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Eta se disuelve

ETA HA anunciado su disolución y viene a la mente un compuesto químico de alta toxicidad que se evaporase, no sin antes haber emponzonado las aguas de la historia. Eta se disuelve y vemos chapelas oscuras, jerseys negros, puños negros y un embozo blanco con dos agujeros para los ojos miopes. Eta se disuelve y pensamos que ha tardado demasiado, porque siempre es demasiado lo que pudre la muerte.

En una nota enviada a varias instituciones y agentes políticos, la banda anuncia su decisión de "dar por terminado su ciclo histórico y su función, dando fin a su recorrido". Luego dice que da por terminada "su iniciativa política" que, como todos hemos visto, comenzaba siempre al otro lado del caño de una pistola. Sí, es verdad, las gentes de Eta se habían convencido de que lo suyo era un guerra por otros medios. Una guerra desigual en la que los otros ponían los muertos y a ellos se les debían todas las garantía democráticas, y si no, que se lo pregunte a Vera y compañía. Vera estuvo hace unos días con Jordi Évole. Escuálido, conciso y pertinaz el ex-ministro. El periodista parecía escucharle arrebolado, como si estuviese ante un mítico ser de otros tiempos, cuando los hombres se peleaban a ostia limpia en las inmediaciones de los bares, escupían sangre y ahorraban palabras. En cierto modo era así: Vera, Galindo, Eta, la kale borroka, Intxaurrondo...

La de Eta es la historia de unos locos asesinos que se vieron señalados por el dedo del destino para librar a Euskadi de las garras de un ogro opresor. Hoy el ogro tiene a Euskadi en palmitas, le compra chuches cada legislatura y le canta las nanas que haga falta con tal de que no se despierte de sueño dorado, como han hecho en Cataluña, en medio de una horrorosa pesadilla, por cierto.

En sus 60 años de lucha, los gudaris (guerreros, soldados) han causado 857 víctimas mortales. Especialmente virulento resultó 1980, que contempló 96 asesinatos, tal vez como respuesta al recién aprobado Estatuto de Gernika del año anterior, que hizo mucho daño a la credibilidad de la banda.

Y no olvidemos la respuesta del Estado a esa violencia: en 1982 aparecieron los Grupos Antiterroristas de Liberación (GAL) a lo que acabarían atribuyéndoseles el asesinato de 27 personas. Desde ese año y hasta 1987 se sucedieron los atentados y secuestros. En su mayoría, realizados por mercenarios franceses contratados por policías españoles, financiados con fondos reservados, y organizados desde el propio ministerio del Interior, a través de responsables de la lucha antiterrorista del País Vasco.

Eta ha anunciado su desaparición y lo ha hecho a su manera. Como no hay un protocolo para estas cosas, se ha permitido el lujo de distinguir entre las víctimas. Si no fuese es que se les entiende todo porque sus actos han hablado a gritos, pensaríamos que facturaron muertos de primera y otros de menor categoría, por los que no es necesario pedir disculpa alguna. Bueno, como estará el patio que por parte del gobierno de aquellos años tampoco nadie ha reconocido aún vinculación alguna con el terrorismo de estado. Y por tanto, por ese lado tampoco hay disculpas que valgan.

Como antes, como siempre, este paso de Eta sirve de ariete político. Se usa para sacar pecho, pero no tiene sentido entrar en la dialéctica de los vencedores y los vencidos. No cuando unos eran lo que luchaban y otros los que se defendían. A la democracia no le hace falta apuntarse esta victoria. La democracia se fortalece con integridad, solidaridad y justicia, y eso es lo que debería quitar el sueño a quienes nos gobiernan. Hablar de quién ha vencido y quién ha sido derrotado es un sinsentido, como el propio conflicto.

Hay en la actualidad 297 personas relacionadas con el terrorismo etarra en cárceles españolas. Hacia ellas dirigen sus miradas los náufragos de Eta que pilotan el atraque de la nave. Cuando la historia la desguace, esperemos que al menos sirva para disuadir a posibles iluminados de este tipo de bárbaras singladuras en barcos piratas.

Eta se disuelve
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