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Sinsal

UNA DE las claves de este verano fue mi actuación como espectador en el festival Sinsal, un cita musical caracterizada, entre otras singularidades, por no revelar la nómina de participantes hasta el mismo día de los conciertos.

Como los eventos musicales se celebran en la isla de San Simón, junto con la entrada compras un pasaje de ida y vuelta en un catamarán. Llegamos al puerto de Vigo y nos facilitaron la típica pulsera monedero, esas con las que te marcan como si fueses ganado (cumplen de modo redundante la función de una tarjeta de crédito, pero se ve que molan más). Tras una hora de trayecto dos amables empleados de la naviera te ayudan a bajar del barco, igual que antes a subir. Seas tullido, ciego, parvo de todo o ninguna de esas tres cosas.

El primer grupo que actuó fue un trío de muchachas de Níger que hacían música de allí, con instrumentos de allí y en el idioma de allí. Nos fuimos a tomar unas cañas. Temimos que el nombre del festival y la música que se ofrecía estuviesen relacionados. La novia de un amigo hacía de tesorera: le dimos la pasta y ella cargó su pulsera. Su brazo fue lo más solicitado de la noche. Descubrimos que la música nigeriana suena muy bien de fondo con una cervecita en la mano. Dimos un rodeo a la isla en medio minuto y nos dimos cuenta de que estábamos rodeados de hipsters. Nos miramos unos a otros, no fuese que nosotros también fuésemos hipsters sin darnos cuenta, pero no cumplíamos ni la mitad de los requisitos, empezando por la edad. Lo peor fue cuando apareció la duda: ¿hipsters o millenials? El comezón por averiguarlo me devoraría durante toda la jornada.

El segundo grupo en tocar fue O Son da Memoria. En realidad era una banda que interpretaba temas relacionados con la memoria histórica en Galicia. Muy contextualizado. Sonaban más cercanos que las chicas nigerianas, por el idioma y porque nos acercamos más al escenario.

Una segunda ronda de bebidas reveló que el invento de pagar con la pulserita era un coñacito. Además, no tenían todas las bebidas en cada barra, había que ir a buscar las cervezas a un lado, los tés y cafés a otro y las aguas a un tercero. La novia de mi amigo nos empezó a mirar algo angustiada. Tras devorar unas hamburguesas, buenísimas por cierto, nos dirigimos hacia el último concierto. Se trataba de otro grupo africano que hacían un pop-rock con toques étnicos e incluso cantaron algunas frases en castellano. Eran bastante buenos y la gente hipster (o millenial) comenzó a hacer sus bailes hipsters (o millenials) para celebrarlo.

En las entradas figuraba una hora para partir, 10:50, y un lugar, Puerto de Vigo. Como nos había llevado una hora el viaje de ida, dieron las diez menos diez y estábamos de primeros en la cola. Nos informaron de que estábamos equivocados. Disculpe usted, señor de la organización que atiende a clientes burros. No es suya la culpa de que seamos tan tontos como para pensar que “Llegada 10:50. Puerto de Vigo” significa que esa es la hora de llegar al puerto de Vigo, y no la de salida de San Simón. Perdone que no sepamos leer, ni inventar, entre líneas. No somos hipsters. Ni millenials.

Avergonzados por nuestra desastrosa comprensión lectora, embarcamos. Nos esperaba lo mejor de la jornada. Subimos a la cubierta superior, o eso dicen, porque en realidad es una zona descubierta, una hora más tarde de lo esperado (por nosotros, los burros). El barco parecía arrastrado por tortugas marinas, el frío de la noches empezaba a hacer honor a su nombre. En esto que vemos que el patrón, en lugar de enfilar hacia el puente de Rande, se echa hacia el embarcadero de Meirande. Anuncia por megafonía que las algas impiden el trabajo del motor y ha de sumergirse para cortarlas, cosa de diez minutos. Los hispsters y/o millenials de la cubierta lo vitorean. Se corea “¡Costa Concordia!” en plan de chufla. El patrón regresa de las aguas entre aplausos y se viene arriba: las noticias que emitía la radio son sustituidas por música bailonga. Los hipsters y/o millenials entran al trapo. La cubierta descubierta se transforma en pista de baile. Despacito, Ai se eu te pego, La lambada, animan la juerga en que se convierte el viaje de vuelta. Ay, quien fuera hipster. O por lo menos millenial.

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