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Por ejemplo, parvo

UN DÍA cualquiera, no sabes qué hora es, estás ante la pantalla del ordenador. Has apostado tu aburrimiento (y perdido) a la tarea de revisar la prensa online. Titulares, enunciados, exposiciones, planteamientos... frases que permiten verificar, una vez más, que el mundo se va al carajo inexorablemente. Entonces das con algo que llama tu atención. "Las palabras forjan nuestra personalidad" lees asombrado. De pronto, algo en lo que has creído a pies y juntillas desde que tienes uso de razón aparece reseñado en una esquina de la pantalla. Haces click y aparece ante ti un video patrocinado por una entidad bancaria. No es que lo adivines así, de sopetón, sino lo anuncia el logo del banco, plantado en tamaño XXL en la parte superior izquierda de lo que parece ser la conversación entre dos personas.

Ni por asomo se te ocurre darle al play. Un pensamiento cuasi-filosófico bajo los auspicios de un empresa dedicada a amasar dinero. Si no te hace explotar el ordenador, seguro que se te cuela un virus mortal y te ves en un par de días en una oficina de la todopoderosa multinacional pidiendo un crédito para uno nuevo.

Pues claro que las palabras forjan nuestra personalidad. La forjan, la cincelan, la pulen y preparan para lo mejor y para lo peor. Esto es algo que nos enseñan la experiencia y el sentido común, dos de los más eficaces maestros que hay a nuestro alcance

Pues claro que las palabras forjan nuestra personalidad. La forjan, la cincelan, la pulen y preparan para lo mejor y para lo peor. Esto es algo que nos enseñan la experiencia y el sentido común, dos de los más eficaces maestros que hay a nuestro alcance. Por ejemplo: es bastante frecuente oír desde pequeño la palabra parvo (etimológicamente significa eso, pequeño) dirigida inequívocamente hacia nuestra persona. Es un apelativo tan extendido que lo normal es que uno se plante en la adolescencia no solo convencido de que es parvo sino incluso persuadido de que es algo que no tiene importancia. Sobre todo visto lo que tiene alrededor. La vida pasa y uno recibe sobreabundante información que corrobora que es un parvo rodeado de una inmensa cantidad de parvos. Esto se hace mediante la recepción de información directa, como cuando se toma la autopista hacia Vigo por la que lleva décadas pagando un ojo de la cara (ha subido un 82,57% desde el año 2000) y se encuentra con unas obras interminables que obligan a ralentizar la marcha hasta la velocidad de una tortuga anémica. Y los concesionarios de la autopista siguen cobrando a tocateja por un servicio deficitario. O también a través de información indirecta como la recibida vía medios de comunicación que publican las flagrantes prácticas corruptas de algunos ciudadanos (sean juzgados por ellas o no) que luego se presentan en unas listas electorales y son reelegidos para poder seguir con sus trapacerías. Hay muchas formas de ser parvo. Se puede serlo a tiempo parcial o a tiempo completo. No importa cómo te vistas, cuántos idiomas hables, que tengas cultura o no, que hayas tenido suerte en la vida o que te vaya como el culo. La condición de parvo es muy resilente y sabe sobrevivir a todo tipo de inconvenientes y circunstancias adversas.

¿Qué se puede hacer entonces? Tratar bien al prójimo. Por muy parvo que seas, resulta una tarea muy sencilla. Aunque seas muy poco parvo, tan poco que hayas conseguido convencer a los demás de que no lo eres en absoluto, hacer bien a tus semejantes es algo perfectamente posible, además de sano y recomendable. Nos hemos embolicado con la palabra parvo porque es un concepto clave en la realidad humana. Hay otros, efectivamente, pero ninguno como este pone las cosas en su sitio, te saca la tontería de golpe, te pone a la altura desde donde la existencia se contempla con sencilla humildad. Y así es como debemos dirigir los ojos hacia el espejo.

Por ejemplo, parvo
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