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Árbitro, cabrón

"ÁRBITRO, CABRÓN". Lo recuerdo perfectamente. Mi padre me había llevado a ver un partido del Pontevedriña, rindiéndose ante mi insistencia pues él no era futbolero. Nada más comenzar a rodar el balón escuché el grito proveniente de la fila de atrás. "Árbitro, cabrón". No había pasado aún nada: era como una especie de saludo de bienvenida, una suerte de calentamiento de unas cuerdas vocales que después se mostrarían redundantes proclamando la desafección hacia el trencilla. La cantidad y variedad de insultos que escuché aquella tarde en Pasarón superaría con creces el número de los que oiría durante todos mis años de bachillerato juntos, que ya es decir. Me fui para casa con la sensación de que para ir al fútbol hay que rebuscar en el diccionario.

El árbitro siempre me ha parecido un personaje heroico entregado al masoquismo. Alguien con un destino de actor secundario pero con todo el poder en sus manos. Una víctima a la que escatimarán elogios en los días grandes y prodigarán maldiciones el resto de los días, atrapado en una condena previamente aceptada. Una figura de polichinela, un chivo expiatorio, el imán de todas la iras, un introvertido que acepta que todos estén pendientes de él.

Había cierta honestidad en aquellos días en que se les obligaba a ir de negro: nadie podía llamarse a engaño. No es solo que se jugasen la vida, es que hiciesen lo que hiciesen, su oscura indumentaria retrataba su futuro. Es más, los árbitros que no te proporcionan demasiadas ocasiones para ser menospreciados acaban generando rechazo, la ojeriza que se tiene a quien no se presta a un rol previamente asignado. Es tan importante poder insultar al árbitro como tener ocasión de gritar un gol de tu equipo.

Muchos años después llevé a mi hija mayor a Balaídos, donde jugaba el Real Madrid. Cada vez que Figo se acercaba a nuestra banda tenía que taparle los oídos (a mi hija, no a Figo). La criatura no entendía qué le había hecho el portugués a los vigueses ni por qué estos parecían tener información privilegiada sobre el desempeño laboral de su progenitora.

Ahora se pretende poner punto y final a todo esto introduciendo la tecnología en el arbitraje.

Ante un lance del juego de difícil apreciación, el árbitro principal detiene el partido y se dirige a una pantalla donde revisa la jugada hasta que se hace un juicio sobre la misma. La demora es difícil que sea inferior a cuatro minutos. Cuatro minutos de tregua en los que se celebra una pantomima destinada a liberar al árbitro de lo único que justifica su presencia en el campo. Porque no se trata de ayudarle a decidir: el VAR descansa en el visionado de unas imágenes que a su vez son objeto de interpretación, por lo que la imperfección humana seguirá haciendo de las suyas. De hecho, está ocurriendo cada vez que se ensaya este sistema. En Alemania, donde se está usando en esta temporada, acaban de expulsar al jefe de proyectos y supervisor del VAR-Centre de Colonia tras ser acusado de haber influido sobre el asistente de video de un Schalke -Wolfsburgo para señalar un penalty y obviar otro.

Puestos en la certeza que ninguna tecnología va a solucionar todos los errores humanos, habría que preguntarse si vale la pena anestesiar un partido durante cinco minutos cada vez que el árbitro tiene una jugada complicada. Es difícil explicar que resulta más gratificante culparlo por analizar mal unas imágenes en diferido que por hacer lo mismo en directo. A ver: los insultos no tienen razón de ser en diferido, es mejor desahogarse al instante que demorar los estallidos de rabia.

No conseguiremos aceptar nunca que el árbitro está ahí para otra cosa...

Árbitro, cabrón
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