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Hasta la coronilla

TODOS ESTAMOS hasta la coronilla de algo o de alguien. Si usted conoce a un ser querido que no lo esté, practíquele la respiración asistida, por amor de Dios. O intente reanirmarlo con las pinzas del coche, puede que aún se pueda hacer algo ¿No tiene pinzas eléctricas para el coche?. Hombre, hombre... no sé puede andar así por la vida. En fin, que estar hasta la coronilla es el estado natural del ser humano de tal forma que llegar a definir la existencia del hombre. No existe ningún santo, gurú, anacoreta, ermitaño, eremita, hinduista tántrico, ni nada parecido que no haya estado hasta el gorro de algo o alguien en algún momento de su existencia. Incluso Jesucristo echó a los mercaderes del templo con cajas destempladas por le estaban tocando las narices demasiado.

Se dice que Cervantes escribió El Quijote en lugar de anotar en una libreta, que era su primera intención, todas las personas y cosas que lo tenían hasta la coronilla. Terminaba antes. Esto fue después de su cautiverio en Árgel, que no tendría el hombre que apuntar ni nada. La cantidad de obras de arte, gestas heroicas, fazañas bélicas y logros de renombre que habrá registradas en la historia de la humanidad sin apercibirnos de que fueron en origen una forma de enfrentar algún tipo de frustración insoportable. A propósito, lo de Cervantes no se lo tomen al pie de la letra.

Usted enciende su receptor de televisión un día cualquier, no sabe ni qué hora es. Tal vez su pareja se recueste a su lado sin saber por qué. Las calles mojadas le habrán visto crecer, etcétera. O sea, usted es un tipo o una tipa cualquiera y conoce la letra de “La chica de ayer” al dedillo y está sentado en el salón dispuesto a dograrse con el mínimo gasto posible. Y aunque la electricidad está por las nubes (y lo que te rondaré, morena), siempre deja menos secuelas físicas ver la televisión que esnifar pegamento. O sea que coge el mando y le asalta un noticiero. Y se ponen hablar del procés. Otra vez. Venga con el procés y la madre que lo parió. Venga los dicho sos lazos de quita y pon. Vuelve la burra al trigo. Y es cuando nota un escozor insano en la parte superior de la cabeza (o cuando se le empiezan a inflar las gónadas, que también). Y ahí echa de menos un buen tubo de Imedio, dos o tres whiskeys o unos cigarritos de marijuana. Porque una cosa es huir de la realidad un rato y otra que la realidad te cocee los fociños terca e inmisericordemente.

Pongamos otro ejemplo. Si usted no es monárquico (aunque en España nadie es monárquico y todos vemos la 2, como es sabido) tiene que estar que fuma en pipa con lo del rey meteórico, digo emérito, y los duques de Palma y sus métodos infalibles para hacerse (aún más) ricos. Los cuatro auténticos monárquicos, o menos, que quedan en el país tienen que estar en cambio encantados con lo del procés. Está claro que este es el momento en que la monarquía debería hacer de pegamento de la nación, en lugar de arrojarnos a todos al consumo de whiskeys, marijuana o programas de televisión. Igual que el PP se reveló en los últimos años como una eficaz fábrica de independentistas, la familia real ha funcionado como excepcional catalizador de las ansias republicanas. Porque somos gente del sur del continente, sino habría colas en los puentes para chimparnos abajo.

Esto es otra: la proverbial alegría con la que en muchas ocasiones se consigue combatir el dolor de coronilla. Entre eso y el estoicismo congénito (el senequismo del que hablaban Ganivet y María Zambrano) armamos nuestra barricada particular contra las agresiones a la decencia y al sentido común que masticamos a diario.

No vamos a poner más ejemplos. O sí: a unos les piden cárcel por un tweet y otros se enriquecen de forma harto dudosa amparados en su impunidad, digo inviolabilidad.

Se acerca la época más fría del año y además se otean citas electorales en el horizonte. El tiempo de los hipócritas y los mentirosos, de los mercachifles de frases vacías. Hay que ir pensando en abrigar bien las coronillas. La Corona está bien al abrigo.

Hasta la coronilla
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