboree. No necesitarán ni azúcar, como le gustaba comerlas a don Gonzalo Torrente Ballester como postre. Al menos así lo recuerdo en el Vips de Princesa, cuando allí se podía comer, o quizás el recuerdo sea feliz porque eran hambres de estudiante las que allí mataba. O, años después, en el Estanco compostelano con la añoranza siempre presente del sabor de un pan de Santiago, como un chusco con nudo o filigrana en la parte superior, pan del que guardaba un recuerdo exquisito, y nunca encontramos. Ni en la última cena que compartimos.

Los panes ahora los busco fundamentalmente de Antas de Ulla y a las panaderías de autor que empiezan a ser abundantes les doy un margen de confianza aunque a veces parezca puro proceso industrial.

Si aquel jardinero que protagoniza la preciosa novela de Reginald Arkell conseguía fresas en abril para sorprender a su señora, a la propietaria de la mansión y del jardín, por cuestión comparativa de climas debería ser posible poder saborearlas aquí cuando la Pascua caiga alta en el calendario. De momento espero a mi primera cosecha para el Corpus o quizás por Pentecostés.

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