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Peligros de la noche

POR LAS noches es mejor no salir de casa. Olvídense de que estamos en Febrero, no va de eso la cosa. Por las noches es mejor no salir, en cualquier época del año. Aquel desperdicio de filófoso que pasó a la historia de todas las infamias con el apelativo de Dinio lo dejó claro al afirmar que la noche le confundía. Normal: la noche confunde al más pintado y de noche todos los gatos son pardos. Pero tampoco hablamos de esto. Vamos, pues a aclararlo de una vez. ¿Qué hay en la inmensa panoplia de actividades humanas que no pueda hacerse de día?

Hay un par de refranes de cabecera que las madres repetían machaconamente a sus retoños en mi época, que viene siendo la de Maricastaña. A saber: "los suspensos son para los estudiantes" y "la noche es para dormir". Igual que aún ignoro porque se enunciaba el primero en mi presencia, que siempre aprobaba todo, desde el principio entendí por que se quiso, inutilmente, grabar en mi encéfalo adolescente el segundo. La noche equivalía a los tremendos peligros que la definían. Nada que no pudiese consumarse o consumirse de día, pero a lo que la falta de luz parecía invitar y casi urgir. Cuando salíamos por la tarde, en pandilla, teníamos la misma expectativa que un grupo de jubilados ante una partida de mus. En cambio salir de noche con la misma pandilla creaba unas esperanzas desorbitadas que se renovaban tozudamente a cada ocasión pese a la persistente acción de la realidad para contrariarlas. Una de las cosas más increíbles de la adolescencia lo constituyó aquella fe para pensar que cada noche era una oportunidad para "arrasar" (verbo cuyo exacto significado resultaba imposible de concretar). No me extrañaría que la razón de tan descabellada y repetida espectación estuviera en la manipulación de los brebajes que ingeríamos en una nunca descubierta conjura por parte todo el gremio de hostelería. Y que seguramente el botellón surgió, no a causa de los precios, sino como respuesta a aquella manipulación de las voluntades.

Hay un par de refranes de cabecera que las madres repetían machaconamente a sus retoños en mi época, que viene siendo la de Maricastaña. A saber: "los suspensos son para los estudiantes" y "la noche es para dormir"

Lo que uno recuerda de aquellos maravillosos años son las noches. Un recuerdo borroso en algunas partes, cierto, pero por ello dotado de mayor romanticismo y encanto. Y aquellas dos frases míticas, que brotaban una tras la otra, estúpidas, machistas si se quiere, pero sobre todo dignas del sentido del humor más oligrofénico: "hoy follo", "sí, y mañana fatatas". Ni que decir tiene que todo eran fatatas. Salvo algunas cosas, como diría Rajoy.

El joven y la joven son animales que de suyo tiran mucho de la noche. En plan Dinio o en el plan que sea. Después de una jornada de estudio o de repaso, de trabajo o de esclavitud, nada como acicalarse para lanzarse a las calles como si fuesen el último reducto de la vida salvaje. El orden queda para el salón y la tele, la consola y el portátil, los libros y exámenes. Afuera espera un mundo submarino que explorar en apnea o dopados con oxígeno extra. Los jóvenes son animales sociales y mutan en cuanto ponen el pie fuera de casa en depredadores y presas. Llevan el instinto explorador en la sangre como los padres llevan puesta la angustia de serie. Sus amigos son, generalmente, una extensión de su propio cordón umbilical, una referencia que los define, sustenta y proyecta.

Con todo lo dicho y precisamente por ello, reiteramos el mantra de que no es conveniente salir de noche. A ciertas edades, además, lo prohíbe el sentido común. Se pone a prueba la vista, que ya ha dado muestras de debilidad; la capacidad para retar al sueño, que suele ser nula y está, sobre todo, el síndrome del día después. Aquello de que al día siguiente dormías un par de horas más y estabas como una rosa, y ahora sales hasta las tres y no te recuperas en otros tantos días. Por eso sólo una nostalgia patológica o el más soberano de los aburrimientos puede explicar cualquier incursión nocturnas de los de mi quinta, anémicos de fiesta. Ahora que sabemos que los encantos de la noche eran solo un mito más de tantos.

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