Opinión

Las ciudades y los caracoles

Con las ciudades me pasa como con las personas, si me gustan a primera vista, quiero conocerlas más y más, descubrir sus secretos y recorrer sus pliegues, dedicarles el tiempo suficiente para saborear sus detalles, ver cómo cambian con la luz del día, de la noche, con la luz del atardecer. No conoces a nadie si no ves su aspecto cuando el sol declina. Me gusta disfrutarlas en los momentos de ruido y en los de silencio, en los de alegría y desesperación.

Las ciudades también se rompen y también brotan, se expanden, se iluminan, hierven o se aburren. Me gusta atender a sus matices, esos imperceptibles a primera vista, pero que se desatan en el momento menos esperado, solo la presencia te dará esa posibilidad y la posibilidad de la presencia es limitada. Deberíamos escoger bien nuestros destinos, de la misma manera que deberíamos escoger muy bien a las personas que marcarán el nuestro. Deberíamos, pensarlo mucho antes de viajar.

Siempre decidimos, escogemos, ya veces nos dejamos llevar y supongo que también ahí estamos eligiendo, cuando aceptamos la oferta o lo más fácil, o lo más obvio o lo que hay que hacer, que a menudo es lo que hacemos todos. Casarte, tener hijos, ir a la Riviera Maya o a Tailandia, no repetir jamás el lugar de vacaciones.

Elegir es uno de los verbos esenciales de la vida, y qué poco caso le hacemos, pero me voy por las ramas cuando yo quiero hablar de las ciudades que me gustan, de las personas que me gustan, esas que siempre me provocan sorpresa y placer, esa sensación de estar viva y no latente. A cierta edad todo tiende a los ritmos vitales estables, y gracias.

Respecto a las ciudades soy bastante voyeur, tiendo a la contemplación. No, necesito grandes interacciones ni experiencias adrenalínicas o sofisticadas, me basta con que me ofrezcan alguna forma de belleza, pero la belleza también es un misterio, sólo así se entiende que haya ciudades hermosísimas que en su momento, me dejaron fría. Ciudades perfectas, preciosas, intachables, a las que me da igual no regresar, de la misma forma que hay personas estupendas que no me interesan lo más mínimo, aunque no haya en ellas nada criticable, todo está bien, si fuera un examen habría de ponerle sobresaliente y, sin embargo, es un no, o, peor aún, un encogimiento de hombros. ¿Hay algo peor que provocar un encogimiento de hombros?

Todos somos anodinos para alguien, incluso tú, incluso yo, incluso Estocolmo. Quizás la diferencia es el latido, es la pasión, pero por qué se desata o no, es un misterio. No hace falta buscar los motivos, suficiente con estar atenta a los sentidos, dejarse llevar por el instinto, volver una u otra vez a los lugares que te hicieron sentir, reconocer sus nombres, hacer un mapa emocional con ellos y seguir las huellas de caracol que solo puedes dejar tú.

Comentarios