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Hacerse mayor es una gaita

VOY A contarles algo que me ha ocurrido y que puede servir para ilustrar una realidad universal. No me miren así, esto se hace mucho. Tal vez dé algún rodeo antes de ir al grano, pero confiemos en que sea un paseo agradable.

Los ejemplares masculinos del género homo sapiens estamos genéticamente poco dotados para prestar atención a asuntos relacionados con el cuidado de nuestro aspecto físico. Esta afirmación que acabo de hacer es mucho más contundente que verdadera, puesto que desconozco las estadísticas al respecto, si es que existen. Pero, de algún modo nebuloso, es una frase que no tiene por qué sonar totalmente disparatada. El caso es que, sin embargo, sí estamos preparados con una especie de sexto sentido para notar cuando necesitamos un corte de pelo. No hace falta que venga nadie a decirnos nada (cosa que ocurre con frecuencia) porque nosotros solitos sabemos que ha llegado el momento de volver a ponernos ese gigantesco y ridículo babero y de repasar la actualidad futbolística con algún experto en la materia. Servidor se hallaba en el trance de acudir a la peluquería de un día para otro, cosa que volvió urgente cierta mañana al salir del trabajo. De pronto apareció esa fastidosa sombra en el ojo derecho que hay que apartar recogiendo el pelo hacia el otro lado. Y así lo hice, orgulloso, en un gesto que me retrotajo unos años atrás, cuando lo prodigaba en plena juventud. Pero la sombra proseguía y repetí el visaje varias veces. Con cada una de ellas, mi mente rejuvenecía una década. Cuando ya estaba en el jardín de infancia, comencé a mosquearme. La sombra del cabello no se iba ni a tiros. Una espantosa duda se plantó en mi sesera. ¿Y si...?

Efectivamente, mojé el índicé de mi mano derecha con la lengua y atusé con él la pelambrera de mi ceja. Solucionado.

Hay muchos refranes sobre los estragos de la vejez. Incluso los más halagüeños no rehuyen cierta amargura, como 'El perro viejo, si ladra, da consejo'

Hace unos años que brotaron unos alambres en mis cejas que son el anuncio de una decrepitud física que solo irá a peor. A veces la verdad es cruel. Al principio me hicieron gracia y ahora maldita la gracia que me hacen. Al principio me los arrancaba de cuajo y después tuve que usar objetos cortantes, pequeñas desbrozadoras metálicas, minúsculas tijeras de podar. Ustedes ya saben o ya se enterarán. Y lo peor, evidentemente, no es esta versión hirsuta de uno mismo, sino lo que ello significa. Eso que aúllan los espejos, los peores enemigos de la edad provecta. Uno puede ser joven de espíritu, esto no se discute (de hecho todo el mundo, llegada cierta edad, reclama ser joven de espíritu aunque no tenga ni idea de lo que esto significa y además no sea cierto); pero al final del día, cuando depositamos los doloridos huesos en el colchón, lo que quisiéramos es tener veinte años menos. Es mentira eso que decía Gardel de que veinte años no son nada. Vaya si son.

Conforme el tiempo avanza, el valor que concedemos a las unidades con que lo medimos se incrementa de una forma extraordinaria. Los achaques físicos son cada vez más frecuentes, como si el cuerpo se quisiese desentender de una cada vez más lejana lozanía con señales muy claras. El mejor compendio de la sabiduría popular sobre este asunto lo constituye, una vez más, el refranero.

Hay muchos refranes sobre los estragos de la vejez. Incluso los más halagüeños no rehuyen cierta amargura, como El perro viejo, si ladra, da consejo que alude a la sabiduría que la experiencia otorga, pero pone también el acento sobre la costumbre de sermonear que acompaña a las canas. Y no se le ocurra a nadie intentar recuperar la ilusión perdida con un nuevo amor, una afición recién estrenada, un rumbo nuevo no emprendido en su día, porque le soltarán aquello de a la vejez, viruelas.

En resumidas cuentas, hacerse mayor es una gaita, por decirlo de un modo poco drástico, pero es lo que hemos venido a hacer aquí, entre otras cosas.

Hacerse mayor es una gaita
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